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En homenaje a Milan Kundera

La palabra inapropiado no aparece en el diccionario de la lengua española, pero sí apropiado, adjetivo que significa “acomodado o proporcionado para el fin a que se destina”. Por lo tanto, podemos intentar comprender esta palabra inexistente en la letra oficial, pero corriente en el hablar cotidiano: in-apropiado es aquello que no está acomodado o proporcionado para el fin al que se destina. Curiosa manera de andar tiene el lenguaje. Kundera, en La broma, desde una traducción del checo, nos pone al alcance una forma de entender, por una vía jamás pensada, que trae luz, pero otra, a este afán. Se trata de un panorama extraño y apasionante en aquel barrio periférico de la ciudad de Ostrava. Extraño aquí quiere decir “raro”, discordante, mezclado. Casi diríamos “impuro”. Una casa idílica cubierta de hiedra en medio de edificios “descascarillados”, usinas en medio de la naturaleza, bosquecillos salpicados de escombreras, campo entremezclado con basurales. Kundera gira las palabras con entera fluidez: le pareció que la presencia de la casa idílica justo allí era apropiada precisamente porque no tenía nada que ver con los derruidos edificios ni con las torres de extracción de carbón, o con las chimeneas y los hornos que formaban su paisaje. Lo mismo el sauce llorón extraviado en un jardín de una villa sucia y gris rodeada por una verja de hierro, y que por tal extravío era apropiada su presencia allí. Presencias apropiadas “justo” por ser inapropiadas, es decir, apropiadas para la “impropiedad”, para el sorprendente misterio de una ciudad que ha enlazado, en un desaprensivo abrazo, todo lo que se es ajeno.


Tal vez Kundera está pensando en algo así como la heideggeriana existencia impropia del hombre en su destierro, en su estar fuera de casa, y justo por eso, en su apropiada condición para habitar en la impropiedad, circulando por las calles cortas de la vida que conducen tal vez al vacío o a ninguna parte, y en las cuales es posible vagar sin otro destino que un sueño: es decir, un destino que está ‘más allá’ de todo destino, y por lo mismo, de todo peregrinar. Extraña esta mirada que concibe a la existencia humana como una forma de exilio, pero que no sin ironía aún reserva remembranzas de un paraíso perdido, aquel en el que el sauce era invisible en un fondo rural que lo hacía desaparecer en su homogeneidad e inadvertido justamente por “ser apropiado”; paisaje en el que la casa idílica encontraba su transparencia en medio de un barrio de casas idílicas. Idílico, pero, para el ser humano, imposible.


Teilhard de Chardin en su libro El grupo zoológico humano nos estremeció en 1956 con una extraña fantasía: el sorprendente paisaje de la tierra al inicio del Pleistoceno: el Sena, el Loira, los depósitos aluviales situados en torno al Macizo Central, y podemos suponer que la cordillera de los Andes y el valle de Santiago eran los mismos paisajes que los actuales. Era un mundo que casi es nuestro mundo. “Y, sin embargo –nos dice Chardin– era un mundo atormentado por una gran ausencia. En efecto, dentro de este cuadro prácticamente familiar no hay siquiera un ser humano a la vista”.


Efectivamente, un paisaje para nadie, un espectáculo sin espectador, un escrito sin lector. Lo idílico es la ausencia humana, es decir, ese mundo en el que toda calza, pues no existe el adelante o el atrás, el antes o el después, el arriba o el abajo. Un paisaje no requerido de sentido alguno. Un transcurso que no se sabe a sí mismo. La presencia del hombre es disruptiva en sí misma, pues genera una disonancia y una fragmentación en el todo del que forma parte. Sin embargo, esa disonancia da aparición a un mundo, mundo que arrastra un inevitable punto de vista y que, por lo mismo, nunca puede entenderse como un mundo en sí, ajeno a toda mirada. Ese tejido –de mirada y cosa– se sostiene en la diferenciación y la distinción, que diseca ese homogéneo idílico y lo transforma en nombres e historia, en retorcimientos y contrastes de casas idílicas en medio de escombreras, y, por lo mismo, en discurso y lenguaje. Nada calza. Lo que destaca lo hace como una anomalía y por eso nos sacude en una especie de perplejidad incomprensible. Tal vez tiene que ver con el temor a que las cosas calcen y que en un cerrar de ojos ya no sea posible encontrarlas, al hacerse parte de ese paisaje para nadie.


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