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En busca de una epifanía, en tiempos de guerra



Emmanuel Levinas, reconocido filósofo contemporáneo, ha centrado su obra en la relación ética que establecemos con el "Otro". Su perspectiva desafía las tradiciones filosóficas anteriores al colocar la ética como la filosofía misma, esencialmente primordial. En su visión, la ética no es una reflexión posterior, sino la condición inicial y fundamental de nuestro ser en el mundo.


Cuando Levinas habla del "Otro", no se refiere a una entidad genérica, sino al rostro humano en su singularidad y urgencia. Para él, el rostro del Otro es una epifanía, una manifestación que interrumpe nuestra complacencia y nos llama a responder. Cada encuentro con el rostro es un recordatorio de nuestra responsabilidad ética hacia el Otro, una responsabilidad que precede a cualquier contrato o acuerdo.


En el contexto de la guerra, las reflexiones de Levinas adquieren una resonancia aún más profunda y perturbadora. La guerra tiende a deshumanizar, convirtiendo al Otro en un enemigo indiferenciado que puede ser neutralizado o eliminado. Los horrores de la guerra son testigos de lo que sucede cuando se silencia o ignora el llamado ético del rostro del Otro.


Dentro de este panorama desolador, emerge como un faro de esperanza. Nos desafía a cuestionar las estructuras y prácticas que permiten la deshumanización y la violencia, y a buscar caminos hacia una relación más auténtica, responsable y compasiva con el Otro.


El rostro del Otro como un portal a la alteridad


Para comprender la filosofía de Levinas en relación con el rostro del Otro, es necesario adentrarnos en su concepción de esta noción. Levinas va más allá de la mera apariencia física y propone que el rostro del Otro es un portal hacia su interioridad, hacia su singularidad y alteridad inviolable.


El rostro, no se limita a lo fenomenológico o visible. Es una apertura que revela, pero también oculta, la profundidad y el misterio del ser del Otro. En su vulnerabilidad y exposición, el rostro del Otro se convierte en un llamado ético que interpela y convoca. Es imposible encontrarse con el verdadero rostro del Otro y permanecer indiferente.


En ese rostro, se manifiesta una orden, un mandato ético fundamental: "No matarás". Esta orden no surge de la ley o el edicto, sino del encuentro mismo, del reconocimiento de la humanidad compartida y de la responsabilidad que este reconocimiento conlleva.


La guerra como negación radical del Otro


La guerra, por su naturaleza, representa una negación radical del Otro. No solo se niegan sus derechos o dignidad, sino su propia existencia como ser humano. En el contexto de la guerra, el Otro es despojado de su humanidad y reducido a una categoría inferior: enemigo, amenaza, objetivo a eliminar.


Esta concepción de la guerra se aleja de los análisis meramente políticos o estratégicos. Levinas se adentra en los terrenos de lo moral y lo ontológico, explorando los procesos a través de los cuales la guerra desfigura y degrada nuestras conexiones humanas más básicas.


La maquinaria de la guerra se basa en la despersonalización y deshumanización del Otro. Los soldados son entrenados para ver al enemigo como objetivo, amenaza o cifra. Esta reducción facilita los actos de violencia y permite que la guerra avance con eficiencia devastadora.


La deshumanización en el contexto de la guerra


El proceso de deshumanización en la guerra no es accidental, sino necesario para su funcionamiento. Si cada soldado contemplara el rostro del enemigo y reconociera su vulnerabilidad y demanda ética, el acto de matar sería problemático. La deshumanización es un requisito para que la violencia sea más fácilmente infligida y justificada.


En este proceso, la propaganda, las narrativas de odio y la demonización del enemigo juegan un papel crucial. Estas narrativas simplifican y reducen al Otro a estereotipos y clichés que refuerzan su estatus como enemigo. Con el arraigo de esta imagen, se justifica la violencia y se pasan por alto los crímenes de guerra.


Levinas, sin embargo, no se resigna a esta realidad. Su filosofía plantea un desafío a la deshumanización y busca formas de interacción que afirmen la singularidad y dignidad del Otro. Nos invita a reconstruir nuestras relaciones con el Otro después de la guerra, restaurando la relación ética dañada.


Totalidad e infinitud: La dualidad en la concepción del Otro


En su pensamiento, establece una distinción entre los conceptos de "totalidad" e "infinitud" que arrojan luz sobre las dinámicas subyacentes en situaciones de conflicto y guerra.


La "totalidad" representa el impulso humano de categorizar, agrupar y dominar lo que nos rodea. Busca la uniformidad y limita la multiplicidad de la experiencia en categorías definidas y comprensibles. Es un movimiento limitante que encierra al Otro en definiciones y roles preestablecidos.


Por otro lado, la "infinitud" en Levinas celebra lo inagotable, lo insondable del Otro. Es un reconocimiento de que el Otro siempre trasciende nuestras categorizaciones y comprensiones. Es una llamada a la humildad y apertura, a reconocer que el Otro lleva consigo un exceso de significado y profundidad incomprensibles.


Esta dualidad se manifiesta dramáticamente en el contexto de la guerra. La maquinaria bélica opera desde la lógica de la totalidad, despersonalizando a los individuos y reduciendo al Otro a un mero objeto. En contraposición, Levinas nos invita a buscar momentos de ruptura donde la infinitud del Otro pueda brillar, momentos donde se reconozca su singularidad y se rechace la lógica belicista.


La llamada ética en medio del conflicto


Aunque la guerra puede temporalmente oscurecer nuestra percepción del Otro, la llamada del rostro persiste. Incluso en los momentos más oscuros, hay destellos de humanidad e instantes fugaces donde la ética de la alteridad brilla a través de las grietas del conflicto.


Estos actos éticos pueden manifestarse en soldados que eligen no disparar, en civiles que ayudan a enemigos heridos o en momentos de reconocimiento mutuo en medio del combate. Aunque puedan parecer insignificantes en la gran escala del conflicto, son trascendentales en su impacto ético. Representan la respuesta a la llamada del rostro, el reconocimiento de la humanidad del Otro por encima de la lógica belicista.


Estos actos éticos, aunque puedan ser aislados, son una esperanza. A través de ellos, podemos iniciar un proceso de transformación hacia una paz basada en el reconocimiento mutuo, la responsabilidad y el respeto.


El compromiso ético en un mundo de guerra


El pensamiento plantea un desafío, colocando la carga de la paz en manos de cada individuo. No solo depende de los líderes o las instituciones, sino de la conciencia y el corazón de cada ser humano. Cada encuentro con el Otro se convierte en una oportunidad para cimentar un futuro diferente, para rechazar la violencia y abrazar la singularidad y la responsabilidad.


Levinas reconoce la monumentalidad de esta tarea, pero su filosofía se erige como una esperanza. Aunque la guerra está arraigada en la historia humana, el compromiso ético con la alteridad puede transformar el mundo. La paz no se logrará a través de gestos grandiosos en escenarios mundiales, sino a través de millones de actos individuales de reconocimiento y responsabilidad. Su enfoque en el rostro del Otro como epifanía y llamada ética nos invita a reconocer nuestra responsabilidad hacia el Otro incluso en las circunstancias más adversas.


La guerra deshumaniza y niega la singularidad del Otro, pero nos insta a resistir esta lógica totalizadora y promover una ética de la alteridad. La dualidad entre totalidad e infinitud nos muestra que siempre hay espacio para la humanidad y la responsabilidad ética en medio del conflicto.


En última instancia, la filosofía de Levinas nos reta a reconstruir nuestras relaciones con el Otro después de la guerra y a buscar una paz basada en el reconocimiento mutuo y el respeto. Su mensaje es que el compromiso ético individual puede transformar el mundo y allanar el camino hacia un futuro sin guerra.

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