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Ser con-otros: diálogo, conversación y convivencia democrática


Es preocupante nuestra dificultad relacional. Humberto Giannini nos dice que en medio de un conflicto necesitamos “hospedar ideas”, pero también “dejar partir” algunas de nuestras convicciones más arraigadas. Es curioso, pero en Chile estas acciones se califican de “volteretas”, confirmando que apreciamos como virtudes las coherencias fundamentalistas carentes de examen crítico.

 

De modo global, hoy aparece en entredicho el diálogo: ya como conversación, acuerdo y/o desacuerdo e interpelación, tan válidas unas como otras. En Chile, este déficit se presenta bajo el manto de la desconfianza en la esfera de la política y la economía; también en las escenas pedagógicas, familiares, ciudadanas, entre otras. Es preocupante nuestra dificultad relacional, porque facilita la percepción fantasmática del Otro bajo formas devaluadas que precipitan la violencia del acoso escolar, de género, la xenofobia y el individualismo en general. En la esfera de la política se vuelve costumbre la relación dicotómica entre “ellos” y “nosotros”, que en Chile fue ejercitada por Valentín Letelier en el siglo XIX, en un artículo bajo este mismo título para dar cuenta de la oposición entre liberales y conservadores. Oposición entre posturas carentes de mediaciones, cuyo ejemplo más reciente es la discusión sobre una nueva constitución, a la que debimos renunciar por carecer de virtudes dialogantes.

 

¿Por qué es tan necesario conversar, dialogar o interpelarse? En primer lugar, porque nos permite convivir. Un convivir democrático, de género y antirracista que nos admite en una conversación infinita. También facilita el acto de pensar, definido por Platón como una conversación con otros, pero también consigo mismo/a. El filósofo chileno, Humberto Giannini, nos dice que un diálogo se entabla cuando reconocemos un problema, pero sobre todo cuando se nos revela la condición “bicéfala” del lenguaje y del pensamiento, pues nos hace aceptar que hay más de una forma de abordar un problema. Siguiendo con Giannini, nos dice que en medio de un conflicto necesitamos “hospedar ideas”, pero también “dejar partir” algunas de nuestras convicciones más arraigadas. Es curioso, pero en Chile estas acciones se califican de “volteretas”, confirmando que apreciamos como virtudes las coherencias fundamentalistas carentes de examen crítico.

 

A nivel ético-político, cada vez importa más revisar nuestras capacidades para la conversación, la convivencia, la amistad y la solidaridad por tratarse de posibilidades que nacen de nuestra condición de seres plurales. En esta línea, Hannah Arendt rescata el perdón y la promesa; Emmanuel Levinas la responsabilidad ante la interpelación que nos hace un otro y Enrique Dussel destaca la solidaridad, que en Chile felizmente no nos falta en medio de los desastres que nos acechan. Cuando carecemos de estas cualidades Jean-Luc Nancy responsabiliza a la concepción moderna del individuo que, encerrado en sí mismo, carece de inclinación al otro. De igual modo, Jacques Derrida nos recuerda que conversaciones o acuerdos puramente fraternales son peligrosos cuando se centran en la discusión entre amigos, pues la amistad entre iguales es equivalente a una relación familiar incapaz de relacionarse con un o una diferente, que Dussel caracteriza de “amistad alternativa”.

 

Desde el lugar del Otro, el mismo Enrique Dussel nos hace saber que en América Latina hemos sido calificados de “inmaduros” o “inferiores”, haciéndonos “culpables” ya por “pereza” o “cobardía” ante lo que en Europa se entendía como progreso. Estas calificaciones también nos indican el necesario diálogo entre culturas y la necesidad de abandonar el solipsismo de una modernidad autocentrada para poner en su lugar una co-modernidad que se resiste a las definiciones tajantes y a los saberes asimétricos.

 

Para terminar, quisiera que admitamos nuestra condición de seres relacionales de ser-con otros, así convivimos en la convergencia y divergencia, como nos dice Maximiliano Figueroa en su lectura sobre Giannini. Por mi parte, creo que desde el momento en que hablamos tenemos un camino reflexivo ya hecho porque salimos del solipsismo de nuestra intimidad para presentarnos ante los demás. De este modo, abandonamos la soledad de nuestras emociones y nos singularizamos, sin seguir la corriente y el eslogan fácil al que nos acostumbra la cultura de masas que intenta administrar nuestras individualidades.

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Esta reflexión forma parte de la investigación Fondecyt: “Examen ético-político sobre la modernidad y el problema del Otro en América Latina”, ANID, N°1200231.



Kazimir Malevich, Peasants (c. 1930)

 

 

 

 

 

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