Viaje literario a la inteligencia de las hormigas [fragmanto de Vantablack]
- Valeria Sol Groisman

- hace 16 horas
- 3 Min. de lectura
Fragmento de la novela Vantablack de Valeria Sol Groisman
En un mundo donde los humanos, como dioses, determinan su tiempo de existencia, las hormigas sobreviven gracias a una extraordinaria estructura social en la que todos los miembros colaboran para cumplir objetivos comunes. A diferencia de los organismos individuales, con un cerebro y un sistema nervioso central, en las hormigas la inteligencia y las habilidades están distribuidas en tribus sociales. Poseen un complejo sistema de comunicación, basado en sustancias químicas odoríferas llamadas feromonas, que les permite interactuar entre sí. Son algo así como un superorganismo.
Por encima de todos está la reina madre, que pone los huevos que luego se convertirán en nuevas hormigas. Las obreras son el escalafón más bajo, y se encargan de buscar comida, proteger a las crías y construir los nidos —que pueden estar alojados en árboles, montañas o huecos de tierra, a veces incluso en edificios, casas o un hospital—. Los soldados integran el ejército, que se ocupa de defender a la colonia frente a otras especies. Y, por último, están las hormigas zángano, los machos, que son más grandotas que los obreros y tienen una única misión: fecundar a la reina. Después de lograr su cometido pierden su órgano genital y mueren.
Las hormigas se reproducen al por mayor: las hembras ponen hasta 1200 huevos por día. Matás a una hormiga y aparecen sus cientos de hermanas marchando, dispuestas a rendir homenaje a la víctima con más vida. Se saben multitud —para los humanos, casi plaga— y ahí radica su fortaleza.
Tienen sus rituales y sus costumbres, que las ayudan a preservar su seguridad: si una muere, la entierran lo más lejos posible, le erigen un cementerio privado, y si una se enferma, las demás la matan, para evitar epidemias. A los zánganos, una vez que hubieron fecundado a la reina, las comunidades se los sacan de encima. Los mandan a morir en soledad. Si falta comida o mano de obra, las hormigas se pelean entre sí. Incluso existe la esclavitud. Unas secuestran a otras y las dominan para conseguir más territorio,¿ más poder. Un poder que no es tan poderoso porque se derriba con un insecticida potente. Para ellas, la bomba nuclear es un aerosol que a los humanos les cabe en una mano y cuyo gatillo aprietan con la misma liviandad con la que aprietan el pomo de dentífrico.
Pero peor que la bomba atómica es la muerte que enfrentan cuando un hongo parasitario, llamado Ophiocordyceps unilateralis, las infecta. Este organismo del reino fungi, que pareciera llevar evolucionando unos 45 millones de años, segrega unas sustancias que afectan el cerebro de las hormigas hasta controlar su sistema nervioso y sus músculos. También se cree que serían capaces de alterar su ADN. El hongo les genera convulsiones y alucinaciones. Las hormigas comienzan a moverse erráticamente, pierden el control, pero no mueren enseguida. Sufren una muerte lenta, una progresiva descomposición, sometidas a un hongo que las devora desde adentro y erupciona en la cabeza de los insectos. Luego se multiplica en tamaño durante semanas y finalmente libera esporas que buscan nuevos huéspedes que infectar.
Tal es el espanto que despierta este fenómeno que la serie The Last of Us imagina un apocalipsis zombi provocado por el cambio climático, donde unos parásitos, parecidos a la especie de los Ophiocordyceps, se apoderan del mundo. Los científicos aseguran que la serie es una distopía imaginativa. Para que los hongos puedan atacar a los humanos, tendrían que evolucionar otros tantos millones de años y mutar genéticamente. De hecho, la capacidad de infectar del Ophiocordyceps es tan específica que si puede volver zombi a una hormiga africana, no podría hacer lo mismo con una americana.
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Vantablack
Valeria Sol Groisman
Ed. Gata Flora, 2025












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