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Abadi

"Abadi" es un capítulo del libro Engendros II del escritor argentino Pedro Yagüe. El texto propone una lectura de El sacrificio de Narciso de Florencia Abadi para pensar el sacrificio del cuerpo a la imagen que se produce en la vida cultural contemporánea.

A diferencia de lo que habitualmente se cree, Narciso no se ama a sí mismo, sino que muere al abrazar su imagen reflejada en el agua. A partir de este señalamiento, Florencia Abadi descubre la operación de nuestro tiempo, esa que día a día se propaga entre nosotros: el sacrificio del cuerpo a la imagen. ¿Qué implicancias tiene este proceso? ¿En qué consiste? ¿Cómo pensarlo? Y, sobre todo, ¿cómo reconocer esta operación de época en relación con la escritura?


Al interpretar nuevamente el mito de Narciso, Abadi encuentra una descripción del modo en que se sacrifica el cuerpo, la vitalidad, en pos de la construcción de una imagen personal. Algo de esta narración mitológica nos resulta contemporánea como quizás nunca antes lo fue. En definitiva, lo que Abadi busca al escribir es la identificación de un mecanismo subjetivo que nos permita reconocer sus efectos para así poder trabajar sobre ellos. El sacrificio de Narciso muestra un modo específico en que se renuncia a las ganas, a la posibilidad de dar cauce a eso que llevamos dentro, eso que nos permite prolongarnos en los otros y en las cosas. Narciso se abraza a una construcción ideal y, en ese mismo acto, olvida el cuerpo. Se trata de una postergación del deseo en pos de una recompensa imaginaria.


Resulta difícil no vincular estas ideas con la filosofía de León Rozitchner, con la importancia que le da a la afectividad histórica como verificadora de la propia inserción en el mundo. Al sacrificar el cuerpo, lo que se pierde también es la posibilidad de asumir la propia afectividad como índice de verdad. Y cuando esto se pierde, nos quedamos sin sustento, suspendidos en la impotencia del vacío colectivo. El cuerpo sensible desaparece como verificador, como aquello que permite comprender qué nos pasa con lo que hacemos, qué hacemos con lo que nos pasa. Esto se ve con total crudeza en el universo de las redes sociales, pero no es algo que haya nacido ahí ni que se limite a ese ámbito. Pensemos en la idea del prestigio, en el reconocimiento entendido como el horizonte deseable (y capitalizable) del campo artístico e intelectual.


Seamos claros en esto: siempre hay algo de personaje en la figura imaginaria de autor, algo de ficción en eso que se elabora para uno mismo y para los demás cuando se escribe. Forma parte de cualquier proceso creativo. Para fabular también hay que fabularse. Pero en nuestro mundo —operación narcisista mediante—, la imagen pública parece haber arrasado con todo. Ya no hay obras, solo autores. Importa menos afirmar una sensibilidad, una posición en el mundo, que la elaboración de una imagen pública monetizable. Se sacrifica el vínculo con la experiencia para poder rendir frente a los demás. Por eso Abadi sostiene que el narcisista quiere rendir pero más bien se rinde.


La operación que describe Abadi permite entender el modo en que muchas de nuestras relaciones —amorosas, sociales, económicas, culturales— se encuentran atravesadas por la tentación de convertirlas en una variable de ajuste en vistas a la valorización virtual. La forma cada vez más abstracta en que se organiza la sociabilidad exige postergar la elaboración de significaciones y sentidos en pos de la obtención de un rédito en el mercado de las respuestas y recompensas. Esto es algo que resiente nuestra relación con la experiencia. Y, por supuesto, también a esa prolongación del cuerpo en el lenguaje a la que llamamos escritura.


El narcisista no mimetiza su deseo con el del otro, sino que ignora —desconoce, no interroga siquiera— el propio en pos de cumplir con el ajeno. ¿No podríamos vincular esta idea con el modo en que muchas veces se desarrolla la producción en el campo cultural? El algoritmo genera un efecto de mimetización, una necesidad de complacer a ese tribunal imaginario que permanentemente nos evalúa con su nota. Cuando esto pasa, la escritura narrativa, ensayística, incluso la teórico-política, se pierde como campo de experimentación, de verificación y constitución de las propias vivencias, para convertirse en un medio para la construcción de una imagen personal. Entonces, como Narciso, abrazamos la imagen sin darnos cuenta de que sacrificamos el cuerpo.


No hace falta esbozar grandes razonamientos para vincular estas operaciones de época con la famosa cultura de la cancelación. Viene por añadidura. El narcisista, dice Abadi, se suicida a diario, en sus acciones y decisiones cotidianas, en las que entrega su cuerpo y su vida para sostener la imagen de sí mismo. El aplauso de los demás no es un festejo, sino un alivio. El abucheo, una condena; el ostracismo, la propia muerte. El bombardeo incesante de imágenes otorga a la imaginación un rol únicamente receptivo; la inmediatez anestesia la posibilidad de vincular la vivencia presente con la memoria de un pasado. Cuando la literatura queda reducida a la producción y a la confirmación de una imagen pública, desaparece la pregunta por la escritura, aquella que se interroga por lo que puede un cuerpo en el lenguaje.


Pedro Yagüe


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