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La música cómica de Martin Amis


“Déjame en cualquier parte de Estados Unidos y te diré dónde estoy: en Estados Unidos”. Tal vez sea necesario ser un poco extranjero en ese país para formular la ubicuidad estadounidense de esta manera, como una tautología cómica, como un irónico Q.E.D. Muy a menudo, en los últimos veinte años, me he encontrado conduciendo a lo largo de alguna franja de desarrollo urbano en Massachusetts o el estado de Nueva York, o Indiana o, para el caso, Nevada, y a medida que va pasando el repetitivo amoblado comercial —el hotel Hampton Inn, el jardín infantil rosado-y-naranja de Dunkin' Donuts, el alegre gallo rojo de Chick-fil-A—, repentinamente me entra el pánico, porque por un segundo no sé dónde estoy. El papel mural del no-lugar sigue desplegándose. Y entonces la frase de Martin Amis de su gran libro temprano de periodismo, El infierno imbécil (1986), aparece en mi mente, a la vez como un bálsamo y como un terror adicional: bueno, dondequiera que exactamente esté, ciertamente estoy “en Estados Unidos”. Así que al menos me río.


Una definición del valor literario podría ser el número de frases o imágenes de un determinado escritor que aparecen espontáneamente en la mente a medida que transcurre el día. Para mí, los chistes y las etiquetas “amisianas” han formado durante mucho tiempo parte de la poesía útil de la existencia. Cuando estoy aburrido o de alguna manera descontento con la reseña de otro libro, esas líneas perversas sobre el crítico literario Richard Tull, de la novela de Amis La información (1995), saltan a la vista: “Era muy bueno en la reseña de libros. Cuando criticaba un libro, su crítica era definitiva”. Cada vez que veo una fotografía de Saul Bellow, recuerdo, con una sonrisa, la descripción de Amis del novelista estadounidense como “una tortuga omnisciente”. Al encontrarme con fumadores en novelas o películas contemporáneas, a menudo pienso en John Self, el narrador de la novela de Amis Dinero (1984): “‘Sí’, dije, y comencé a fumar otro cigarrillo. A menos que informe específicamente lo contrario, siempre estoy fumando otro cigarrillo”. ¿Las palomas de la ciudad, con sus sucios cuellos grises como capuchas? Me viene a la mente la frase maravillosamente tonta de Campos de Londres (1989): "Las palomas contoneándose con sus pasamontañas de delincuente". ¡Pasamontañas de delincuente! O qué hay de esa hermosa y complejamente divertida descripción, en la memoria Experiencia (2000), de cómo el padre de Amis, viejo y enfermo, Kingsley Amis, se cayó al suelo en Edgware Road, en Londres: “Y no por un brusco tropezón o traspié, sino por obra de una administración prodigiosa”. A lo largo de los años, en nuestra casa, mientras mi esposa y yo éramos testigos del fracaso y la caída de nuestros propios padres viejos y enfermos, ¿cuántas veces nos recitamos uno al otro, como triste consuelo, como punzante reconocimiento y como comedia salvadora, esas palabras: “por obra de una administración prodigiosa”?


El estilo de Amis combinaba muchos de los elementos clásicos de la comedia literaria inglesa: la exageración y su pariente seco, el eufemismo; la farsa picaresca; la cáustica intervención autoral; la caricatura y lo grotesco; un oído maravilloso para el registro irónico. Tomemos esa frase, “por obra de una administración prodigiosa”. Sterne, Fielding, Austen —sobre todo, Austen— podrían haber reconocido su mezcla de crueldad y misericordia. La Jane Austen de Emma, la satírica que describe el ancho sombrero y la cesta de la irritante señora Elton como su “aparato de felicidad”, habría visto exactamente lo que Amis está haciendo aquí. Caerse al suelo fuerte, lentamente, con gran dificultad, es un acto de trabajo que obtiene del escritor esa incómoda palabra “administración”. Y la fría burla es divertida. Pero también insinúa, con más ternura, lo que se necesitará de nosotros: nuestra administración, mientras luchamos por levantar el peso casi muerto de la calle. Toda la frase arrastrando las palabras pone una distancia irónica con algo que es insoportablemente doloroso e íntimo.


O tomemos, como otro ejemplo, una línea de Experiencia en la que a menudo pienso sonriendo. Es una oración sobre viajar junto con el amigo de Amis, Christopher Hitchens, y cómo los dos hombres tenían que detenerse regularmente “para las muchas y fuertes bebidas y los montones de cosas de comer (jamás comidas) sin los que Hitch no podría sobrevivir durante mucho tiempo”. Eso es Amis grado B, no especialmente llamativo para sus estándares. Pero tengamos en cuenta la forma en que beber fuertemente y no comer por montones se equilibran de manera cómica y se anulan mutuamente; y cómo el genio está todo en esa pequeña frase “durante mucho tiempo”, con su absurda contradicción lógica de que Hitchens sobrevive, no, necesita sobrevivir, con montones de comida sin comer. En la obra de Amis, página tras página, se encuentra este tipo de atención a la música cómica, a la cuidadosa orquestación sardónica, sondeada y construida palabra por palabra, que constituía su brillante estilo.


Pero era difícil concebir a Amis como una presencia literaria, porque insistía en arrojar señuelos efervescentes en el camino de su reputación. La adoración del inglés por la condición forastera de Saul Bellow y Vladimir Nabokov, el anhelo del comediante por la seriedad y el alma, el tomar en préstamo “temas” profundos (el desarme nuclear, el Holocausto, el terror estalinista, el extremismo islámico), todas estas obsesiones fueron excedentes de su verdadera vitalidad literaria, que era cómica y farsesca. Al igual que varios escritores ingleses de la posguerra, iba a la caza de las cosas de las que carecía flagrantemente, idealizando las cualidades que encontraba más difíciles, o simplemente a las que era reticente, de encarnar en su propia práctica literaria. (La admiración de Iris Murdoch por la caracterización vital y totalmente libre de Tolstói y Shakespeare podría ser otro ejemplo de esta extraña búsqueda inglesa.) Cuán a menudo, por ejemplo, este escritor, el más conocedor y el menos inocente, se encontró elogiando —como en un asombro desconcertado— la “inocencia” de un Joyce o un Bellow. Pero Amis nunca sonó como un novelista judío-estadounidense que casi nació en Rusia, o un novelista ruso que emigró a su propio inglés foráneo. Él sonaba como un divertido escritor inglés muy dispuesto a no sonar como su padre, el novelista cómico Kingsley Amis, y esto era todo el deleite que sus lectores necesitaban o deseaban. Este escritor que escribió con tanta persistencia sobre el “infierno imbécil” de lo moderno (la pornografía, la basura urbana, “Estados Unidos”, el estado brutal de la nación británica), cuyas novelas parecían abundar en trucos posmodernos (una novela contada al revés, con apartes de personajes llamados Martin Amis, etcétera), en realidad, no era para nada moderno: estilísticamente, venía carcajeándose y riendo directamente del siglo XVIII.


De hecho, el escritor moderno al que Amis más obviamente se parecía estaba bastante lejos del alto panteón de Bellow y Nabokov, aunque tanto Amis como Hitchens lo admiraban. Era ese mago sin músculos, ese proveedor popular de fertilidad cómica atemporal y tontería elegante, P. G. Wodehouse. Las pistas estaban esparcidas por toda la obra de Amis. Su primera gran novela, Dinero, se hizo pasar por el ingenioso intento de un inglés de “construir” la Nueva York de mediados de los años ochenta, vista como una isla infernal pero infinitamente atractiva, hirviendo de clubes de striptease, pornografía y malestar racial. Pero la Nueva York de Dinero no es la distopía minuciosamente reportada por Tom Wolfe en la misma época. Es un universo infinitamente divertido, completamente inventado, un mundo despojado de referencias reales y lleno de bromas internas y dementes juegos de palabras. En Dinero, por ejemplo, los hoteles de la ciudad reciben socarrones nombres a la manera de sus modelos literarios (el Ashbery, el Bartleby, el Cimbelino). Wodehouse inventó una mágica jerga alternativa para los objetos ordinarios: en sus historias de Jeeves y Wooster, la cabeza se convierte en la cebolla, el limón, el frijol, el coco (“todavía estaba masajeando el coco”); la barba se convierte en hongo (“buscando a tientas el hongo”), y así sucesivamente. De la misma manera, en Dinero, Amis intercambia palabras por sus hermanas más torpes: un departamento se convierte en “un calcetín” (contempla “a través de las espectrales, contaminadas ventanas con manchas de nicotina de mi calcetín…”), el pelo se convierte en “un felpudo” (“Tenía el pelo de ese color amarillo especialmente enloquecido que recuerda a las tortillas, un felpudo de tortilla”), un departamento de soltero (o un calcetín de soltero, de hecho) huele a “solterón”. Y así sucesivamente.


Amis escribió mucho sobre la decadencia del cuerpo, sobre la violencia, la mala salud, la cursilería, la perversión y la maldad histórica de todo tipo, pero la atmósfera de exageración cómica sistemática y animada siempre sacó el aguijón desde su realidad: “Refrescado después de un breve apagón, me puse en pie y fui al otro cuarto”. “Habiéndome fumado un solo pitillo, me preparé un zumo de naranja”. No hay verdadera angustia o peligro en los mundos ficcionales de Amis, solamente palabras: Estados Unidos es “Estados Unidos”. Es por eso que su mejor novela fue también la más ingrávida, y lo más cerca que estuvo de replicar la farsa de campus que su padre hizo famosa en Jim el afortunado. Me refiero a La información, su libro ridículamente divertido sobre la rivalidad y el quehacer literarios. En esa novela, el desventurado crítico Richard Tull —aquel cuyos libros reseñados ​​se mantienen definitivamente reseñados— se encuentra en una gira de libros con su viejo amigo y rival Gwyn Barry, un escritor mucho más exitoso. Los dos hombres están en Estados Unidos, y una frase perdida, rápida y absolutamente espléndida evoca la desconcertante variedad de librerías que Richard encontrará en su recorrido estadounidense: “las librerías que luego conocería, las de centros comerciales con hilo musical, las poco iluminadas, las de paneles de madera, las pseudo-bodleyanas y las disco-montparnassianas”.


Disco-montparnassianas… ¿Solamente palabras? Un bosque de palabras.




Artículo aparecido en “The New Yorker” 20-05-2023. Se traduce con autorización de su autor. Traducción de Patricio Tapia.

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