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Julieta Piastro: “El lenguaje es nuestra identidad”



Julieta Piastro Behar (Ciudad de México, 1960) es historiadora por la Universidad Nacional autónoma de México y doctora por la Universidad Autónoma de Barcelona.


En su libro Los lenguajes de la identidad, la subversión como creación explora el vínculo entre identidad y lenguaje y arriesga que el lenguaje es en realidad nuestra identidad. Ni causa ni efecto. “Son las palabras las que nos constituyen, con las que decimos quienes somos y con las que construimos y reconstruimos nuestro relato identitario”, dice.


¿Qué es un lenguaje subversivo?


El lenguaje subversivo es aquel que nos permite cuestionar los discursos dominantes y construir nuestros relatos emancipatorios. Si nuestro lenguaje es nuestro mundo, los lenguajes subversivos son los que nos permiten pensar que otro mundo es posible, al hacer visible lo invisible y consciente lo inconsciente.


Parto de que el lenguaje es una forma de vida, que somos una especie que se distingue del resto del reino animal porque narramos nuestra vida y nuestro mundo. Como dice Nancy Huston, somos una especie fabuladora. La narración es la forma humana de dar sentido a la vida y significado a la existencia. Para emanciparnos de lo normativo, de la imposición, es necesario un lenguaje subversivo que da la vuelta a los relatos del poder, que subvierte el orden y de esta manera abre posibilidades de transformación y de creación.


No se trata de un lenguaje entendido como una gramática que se estudia. La base del lenguaje subversivo es el pensamiento crítico, ese que cuestiona, que no se conforma con las apariencias y que gracias a que puede ver lo que no se ve a simple vista, encuentra salidas para escapar de la imposición y del conformismo.


Como explico en mi libro, sin la subversión no hay emancipación posible, sin ella estamos perdidos, atrapados en el inmovilismo del es lo que hay, expresión miserable que revela con contundencia el conformismo de nuestra época.



¿Por qué es necesario en la era de las redes sociales y de las identidades remedadas?


El lenguaje subversivo es necesario hoy más que nunca porque los relatos del capitalismo se cuelan en nuestras vidas de formas muy perversas y no se puede escapar de ellos si no se es consciente de la manipulación y el control que ejerce sobre nosotros. Me interesa trabajar la subversión como creación, es decir, recuperar los pensamientos subversivos que generan posibilidades.


Las redes sociales son un espejo en el que muchas personas se miran y se miden. Tiene un peso muy grande en los relatos identitarios que construyen las nuevas generaciones. Son generadoras de imágenes y discursos que atrapan, que ponen nombre al deseo de los usuarios y les venden experiencias diseñadas para ser felices. El contenido de las redes sociales se vuelve el material básico para tejer las identidades contemporáneas.


Antes de internet y las redes sociales, también existía la manipulación, el consumo y la estandarización, pero esto ahora es llevado al extremo por la facilidad con la que se expande una información, una imágen, una noticia o un anuncio. Y por el poder anestésico y controlador que ejercen las redes.


El capitalismo siempre ha vendido una forma de “libertad”, disfrazada de capacidad de elección. Somos “libres” de elegir entre los múltiples productos que se nos ofrecen en el mercado de las “oportunidades”. Y de esa manera el sistema nos atrapa y se apropia de nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Se apodera de ellas con nuestra anuencia y aprobación, porque nos manipula de tal manera que los usuarios tenemos la certeza de estar ejerciendo nuestra libertad.


Parece que una parte importante de los referentes necesarios para el reconocimiento de las identidades se han desplazado a las redes. Y se espera de ellos el reconocimiento necesario que otorga seguridad al relato identitario del usuario. Lo que sucede es que hay diversos usos del espacio virtual y cuando se llega al punto en el que no se muestra en las redes algo de lo que se vive sino que se vive para mostrar algo en las redes, el usuario se sumerge en el metaverso, en esa mezcla de espacio virtual y presencial. que constituye un nuevo mundo que sincroniza la realidad física con la virtual. Solo un pensamiento subversivo y crítico puede salvarlo.


En tu libro decís que el lenguaje forma parte de nuestra identidad. ¿Es la

identidad la que determina el lenguaje que hablamos?


El lenguaje más que formar parte de la identidad es nuestra identidad. Por eso lo titulé “los lenguajes de la identidad”. Son las palabras las que nos constituyen, con las que decimos quienes somos y con las que construimos y reconstruimos nuestro relato identitario.


Yo explico en mi libro que los seres humanos somos fenómeno y relato. La identidad concebida como una construcción, se puede definir como narración dialógica, una narración que se construye en interacción permanente con los “otros” significativos. La consciencia del ser humano no es monológica sino dialógica, por eso la identidad es un relato que se reconstruye y remodela de acuerdo a la significación que el sujeto otorga a las experiencias vividas.


La identidad es concebida como una construcción social, es decir, como una narración que se elabora dentro de determinados marcos conceptuales que son el conjunto de recursos teóricos y conceptuales que las personas tienen a su disposición para interpretar y comprender el mundo y también para actuar en él. Los marcos conceptuales de las identidades incluyen el contexto y el texto. El contexto social, familiar e institucional, dentro del que se construye una identidad. Y el texto, que son las representaciones que los sujetos hacen de ese contexto a partir de sus experiencias singulares, por ejemplo, lo que las personas creen y saben del mundo, las formas en que lo entienden e interpretan y sus valores, necesidades, fines y deseos.

Por lo tanto, no es la identidad la que determina el lenguaje que hablamos sino a la inversa, el lenguaje es nuestra identidad. Como dijo Wittgenstein “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.


¿Dónde te ubicás en la polémica por el lenguaje inclusivo y la reescritura de

textos del pasado en clave inclusiva?


Por lo que respecta a la reescritura del pasado tengo muy claro que a la historia hay que deconstruirla no destruirla. Los textos y los monumentos serán siempre una forma en la que el pasado se hará presente aunque no compartamos su significación original. Borrarlo no significa repararlo sino olvidarlo y esto es muy peligroso. Me parece mucho más importante que los gobiernos colonialistas pidan perdón por los genocidios del pasado, que no derribar las estatuas de los colonizadores. Tal vez a la larga se colocarán en otro lugar, pero por lo pronto nos permiten conocer y dimensionar la historia.


No me imagino la ciudad de Barcelona sin el monumento a Colón, que nos habla de que en 1888, tanto el Ayuntamiento de Barcelona, como la realeza española y el gobierno de Madrid, aún tenían la necesidad de conmemorar el mal llamado descubrimiento de América. Por eso entiendo y simpatizo con las movilizaciones de distintos colectivos que piden la retirada de la estatua, pero no creo que limpiar las huellas vergonzantes del pasado de una ciudad, la haga más digna y en cambio, me preocupa mucho el olvido de las nuevas generaciones. Las calles son parte importante de la memoria de un pueblo.


Y de la misma manera creo que hay que funcionar con los libros y los cuentos infantiles. No se trata de cambiarlos y reescribirlos con lenguaje inclusivo, sino escribir nuevos libros que revisen, repiense y expliquen los lenguajes utilizados en el pasado.


Por otra parte, creo que la necesidad de los lenguajes inclusivos ha surgido de los nuevos relatos identitarios que reivindican una forma de ser nombrados. Identidades que no habían tenido un reconocimiento o nuevas identidades que requieren ser nombradas y reconocidas/reconocidas y nombradas. Por lo tanto, creo que los lenguajes inclusivos son necesarios. Estamos en proceso de construcción, construyendo una nueva gramática para nombrar las diferencias.


En relación al lenguaje de género me ubico en un lugar incómodo, porque escribir y hablar en masculino me incomoda, pero la incomodidad no desaparece del todo al transformar todo en femenino. Si partimos de que las identidades de género que pueblan este mundo va mucho más allá del binomio hombre-mujer, pasar a hablar y escribir en fememnino, no se vuelve más inclusivo. Así que por lo pronto juego con sustituir una palabra por otra, por ejemplo los estudiantes por el estudiantado. No siempre se puede. En textos más informales, sustituyo la letra que define el género con una e neutral o con un asterisco. Pero estoy segura que conforme conozcamos y reconozcamos la diversidad, encontraremos la gramática adecuada para nombrarla.


Vivimos en un mundo donde se brega por la inclusión y el festejo de las diferencias, y, al mismo tiempo, los individuos estamos muy preocupados por encajar, por formar parte de comunidades de iguales. ¿Cómo se explica este fenómeno?


Pues si si, no creo que sea una contradicción, me parece que es parte de la complejidad de nuestro mundo contemporáneo. Con la globalización y las nuevas tecnologías, experimentamos la explosión de la diversidad y la diferencia, que por un lado nos atrae y por otro nos amenaza porque la aldea global parece devorarlo todo y homogeneizar todo.


Creo que esto ha hecho que sintamos amenazada la especificidad de nuestra diferencia y que nos repleguemos y defendamos nuestras identificaciones más inmediatas, identificaciones lingüísticas, culturales, sexuales, políticas.


Me parece que es connatural del ser humano buscar identificaciones. No sé si estamos preocupados por formar parte de una comunidad de “iguales”, o simplemente formar parte de una comunidad con la que nos identificamos y dentro de la que seamos aceptados y reconocidos.


Ahora bien, efectivamente en nuestras sociedades neoliberales conocemos muy bien la tradición de un igualitarismo que sabe tematizar y legislar la igualdad pero no la diferencia. Y eso representa un gran peligro porque convierte a las diferencias en desigualdades.



¿Te parece que los sistemas educativos actuales tienen presente la importancia del lenguaje en la constitución de la identidad?


Me parece que la educación actual no le da suficiente importancia al lenguaje. Se trata como una simple técnica, se enseña como una gramática que sirve para nombrar el mundo y no para construirlo. Tampoco se reconoce que a través de él tejemos nuestro relato identitario.


Si la educación partiera del reconocimiento de la centralidad del lenguaje, si se dimensionara la afirmación de Wittgenstein, de que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo, se le otorgaría otro significado a la enseñanza de la lectoescritura y al aprendizaje de una lengua. O tal vez justamente porque se conoce su alcance no interesa partir de él y educar sujetos conscientes de la fuerza y el poder de las palabras.


En la educación formal pocas veces se aprende a narrar y mucho menos a relacionar la narración con la construcción del propio relato identitario. En la escuela se repite, se memoriza, se obedece, o de manera más activa, se estimula, se motiva para llevar a la criatura ahí a donde se quiere que vaya. Pero a la niña o niño que tiene palabras y responde, se le castiga por contestón, por respondón.


Para una determinada educación, que las niñas y los niños tomen la palabra representa un problema. Es importante recordar que la educación es una de las formas de ejercicio de poder que tiene más fuerza en nuestras sociedades.




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