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Familia, mar y silencio. Notas a propósito de 1976.


1976 es el debut de Manuela Martelli como directora. La fortuna quiso que viera esta película no en su estreno en 2022 sino en 2023, vía Netflix. Curiosamente esta casualidad me ha hecho reflexionar sobre el vínculo entre el espacio familiar hogareño con los 50 años del Golpe de Estado en Chile. Efectivamente, creo que 1976 es un filme que resulta generoso en su simbología a 50 años de la conmemoración del Golpe Militar de 1973. De alguna forma, la trama parece debatirse entre el silencio altamente significativo y la manifiesta dimensión política que parece nunca explicitarse. En su desarrollo anida una tensión ambigua entre la declarada política del terror ─llena de razones políticas, guerra fría, ideologías y coyuntura─, y el silencio temeroso-amenazante de lo traumático en curso. En ese sentido, en un juicio precipitado, podría parecer que se asiste a una película en que lo político nunca se declara y que hasta se evita. Creo, sin embargo, que es ese precisamente el rasgo que le da vigencia al filme, arrancándolo de la mera recreación de un documento testimonial para arrojarlo como una provocación en el rostro del Chile de 50 años después. Ciertamente, 1976 bien puede tratarse de una puesta en forma de aquellos elementos simbólico-sociales que hoy ‒a 50 años de uno de los episodios más dolorosos para la historia chilena‒ han impedido una “superación”, un balance o al menos una significación que ofrezca un coeficiente de futuro.


La película transita en el espacio íntimo de Carmen: madre y joven abuela de una acomodada familia tradicional santiaguina. Su cercanía con el sacerdote de un calmo pueblo del litoral central la ha llevado a cuidar de un militante fugitivo herido de bala. De ahí la historia se desarrolla en torno a las peripecias que debe realizar para llevar a cabo esta tarea de espaldas a la silente y siempre armoniosa vida familiar. Poco a poco, la empatía y su afán caritativo llevan a Carmen, por una parte, a comprometerse con Elías ‒el joven militante que va recuperándose y a la vez requiriendo de ayudas más riesgosas‒ y, en segundo lugar, a ir vislumbrando el horror patente que circula en torno a la persecución y el asesinato como terrorismo de estado.


Varios elementos me parecen relevantes en la película. En primer lugar, el mar, personaje permanente que funciona como un rumor tan silencioso como oscuro. La banda sonora ‒punto destacado de la película‒ contribuye a enfatizar esta acechante presencia marina llena de opacidad. El mar es aquel paisaje bello, de retiro y tranquilidad, que en su inmensidad azul se hace depositario de los secretos del horror: el descubrimiento del cadáver de una mujer en la playa, la mención del sacerdote que afirma: “ya me habrían arrojado al mar”, son una de las tantas menciones que hacen del océano y los paisajes costeros uno de los testigos enmudecidos de lo ominoso y del espanto de aquellos días en apariencia tranquilos.


En segundo lugar, la ambigüedad de los personajes es lo que podría situar a esta película en el género del thriller. Nuevamente la banda sonora cumple un rol fundamental al acompañar el encuadre de varios rostros de personajes de quienes nunca se sabe si son inofensivos o siniestros: sus miradas escrutadoras pueden también ser de agentes, soplones, colaboradores o eventuales denunciantes que sospechan de las andanzas de Carmen. Así, el hombre del bar que niega su acento argentino, la operadora telefónica, la enfermera del hospital, el vecino que encuentra los documentos de Carmen y hasta su mismo marido: todos ellos arrojan una mirada inquisidora y le sugieren ‒con el gesto de quien algo intuye o guarda un secreto del que no desea hablar‒; que se cuide, que evite circular tarde y que, en definitiva, vuelva a su rol familiar de esposa, abuela, de jefa de hogar confinada, sonriente y discreta.


En efecto, tal vez el símbolo más inquietante y actual es la apaciguada dinámica familiar ciega y muda ante el horror. Es precisamente la familia la institución que opera como antagonista de la politización manifiesta. Es la voz del jefe de familia la que acalla lo más parecido a una discusión política en un almuerzo familiar; es en torno a la familia que tienen lugar las asignaciones y segregaciones sociales: el paseo en velero con los amigos médicos y anticomunistas del marido que hace vomitar a Carmen; el desprecio de la empleada doméstica por los miseros jornales que están remodelando la casa de la playa; la siempre “inocente” y neutralizadora posición de los niños de la familia, en virtud de la cual todo debe postergarse y mantenerse invisible. La familia ‒núcleo fundamental de la sociedad según la constitución vigente, la de 1980‒ cumple su rol vigilante y represivo contra toda voz politizada. El hogar familiar sería entonces ese espacio en que lo político es negado en favor de la paz y el acuerdo, en que la persecución y el terror político no tienen lugar porque “estamos bien y es mejor no meterse”. El punto cúlmine de este simbolismo es precisamente la escena final en que la familia canta unida el cumpleaños feliz, festejando a uno de los niños al mismo tiempo que Carmen no puede contener su llanto ante la inminente desaparición de Elías. El llanto reprimido de Carmen ‒hipócritamente disfrazado de emoción maternal femenina‒es la impotencia ante la indolente y cruel impostación de la familia feliz. La unidad familiar se emparenta, una vez más, con lo siniestro. Se trata, tal vez, de una dinámica que hoy, en 2023, no deja de acompañar el decurso de nuestra relación con la política, en que “nuestros niños”, la unidad de la familia, y la superación de las diferencias en torno a la seguridad del hogar y la felicidad familiar, siguen operando como dispositivos que cohíben la politicidad que también habita en el mundo doméstico y de lo privado.


Finalmente, 1976 evoca un año, una época y un modo de convivir en que la política parece disiparse entre el silencio, el secretismo y el miedo. El juego de relevos y superposiciones que ofrece hoy ‒a 50 años del Golpe‒, resulta muy oportuno para preguntarse por cuánto de ese panorama sigue siendo el nuestro y cuáles son hoy aquellas zonas mudas que no somos capaces de afrontar.


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