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El soplo al corazón: “Cigarette burns”


A Carmen Espinosa, mi mamá, con quien vi la película, sin saber…

 

…”el torrente sanguíneo no tiene sonido, salvo cuando las pulsaciones se hacen irregulares, entonces se escucha un susurro, a eso llamamos soplo”…

(Google)

 

“En la violenta pasión que mi madre me inspiraba, jamás imaginé, ni un instante, que pudiera, incluso en los momentos de mayor extravío, convertirse en mi amante”.

Georges Bataille: Mi madre

 

Algo hay de rousseauniano en el cine de Louis Malle; algo también de perenne adolescencia, como en Lacombe, Lucien, el delator enamorado, algo y mucho de la nostalgia inmensa de los niños que parten, mucho del duelo de la novia que vistió de negro cuando asesinaron a su novio en la puerta de la iglesia por un juego irresponsable, algo también de insensato, pero justo en su obsesiva venganza, algo que se entrelaza a los chicos que cruzan transgrediendo las normas del set cinematográfico y los museos y su suntuosidad, de Golpe Aparte, de Jean Luc Goddard y de Los soñadores de Bertolucci que los emulan, encerrados en una casona de París, con Eva Green, mucho cine dentro del cine y mucho sexo esta vez sin asomarse a la calle hasta…, en los días finales de las revueltas del 68 del siglo XX, y también de Antoine Doinel de los 400 golpes de Truffaut, su Bildungsroman irrepetible, que comienza al final de su primera parte, mirando el mar, y también con el mismo espíritu de la Nouvelle Vague, dígase lo que se diga, en cuyo corazón estuvo Louis Malle, entrando y saliendo, en sístoles y diástoles, como el fotógrafo de Pretty Baby, y la misma Pretty Baby, y claro, el adolescente Laurent Chevallier y su madre, Claire, de El soplo al corazón, esplendente de juventud, belleza e ímpetu erótico. Como todos los nombrados en esta pequeña troupe aludida, también bullente de juventud, disrupción, deseos de ruptura, sturm und drang, deseo y entrega, ganas de comerse al Mundo y de escupirlo a la vez.


El soplo al corazón es un filme que a pesar de su director, del movimiento en que se inscribía su película (fue estrenada en 1971) y el ethos que aún pervivían en ella, en su trama, en su manera de ser filmada, en sus colores y sus personajes, en su contexto tanto de la enunciación diegética como de su enunciado, como los ideales, los deseos, las múltiples rupturas, el ímpetu y la pulsión, la pasión y la liberación, y el prohibido prohibir, el haz el amor y no la guerra, el seamos realistas pidamos lo imposible, no deja de causar una extrañeza, más que estética cultural y, sobre todo, también vital, en tanto nos sentimos a la vez repelidos como seducidos por ella y su específico soplo al corazón: el incesto entre un hijo de 14 años (Benoît Ferreux) y su joven y bella y liberada madre (Lea Massari).

 

Decíamos que algo hay de rousseauniano en el cine de Louis Malle, de nostalgia de una forma de amor más que prohibida, casi ancestral y sin tabúes, casi, como diría el mismo Malle, sin tanta “estructura rígida” de la sociedad occidental moderna y sobre todo la de los paradójicos años 50 y 60, sobre todo en las capas burguesas y pequeño burguesas de la sociedad. Más que “amor libre”, que advino entretanto y después con los movimientos “contraculturales” beat y hippies, algo así como un mundo o una sociedad tribal sin interdictos, sin la gravedad que hace del erotismo, erotismo: sexo más cultura, como diría Octavio Paz, la llama azul y la llama roja: esos crepitares, y su malestar: felicidad o seguridad, .

 

El acontecimiento tiene lugar hacia el fin de la película, pero entretanto, como toda trama pensada concienzudamente y con deseos de exhibir paulatinamente lo que se propone o anhela, desde las primeras secuencias que van quedando en la mirada –y que intentan soplarte el corazón a como dé lugar- desde las tomas iniciales que nos adentran en Dijon, en la casa de la familia burguesa de Laurent y Clara Chevallier, su adusto y distante padre, sus hermanos dominantes que lo inician –o intentan- en el sexo con una prostituta neorrealista, el amante de Claire siempre abierta al deseo, el año, 1954, cuando la caída de Dien Bien Phu, que marca el inicio del fin del imperio colonial francés, y Laurent como un fisgón de todo el proceso, mirando a los integrantes ya sea del bando colonialista como del anticolonialista enfrentarse en las calles, o a cada uno abogando por su causa. Y esa secuencia donde descubrimos que la banda sonora del filme es la pasión musical de Laurent, que en una escena aprovecha la pequeña revuelta en una tienda de discos para robar el último hit de Charlie Parker–que junto a Dizzy Gillespie y Sidney Bechet forman parte del soundtrack que irá ritmando la historia y sus imágenes-, surge el dispositivo detonante de todo lo que vendrá; la enfermedad de Laurent, el soplo al corazón, ese órgano que se asocia con el amor, la pasión, los deseos, y todo aquello que surge desde los intersticios del cuerpo que no se relacionan con la mente, si los sueños radican en un vértice de esta, que casi no se imbricaran.

 

En este punto de la película, comienza el interludio en las existencias de Laurent y Claire. Una pausa, un stop en sus vidas burguesas e integradas, un alto en el devenir que debiera. Este interludio se produce en un sanatorio para la enfermedad, el soplo, si un soplo es una enfermedad, y este sanatorio queda en unas termas que aparentan una ciudad aparte de las ciudades, con un mundo aparte del Mundo. En todo espacio de sanación, todo sanatorio, en la literatura, en la ficción, se producen algo así como maravillas, estados alterados de las cosas, de la situación, de los contextos: le ocurrió a Hans Castorp, en La montaña Mágica de Thomas Mann, cuando fue a visitar a su primo enfermo de tuberculosis y quedó atrapado por el mal en la montaña imponderable, donde se enamoró, donde la amada Claudia Shauchat en lugar de regalarle una foto de su rostro, le dejó como todo recuerdo una radiografía de sus pulmones, y donde asistió a las eternas discusiones filosóficas de Naphta y Settembrini, que por esas cuestiones filosóficas finalmente se retaron a un duelo al parecer insensato; y al periodista Pereira, de la novela Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, cuando en una clínica de terapias naturales conoce al doctor Cardoso y traban amistad y comparten intereses culturales y literarios. Y Pereira le confiesa a Cardoso una impensada inquietud: piensa que quizás Monteiro Rossi y Marta tengan razón al oponerse al poder fascista, y eso le hace sentir que su vida no tiene sentido y que debe arrepentirse de todo. Es cuando el médico le expone una teoría sobre la confederación de las almas según la cual Pereira estaría mudando el "yo hegemónico" que dirige su personalidad. Su nuevo amigo le cuenta que se dispone abandonar Portugal para irse a Francia lo que incentiva a Pereira a dejar (soltar) su pasado y dejar emerger a su nuevo yo. Algo similar a la amistad que establece el narrador alter ego de Thomas Bernhardt al conocer, también en un espacio, apartado, al “sobrino de Wittgenstein y trabar una inusual y permanente amistad; también un lugar así podría ser la terraza de Una jornada particular de Ettore Scola, donde en la soledad a la queda abandonada el edificio por la visita de Hitler a Roma el año 1935, un periodista homosexual y comunista, clandestino, Marcello Mastroiani, traba una amistad impensada con una ama de casa con seis hijos y cierta simpatía por el fascismo, y se narran sus vidas que van variando sus formas de concebir el mundo y el ser. No son espacios siniestros, ni uncanny, son lugares de apartamiento que se definen por esa alteridad casual o, si se quiere, predestinada que los deja bis a bis en el interludio. Allí es posible tanto el intercambio de la foto del rostro por una radiografía de los pulmones, un duelo a muerte por asuntos filosóficos, el baile de un periodista homosexual y comunista con una ama de casa inconforme sin saberlo, entre las sábanas blancas secándose al sol pálido del día de la visita del Führer. Y el incesto sin culpa ni tragedia de Laurent y Claire, contra toda pulsión cultural. Espacios fuera de todo espacio cultural, interludios de toda forma de represión. Cuento de hadas cinematográfico. Utopía fantasmática. O como decía Baudelaire; “…en cualquier lugar, mientras sea fuera del Mundo”.

 

En El soplo al corazón, en la pantalla, también, vemos muchos libros. Como Don Quijote, como Hamlet, como el capitán Nemo, Laurent es un lector compulsivo para su corta edad. Un adolescente cuya pulsión primera, antes del sexo, del deseo, de la música, son los libros, la lectura. En Dijon, vemos a Lauren sumido en la lectura de Albert Camus, El mito de Sísifo. ¿Qué fragmento del libro lee Laurent? Podría ser el que le da ¿sentido? al absurdo: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. Un personaje cercano le cuestiona su lectura de Camus: “No deberías leer a Camus, no es serio. Si el suicidio te interesa deberías leer a Clevel”. Sabemos que René Clevel fue un poeta surrealista, miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios del Partido Comunista de Francia, que no discutió sobre el suicidio, sino que lo llevó a cabo en 1953. El consejo, entre líneas: la acción por sobre la palabra, propio del ethos de la época del filme. Otro libro que Lauren lee de manera furtiva en su habitación de adolescente, es Escupiré sobre vuestras tumbas, un texto “proscrito” por su violencia sexual y racial de Boris Vian –también jazzista compulso- que Laurent encuentra en un anaquel de la biblioteca familiar de los Chevalier ¿Quién lo puso ahí?- obra firmada como Vernon Sullivan supuestamente traducida por Vian, que años más tarde por el éxito editorial asumió como propia. La trama: un apuesto/supuesto hombre blanco, pero que tiene genes negros, asesina a una mujer blanca cando esta descubre su secreto: un asesino en serie, posteriormente, cuyos asesinatos se narran con una crudeza y crueldad inusitada, en contraste a libros como La espuma de los días o El arrancacorazones, que si bien son transgresores y raros, no llegan a esos extremos, y sus tramas extrañas son adulcoradas por su particular sentido del humor. En el desarrollo del filme van apareciendo más y más libros, algunos sólo mencionados por uno que otro personaje, como El principito de Saint-Exupéry o Las aventuras de Tin-Tin y Milou, un clásico adolescente francés. Ya en el balneario/sanatorio, continúan apareciendo libros y lecturas que Laurent devora: en el Hotel donde se alojan con Clara, su madre, reencuentra a Camus, Estado de Sitio, la alegoría del totalitarismo, en forma dramática, donde Camus afirma que el siglo XX es el siglo del miedo, y en el cual contrapone al miedo el amor, como forma vital del existencialismo para vadear el absurdo del ser. Entre los amigos (y amigas) que hace Laurent en el balneario/sanatorio, hay un muchacho simpatizante del fascismo quién le recomienda leer a Proust, En busca del tiempo perdido. Una vez hecha la recomendación le espeta: “Claro que tú no lees a escritores judíos”. Laurent no es antisemita, pero para lograr la amistad de este otro lector, finge, pero finalmente sabemos se adentra en la lectura de La Recherche… y todo lo leído va haciendo su efecto en Laurent/Malle, quién era un admirador de Proust. Hay otro libro que descubre Laurent, en la mesa de noche de Clara, otro libro prohibido, La historia de O, porno soft, una especie de Las 50 sombras de Grey, pero el clave femenina, y escrita por una mujer, Pauline Réage. Este momento lector es crucial en la trama del filme; Clara, siempre acercándose amorosamente a Laurent, cuando se entera de que el hijo ha descubierto su lectura secreta, reacciona con una suerte de desaprobación, de malestar, de enojo. Esta secuencia, paradójicamente, más que distanciarlos, los acerca en la intimidad y el secreto: los libros cumplen su prometido: Laurent, lector compulsivo, con hazañas textuales “prohibidas” y transgresoras (Vian, Camus, Proust) descubre que Clara, como él es una Don Quijote, una Hamlet, ella, su madre, es también una lectora que se las cree y se sume en lo “transgresor”, en lo prohibido de libros que “hay que ocultar”, como Madame Bovary. Uno para el otro o la otra: la madre. El máximo homenaje a la lectura y a los libros aparece en un recuadro del film de Laurent leyendo con el gesto del placer de la lectura, como diría Barthes, a Proust y su Recherche… Homenaje y reconocimiento de Malle a Proust y su incorporación subliminal a El soplo… y, claro, lo que vendrá.

 

El acontecimiento acontece como todo acontecimiento: casi sin premeditación, como algo natural, pero fatal, predestinado, es decir, aunque se edulcore, trágico. En el balneario/sanatorio, ese lugar apartado y afuera, en un tiempo sin tiempo o un tiempo detenido, como todo interludio, o como diría Baudelaire: Anywhere Out of the World.

 

El 14 de julio, cuando Francia entera celebra la Revolución de 1789, cuando todos beben y festejan y pierden la conciencia de lo usual y debido, o sea el deber ser: la escena sucede en cuasi penumbras, en un claroscuro en tonos pastel y rojizos, apartando cromáticamente a Laurent y Clara, de lo ya apartado, el espacio de afuera de lo legalizado, de la fiesta patriótica, los fuegos artificiales o fatuos, la algarabía de los demás. Una intimidad aparentemente pura y fuera de lo previsto y aceptado por la interdicción. En la secuencia posterior al acontecimiento, madre e hijo se miran cara a cara, la música exterior amaina, cesa. Los planos de ambos se contraponen. Entonces, Clara le dice a Laurent que no quiere arrepentimientos ni remordimientos. Será –como en el afiche oficial de la cinta-, eso, un secreto entre ambos, un silencio. Como el susurro del soplo al corazón.


La siguiente secuencia muestra o connota, la paz o el apaciguamiento de lo sucedido, del acontecimiento en un siguiente acontecer: unas campanas distantes y amortiguadas por la misma distancia desde donde tañen, nos hacen ver la madrugada, un ¿otro? amanecer. En el siguiente plano, Laurent mira dormir a Clara plácidamente. El silencio que se intensifica en el balneario/sanatorio nos dice que el 14 de julio ha terminado. Con el dedo de Clara cruzando sus labios, después que el acontecimiento ocurrió. Nosotros, como voyeristas del acontecimiento, finalmente, antes del fin de la película, cuando en los bordes superiores del celuloide, aparecen esos cigarret burns (quemaduras de cigarro por símil) significan que se cambiará el rollo que terminó por el siguiente, imagino, y decidimos si es justo y posible el secreto y la absolución de Laurent y Clara y el acto de amor soberano, pero fantasma. Y de Malle, su deux ex machine.

 

  

 

 

 

 

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