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Destino Santiago*

Para venir hasta acá, me desperté muy temprano el día miércoles y tomé el primer bus Viña del Mar con destino a Santiago. Es un recorrido que he hecho en innumerables ocasiones, a veces con frecuencia semanal, otras mensual. He llegado a tomar ese bus a diario en ciertas épocas de mi vida. Viña del mar-Santiago, Santiago-Viña del mar. Arriba de un Pullmanbus recorro el trayecto de una hora y media que separa una ciudad de la otra, conformado en su mayor parte por una carretera, la ruta 68.


No vivo en Santiago, pero crecí ahí. Santiago es el lugar de mi infancia y eso instala la ciudad, para mí, en un lugar opuesto al que suele darse, es decir al tránsito de la provincia a la capital. Existe un relato más o menos convencional según el cual la infancia transcurre en ciudades o pueblos alejados del centro, formando un nudo de recuerdos a los que volver desde un presente inundado de edificios, tacos, modernidad. De alguna manera, todo relato de la infancia es siempre un retiro a la periferia, incluso si esa infancia transcurre en la capital, como fue la mía. Porque el Santiago de mi infancia es en verdad un pueblo. La infancia convierte todas las ciudades en pueblos conformados de unas cuantas señas reconocibles.


Mi deseo de la ciudad, sospecho, está atravesado por ese hecho. Es siempre un volver. Cada vez que he vivido en alguna otra he reparado en lo mismo: no se llega, en rigor, a una ciudad, sino hasta volver a ella. Solo al convertir la ciudad en un lugar al que regresar, esa ciudad se habita. O se abandona.

Lo que queda es la ruta. Me basta nombrarla para revivir una y otra vez la misma sensación antigua, infantil, no olvidada. Veo a una niña, por ejemplo, acuclillada en las gomas del suelo del auto, dormida sobre sus brazos apoyados contra el asiento de atrás. Así volvíamos los cuatro o cinco hermanos que entonces éramos ciertos domingos de la casa de mis abuelos, en Viña del mar. Era de noche. Las luces se sucedían velozmente en las ventanas. Entreabría y cerraba los ojos deseando que el camino se alargara, que demoráramos mucho en llegar, porque estaba tan calentito adentro y bajarse era en cambio a veces bañarse, otras comer, con seguridad preparar con desgano la mochila y los quehaceres escolares para mañana.


Enrique Lihn decía que la ciudad multiplica, en sus imágenes, las metáforas de la memoria, ocasión, en sus palabras, para la profundidad. El trayecto que describo en cambio estaba hecho de pura superficie, una superficie pasajera, rápida, inabarcable, fugitiva. La mera superficie de las cosas deslizándose en el espacio. Una experiencia urbana no de la memoria, me temo, sino de un futuro posible, cercano, previsible. Calmante el porvenir.


Esa calma incierta y superficial se reedita cada vez que vuelvo a tomar asiento, siempre del lado de la ventana, en mi Pullmanbus. Desde ahí observo las imágenes de un paisaje que conozco por repetición, tensionado por el deseo de una ciudad, un entre ciudades. Y digo imágenes porque vienen enmarcadas, protegidas tras un cristal que junto con recortarlas las empaña o cristaliza o ilumina, resguardando el interior. Creando un interior en el afuera radical que es siempre una carretera.



He pensado, en general, las ventanas, como un modo de ponerle límites a lo que hay afuera. De poder medirlo y recorrerlo con la mirada, reconocer los sonidos, los vientos, el aire que dejamos salir o entrar. Se trata, creo, de una experiencia que nos brinda la vida urbana para vincularnos con el espacio de una forma parecida al modo en que un poema se vincula, a veces, con la vida. A la manera de una sinécdoque, hay en cada encuadre una parte que contiene el todo. Ese todo que es una idea de totalidad y que aparece, especialmente, en los detalles, los instantes. La escala reducida del presente.


Para colmo, esa ventana que media el encuentro con el afuera es en el bus, mi bus, el medio que separa y a la vez vincula Santiago y Viña del mar. Como si en ella tuviera lugar un inmenso y demorado fundido encadenado en el que la última imagen de una ciudad se disuelve lentamente mientras, en sobreimpresión, va afianzándose la primera imagen de la ciudad siguiente.


Sé que no es muy original este vínculo que hago entre el movimiento de un vehículo motorizado que atraviesa la carretera y la imagen en movimiento que produjo y/o descubrió el cine. A Raúl Ruiz, según se cuenta, le encantaba tomar taxis y mirar las ciudades a través de ventanas como si se tratara de verdaderos travellings. El caso es que aceptando que no es la imagen la que se mueve sino uno, yo, que voy al interior del bus, me da por pensar que es precisamente esa puesta en movimiento imperceptible de nuestro cuerpo que se desplaza, contrapuesto a la quietud de un exterior que sin embargo la mirada recorre a toda prisa, lo que produce una experiencia muy singular de quietud. De una quietud interior. Algo parecido a la espera.


Edward Hopper, como es de imaginar, pintó situaciones similares a esta. Una muchacha, por ejemplo, sentada en un compartimento de un tren, con un libro en la mano y una ventana abierta a la vista del paisaje americano a su izquierda. A partir de una pintura como esa, el mismo Lihn de A partir de Manhattan imaginó ciertas “historias ajenas al acontecimiento”, suspendidas en un instante cuyo fin desconocemos.


Contemplación y tránsito: dos palabras en cierto modo contrapuestas que, sin embargo, bien podrían escoltar esa clase de historias “ajenas al acontecimiento”. Como si se tratara de una imagen onírica que se despierta en los bordes de la ciudad, la ruta 68 enfrenta la mirada a la silueta de unos cerros áridos o verde oscuro ondulando en la lejanía, las planicies con cultivos y matorrales que borden el asfalto, la expansión de los viñedos entre aromos cipreses tilos palmas espinos, muchos espinos. “Las cordilleras tendidas en el horizonte transparentes traspasadas de luz”, dice un poema optimista de Zurita. Rutas que se bifurcan, urbanizaciones que asoman a orillas de la carretera, fábricas, paraderos, bosques de eucaliptos quemados. El cielo abriéndose paso entre sendos cableados, carteles publicitarios y laderas cortadas en greda. La niebla que nunca dura para siempre.


No quisiera, en todo caso, detenerme en los detalles. Sí en cambio en una experiencia del tiempo donde lo que viene se convierte en lo que pasa, como el futuro en el pasado, con una diferencia radical: conocemos -conozco- perfectamente lo que viene. Por esa razón, esa ventana que une la ciudad de Santiago a la de Viña del mar es una compañía perfecta para el sueño, sobre todo cuando a través del cristal ingresa un rayo oblicuo de sol –del lado izquierdo de ida, del derecho de vuelta. Lo es también para esos pensamientos que quieren ser pensados ampliamente y sin llegar a conclusión alguna. Y sin duda es una gran compañía para la lectura: el espacio y el tiempo transcurren allí de manera lineal, produciendo un intervalo que hace las veces de espejo: avanzamos treinta, cuarenta, cincuenta páginas de lo que fuere, como avanzamos diez, cincuenta, noventa kilómetros por la carretera.


Aunque a veces puedan ser cinco páginas. O apenas dos. No hay una ventana, a mi parecer, que invite más a levantar la vista del libro que la de un bus. O la de un tren. Porque convengamos que esas ventanas, estables pero sin embargo abiertas al movimiento, y por lo tanto al cambio, nos brindan una imagen medio hipnótica quizás porque es en parte similar a la postal que nos hacemos de la vida.


Ernesto Rodríguez lo ha dicho con estas palabras: “Entre tanto pasan nuestra vida y el mundo, pero como pasan árboles y casas a través de la ventana de un tren”. ¿Entre tanto qué? Entre que hacemos y deshacemos, subimos y bajamos, entramos y salimos de la ciudad, del barrio, de nuestra casa, de nuestra cama. Entre tanto pasa la vida y el mundo a esa velocidad, regalándonos el viaje, el tránsito entre una y otra ciudad, una pausa parecida, pienso ahora, a aquella que de pronto nos ofrece una buena novela, cuando entre inicio y término logra producir un atisbo, por mínimo que sea, entrevisto apenas con el rabillo del ojo, de sentido.


Hay ocasiones, no muy seguido, en que recorro la ruta 68 no en bus, sino en auto. Lo hago cuando voy con mis hijos. La principal atracción que el camino reviste para ellos son los túneles. Los esperan ansiosos. Preguntan cuánto queda para el Zapata, cuánto para el Lo Prado que les gusta más. Y qué decir de la Costanera Norte con ese túnel infernal que conecta el centro con el oriente de Santiago. Lo aman. Mucho más que salir de ellos, lo que adoran es entrar. Como si en lugar de la famosa luz al final del túnel fuese para ellos la oscuridad, con las líneas de luces blancas que distorsionan el campo visual y reverberan intermitentes al interior del auto, aquello que les brinda una imagen esperanzadora del presente abierto a lo imprevisto, al juego.


Yo también tengo un lugar favorito en la ruta. Son tres casas abandonadas, que bien podrían ser tres graneros, dispuestos uno junto al otro a unos cuantos metros de distancia a los pies de la cuesta que separa Curacaví de la entrada a la capital. Cada vez que paso –la mañana de este miércoles, sin ir más lejos– por alguna razón levanto la vista y sin querer las busco e imagino, durante un lapsus tan breve como un par de segundos, que hay alguien que nos mira desde una de esas ventanas. Posiblemente una niña, tal vez una anciana. Alguien que sabe los tránsitos de la vida y la ve pasar no desde un cuerpo en movimiento sino desde la quietud más radical. La quietud de los muertos, quizás. De quienes se ríen de las ansias que arrastramos de ciudad en ciudad, de destino en destino, y entonces prefieren quedarse al medio. Entre el salir y el ponerse del sol. Entre el regreso y el abandono de una ciudad. Entre el antes y el después.


Entre-tenidas en la ruta, ventanas como esas nos recuerdan que no es la vida o el mundo el que pasa, sino uno, como puede, por donde mismo.


Macarena García Moggia



* Ensayo leído en la mesa Cartografías, del pabellón Santiago, ciudad literaria, en Filba 2023.

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