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50 años del Golpe - Tejas Verdes y las palabras que no alcanzan

Leo en la prensa que el 15 de febrero murió en Alemania, donde residía, el escritor chileno Hernán Valdés, a los 89 años. Se me agolpan recuerdos, aunque nunca lo conocí. Lo que se pone en marcha es el hermoso tejido de los libros y de las lecturas, y también la triste hermandad de haber compartido un tiempo oscuro.


49 años exactos antes del día de su muerte, el 15 de febrero de 1974, esto es lo que vivía Valdés: “De cuando en cuando disparan contra las cabañas o muy próximamente. A nosotros nos da la impresión de que las balas estallan a muy pocos centímetros de las tablas. ¿Es cuando advierten que estamos espiando por las ranuras? ¿Es solo para mantenernos amedrentados? ¿O es realmente para producir una baja de vez en cuando?”. “Si logramos salir de aquí alguna vez, ¿qué seremos? En el mejor caso, individuos aislados, ocupándonos oscuramente de mantener nuestras vidas. Melancólicos de lo que no supimos hacer con la historia”.


Tenía 39 años, había apoyado a la UP sin ser militante de ningún partido, había trabajado hasta hace pocos meses en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) de la Universidad Católica –que fue cerrado tras el Golpe–, había escrito algunos libros, llevaba dos matrimonios y acababa de terminar una convivencia con una joven extranjera. El deshilachamiento de esa historia de amor se le antojaba entrelazado o incluso tal vez provocado por el desmoronamiento del castillo de naipes que fue ese veranito de San Juan de la vía chilena al socialismo.


Aquel 15 de febrero Hernán Valdés estaba prisionero en un campo de concentración cuyo nombre desconocía, por razones que desconocía y junto a otros hombres que le eran unos perfectos desconocidos Se preguntaba si su expareja y sus amigos estarían movilizándose para encontrarlo, si los militares habrían hallado en su departamento del centro de Santiago unos artículos que había escrito sobre la situación política del país y temía por un posible interrogatorio con tortura que quizás vendría, y que días después padeció. Sobre todo, expresaba su enorme desesperación de llevar días sin dormir ni cagar pese a intentar con todas sus fuerzas en los escasos minutos en que les era permitido acudir a unas letrinas asquerosas. “No consigo expulsar más que unos vientos”.


Valdés escribió Tejas Verdes, diario de un campo de concentración en Chile, no más ser soltado de ese lugar infernal, en el que estuvo recluido poco más de un mes. Ayudado por la embajada de Suecia en el camino al exilio, aterrizó en Barcelona, donde escribió su testimonio, el primero en publicarse en aquellos años acerca de la brutalidad con que la bota militar chilena estaba arrasando con todos a quienes consideraba sus enemigos.

Valdés relató la vejación permanente, los comportamientos e historias de sus compañeros de presidio y, también, de un modo preciso y escalofriante, las sesiones de tortura a las que fue sometido. Habló de cómo su psiquis y su cuerpo, destrozados, procesaron el descenso a ese inframundo de deshumanización, y con su narración denunció lo que estaba pasando en los centros clandestinos de detención en nuestro país.


Porque se ocultaba. Pocos sabían lo que hoy todos conocemos. Se susurraba que tal vez esos horrores ocurrían; circulaban las historias como un rumor, la confirmación de un temor. A veces queríamos creerlas una exageración. Eran murmullos entre quienes habían apoyado la UP o conocían a alguien, pero todo esto que ahora ocupa muros de museos y sobre lo que tanto se ha escrito era una realidad absolutamente ignorada por la gran mayoría de los chilenos que en ese verano de 1974 se bronceaban a muy pocos kilómetros del Regimiento Tejas Verdes, en Santo Domingo o en Llolleo, quizás apurando unos pisco sour antes del toque de queda.


Valdés escribió cuando todos callaban y tuvo la impresionante valentía de recordar. Él mismo lo contó así años después: “Me sometí a revivir la experiencia pasada, hora por hora, día por día, con horror y al mismo tiempo con placer; el placer de decidir yo mismo el momento de mi liberación del horror y entonces bajar a tomar un buen café en Las Ramblas”.


Editar el libro en la España todavía franquista no fue fácil. Pero la dificultad se sorteó y ese mismo año 1974 llegó a las librerías publicado por Ariel. Poco tiempo después un ejemplar de ese libro que decía una verdad que no escondía nada, ese libro que obligaba a mirar lo in-mirable apareció en el escritorio de mi padre en Bogotá, donde habíamos llegado en el mismo mes en que Valdés estaba preso, intentando tomar distancia de lo que pronto supimos sería feroz.


Yo tenía 12 años cuando leí Tejas Verdes. Fue esta la narración que me impidió para siempre cualquier intento de acomodo o negación frente a hechos terribles que escuchaba intercambiar a los adultos en voz muy baja, cuidando de que yo no fuese a quedar choqueada, contaminada, dañada por imágenes demasiado espantosas, difíciles de asimilar como parte del repertorio del comportamiento humano para una joven aún en formación.


Esto leí entonces en Tejas Verdes: “Me tiemblan las mandíbulas. No sé qué decir, no se me ocurre qué inventar. Volteo la cabeza de un lado a otro, la boca abierta. No me sale nada, entonces me introducen algo bajo la lengua y una mano me cubre la boca. La descarga estalla simultáneamente en la lengua y el sexo. Me desgarro los hombros al tratar de contraerme. No pierdo la conciencia. El dolor corresponde por una parte a una mutilación. Es como si arrancaran el sexo de raíz, como una dentellada que me deja abierto y arriba, en la boca, como una explosión que volara toda la carne, que dejara los huesos de la cara y del cuello al desnudo, los nervios petrificados, en el vacío. Es más que eso, no hay memoria del dolor”.


Releo este párrafo ahora, en 2023. Ahora, cuando Hernán Valdés está muerto, yo no tengo 12 sino 60, y este año se conmemoran los 50 años del Golpe. Lo leo después de haber pasado una vida escribiendo y editando y pienso que el escritor que fue Valdés no pudo, no dio, no encontró palabras, no logró expresar, pese a lo nítido de su relato, cómo es el dolor de recibir descargas eléctricas en el cuerpo mientras se es humillado, insultado, minimizado, aniquilado. Renuncia el escritor a poder nombrar aquello. Se da cuenta de que no se puede. De que no alcanza.


Tal como a Valdés no le alcanzaron las palabras para describir el dolor, no han alcanzado, en estos 50 años los textos, los testimonios, los relatos para transmitirles a todos los chilenos, a todos, sin excepción, el espanto de esos hechos. Sigue existiendo gente que los niega. Siguen personas minimizando –fue un momento, fueron solo algunos, fueron pocos– y continúa gente indignándose cuando se comparan estos hechos con los campos de exterminio nazis, como si no hubiese un evidente hilo común.


Todavía cuesta decir, mirar, asumir.


No son suficientes los textos, los discursos, las películas, los documentales, los tomos voluminosos del informe Rettig, los de la Comisión Valech, el enorme edificio para el “Nunca más” que alberga al Museo de la Memoria. Sigue sin alcanzar el relato. Sigue sin llegar. No alcanza a penetrar en todas las conciencias.


No alcanza para avergonzarnos, para preguntarnos cómo pudimos salir de todo esto, así como dejando atrás un momento amargo y nada más. No alcanza para que entendamos hasta qué punto las esquirlas de esa bomba que estalló el 11 de septiembre de 1973 se han incrustado en nuestras vidas y siguen ahí, informando algo, diciendo algo que las palabras parecen no bastar para asir, nombrar, calificar, ni menos para sanar.


Cuando leí en la prensa acerca de la muerte de Valdés sentí una necesidad imperiosa de releer Tejas Verdes. Puse en Google el nombre del libro pues sabía que había sido reeditado por LOM. Confirmé: en 1996. Pero descubrí que hay una reedición más reciente, de Taurus, en 2017. Miré en la Librería del Gam, en Buscalibre, en Lolita, en Antártica. Agotado. Lo encontré en Mercado Libre y llegó en tres días.


Hace un año leí sobrecogida el libro La búsqueda, de Cristóbal Jimeno y Daniela Mohor, acerca de la desaparición del padre de Cristóbal, Claudio Jimeno, uno de los desaparecidos que fueron sacados la misma mañana del 11 de septiembre desde la Moneda. Se sabría muchos años después que fueron fusilados en Peldehue tras sufrir torturas monstruosas.


Lo que me conmovió especialmente de La Búsqueda fue que se tratase de un libro que habla de aquel dolor pero que está escrito desde el hoy. Se editó en 2021. Es cuidadosa y respetuosa la forma en que Cristóbal intenta explicarles a los que piensan distinto y a quienes aún no habían nacido o eran muy jóvenes, de qué manera su padre entendía el proyecto de la UP, por qué adhería él, la naturaleza del idealismo y de la búsqueda de justicia que lo motivaban. También me pareció generoso que nos permitiese seguir el rastro de la herida en una familia que hace todo lo posible por sanar, pero que finalmente llega a comprender que siempre estará ese vacío, y que el Estado tiene con ellos y con tantos una enorme deuda de justicia, verdad y reparación.


Sobre todo, en ese libro es impresionante constatar cómo los mecanismos de la impunidad, el silencio y el ocultamiento continuaron operando en democracia y siguen activos actualmente. Cómo hubo quienes intentaron lucrar con la esperanza de la familia que buscaba y jueces que, ya entrado el siglo XXI, plantearon que antes de hacer nuevas diligencias sería bueno despejar si Claudio Jimeno “no estaría en Argentina”.


Tejas Verdes es el opuesto a La búsqueda. No hay perspectiva ni recorrido en él. Es un libro escrito en el momento. Lo que se lee en sus páginas es el relato de la experiencia en el Campo de Concentración dos años antes de que se acuñase la expresión “detenido-desaparecido”, que solo empezó a usarse en 1976. Así lo aprendí en un reportaje que hicimos en Revista Paula en 2003, para los 30 años del Golpe. Ahí Héctor Contreras, abogado de la Vicaría de la Solidaridad, contó que hasta ese año se seguía buscando a prisioneros vivos.


Eran hordas de hombres y mujeres desesperados las que entonces hacían filas en las afueras de los estadios y de los regimientos, preguntando por los suyos. Entre ellos mi suegra, que tuvo la fortuna de ver liberado y vivo a su hijo mayor, mi cuñado. Pero fueron miles los que tuvieron que hacerse la idea imposible, injusta, imbancable, de que los suyos no volverían. Entre ellos dos primos de mi marido.


A mí esta conmemoración de los 50 años me tiene inquieta. No me gusta cómo se enfrenta y cómo se mira. Los que ya sabemos hace rato, los que leímos Tejas Verdes, los que leímos La búsqueda, nosotros a quienes estas historias nos han cruzado, nos atrincheramos en afirmarlas una y otra vez, pero nuestra voz no alcanza, como no le alcanzaron a Valdés los adjetivos para describir la tortura, para llegar a los que aún prefieren hacer como que todo esto no pasó.


A mí no me interesa que en estos 50 años volvamos a instalar entre los que ya entendimos, una y otra vez, lo que ya entendimos. Discursos, declaraciones, poemas.


A mí me importa que el Estado pueda asumir las cuentas pendientes de verdad, justicia y reparación y que el resto de los chilenos podamos hablar.


Quiero saber qué piensan los que niegan esto, qué les pasa cuando escuchan relatos como el de Valdés o el de Gimeno.


Valdés cuenta que los soldados que lo pateaban y torturaban estaban convencidos de que todos los simpatizantes de la UP conformarían un ejército que tenía planeado aniquilarlos. Se ensañaban porque creían que habían estado a punto de ser ellos las víctimas. Recuerdo una noticia falsa muy instalada en esos días post Golpe: en todas partes se encontraban “listas” de personas a quienes los partidarios de la UP supuestamente matarían. Mis amigas, casi niñas aún, decían, orgullosas, justificándolo todo: “Mi papá estaba en una lista de Endesa”, “Mi papá estaba en una lista de Codelco”.


A mí me interesaría tanto que pudiéramos dialogar. Quiero entender por qué niegan quienes niegan. Por qué siguen negando. También decirles a los más jóvenes que no era tan fácil ir a principios de los 90 a por los cambios que hoy se cobran como resultado de una desidia tras venir recién saliendo de aquellos horrores todavía latentes.


Uno ya ha vivido y tiene una caterva de memorias. Esta, por ejemplo: es 1985 y en la revista APSI, donde entonces trabajaba, ideamos unos foros con público en los que se escenificaba el desaparecido programa de discusión política de TV “A esta hora se improvisa”. Estaban allí su mítico conductor, Jaime Celedón, y un público expectante sentado en unas graderías en semicírculo. El invitado principal era el general de la FACH Gustavo Leigh, miembro de la primera Junta de Gobierno.


Se las daba por entonces Leigh de opositor, trataba de situarse como quien anticipó el ansia de poder de su socio Pinochet, intentaba lavarse las manos de los horrores cometidos. Estaba el hombre dictando cátedra, muy seguro de sí, cuando se escuchó una voz firme entre el público. “Estás mintiendo, Gustavo”. Era una mujer. Quien lo enfrentaba era Moy de Tohá, la viuda del asesinado ministro del Interior de Allende, José Tohá. Se paró de su asiento, le retrucó los argumentos. Él contestó. Se produjo un diálogo que paró los pelos.


Todos escuchando.


Ese tipo de interpelación directa, cuando víctimas y victimarios se miran a los ojos y dicen sus verdades; cuando convencidos y escépticos desmadejan sus argumentos, es escasa hoy. No ocurre en ninguna parte. O atacamos o nos escondemos. O lanzamos la piedra y luego nos refugiamos entre los que pensamos igual. ¿Por qué no podemos conversar entre quienes pensamos distinto? La herida, los miedos, la rabia, el dolor nos atraviesan a todos.


En Colombia, donde la violencia ha sido asunto cotidiano por más de 60 años y los desaparecidos se cuentan por cientos de miles, han logrado hacerlo durante el proceso de Paz. Leer ese informe y ver los videos es ejemplificador. Cuenta Alfredo Zamudio, director de la misión en Chile del Centro Nansen para la Paz y el Diálogo, acerca de un encuentro, en el marco de ese proceso, en el cual el ex militar profesional Álex José Mercado Sierra le confiesa a Laura Piña, hoy de 29 años, que él fue quien mató a su padre. Y que ese día, antes de asesinarlo, el padre había salido a comprarle a ella una torta de cumpleaños. Dijo el militar que le relataba estos detalles a la mujer que hoy tenía delante, una adolescente entonces, porque ella durante más de una década se había sentido culpable de que por su causa -que el padre saliera a buscar alguna manera de celebrarle a ella los 15 - hubiese sido entregado a los militares.


Eso.


Mirarnos. Reconocernos. Incluir en ese diálogo a los que no creen, a los que jamás quisieron leer estas narraciones, a los que se niegan a ver. Incorporarlos. Entender sus razones. No soy nadie para decir cómo hay que hacer las cosas, pero ese eslabón me falta. Me parece fundamental. Que logremos al fin que los relatos alcancen.



Milena Vodanovic

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