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Poética de la plata

La plata, el dinero, las lucas, el capital, la renta, las monedas, los billetes. Un objeto extraño por el que entregamos tiempo, esfuerzo y obediencia, a cambio de acceder a lo que queremos, o por lo menos a lo que necesitamos: pagar las cuentas, el arriendo, cargar la bip, la compra del supermercado, la mensualidad del colegio. Ropa, joyas, libros, autos… A fin de mes canta Gardel, decimos. La cuenta que estaba acercándose a cero (o peor aún, ya con saldo negativo) vuelve a llenarse, como una alcancía mágica, pero a los pocos días baja, cuando automáticamente se pagan mis gastos fijos y las deudas de la tarjeta de crédito del mes anterior. Tengo, por un momento, bastante dinero, pero rápidamente quedo con la plata justa para el resto del mes. El dinero llega y se va como una marea, una ola que llega a la playa y se retira cada treinta días. 


Recuerdo a un conocido para el que trabajaban varios amigos, y que siempre hacía todo lo posible por no pagarles. Excusas, rodeos, aplazamientos. Mi mamá está tan enferma, he tenido problemas, está difícil la cosa. Mis amigos obviamente se incomodaban, se irritaban, lo pelaban y le reclamaban, pero la escena se repetía una y otra vez. Recuerdo haber especulado con ellos qué significaba esa reticencia, esa dificultad para soltar la plata, si era una metáfora y de qué. Llegamos a una conclusión que todavía me convence: la plata es la plata, no es una metáfora de nada. 


Freud pensó la avaricia desde la retención del excremento, como una pulsión anal, vinculada a la incapacidad de soltar, de dejar ir, de perder el control, pero no cagamos oro. Podría parecerse más a la necesidad de acumular, a la voracidad golosa que quiere comérselo todo, o más bien almacenarlo todo para ir comiéndoselo en su madriguera durante un largo invierno. Marx pensó el dinero como una medida de valor, el modo en que hacemos que tanto las mercancías como el trabajo ingresen a un sistema de equivalencias que permite homogeneizarlas: el dinero lo compra todo, desde el trabajo de un obrero hasta una casa, un helado, una bicicleta. Todo tiene su precio…pero el dinero es también un sistema de proporciones que, más allá de su capacidad adquisitiva, se compara consigo mismo: cinco mil son más que mil, diez millones más que dos. 


“Money, it’s a gas”, cantó Pink Floyd en un tema memorable que comienza con el sonido tintineante de monedas que caen y la inconfundible palanca y campanilla de una caja registradora, seguido por una línea de bajo obstinada, que persiste durante toda la canción con la monotonía regular de un reloj, de una máquina, una marcha. El dinero viene y se va, pasa por nosotros, circula, pero no nos deja intactos. Nos convierte en ricos, deseables, arrogantes, poderosos mientras lo tenemos, y en miserables cuando falta. La canción termina repitiendo la palabra “away, away, away”, la melodía del dinero que se aleja, que se va, se nos escapa entre los dedos como arena, inexorable. Es fascinante contrastar la canción de Pink Floyd, de 1973, todavía anclada en el blues y en una concepción material del dinero como acumulación de monedas o lingotes, con la de Rush “The Big Money”, de 1985, con su bajo virtuoso repleto de notas, su ritmo hiperventilado en la batería (como si hubiéramos pasado de la marihuana y el LSD a la cocaína) y su concepción del dinero como una red internacional de relaciones inmateriales no situada en ningún lugar específico, determinada más por el azar de las apuestas que por la medida común del valor del tiempo y del trabajo.


“Millonaria” de Rosalía enumera todas las cosas que podría comprarse si tuviera mucho dinero, pero el coro de la canción lo repite, pasando del catalán al inglés: lo que quiero es tener “fucking money, man”, el dinero culiado. Es eso lo que deseamos, no tanto las cosas que podríamos comprar como el poder de comprarlas, de comprar lo que queramos, de lanzar los billetes al fuego o regalarlos despreocupadamente porque tenemos más de los que podemos gastar. Lo dijo inmejorablemente Barrett Strong: “Money, that’s what I want”. Lo que quiero es plata. Y agregó: “Your love give me such a thrill / But your love don’t pay my bills”, o sea en la traducción de Calamaro, “las deudas no se pueden pagar con amor”. 


Vivimos pensando en la plata: el dinero es finalmente, como el dibujo según Leonardo, una cosa mental. “Pienso en el dinero / simplificando el asunto, pienso en dinero”, escribe Matías Ayala transformando un verso de Vallejo que hablaba del sexo. Quienes tienen dinero consideran ordinario hablar sobre él, quienes no lo tienen no piensan en otra cosa. Somos inmensamente ricos, repetía mi padre cada vez que mi mamá se preocupaba por la plata. No lo éramos, pero la idea era despreocuparse, convencerse de que de algún modo lo haríamos alcanzar, vivir sin estrecheces. Heredé esa prodigalidad imaginaria, así que cuando comienzo a preocuparme por que las cuentas no calzan, me repito como un mantra: soy inmensamente rico, soy inmensamente rico. Es una fórmula mágica que no paga las cuentas pero calma la ansiedad y la preocupación constante por el equilibrio entre lo que entra y lo que sale de mi cuenta... 


En los mitos no hay dinero, porque remiten justamente a un tiempo anterior a una sociedad ordenada en función de un valor extrínseco a las cosas. En los cuentos folclóricos sí lo hay: herencias, monedas y huevos de oro, árboles con ramas de diamante, pobres y ricos. Pero la plata entra de lleno en la literatura con la novela, género burgués por excelencia: La comedia humana de Balzac describe un mundo organizado por completo en torno al poder del dinero, que todo lo compra. Dumas imagina en El conde de Montecristo a un héroe que accidentalmente adquiere una fortuna que le permite ejecutar sus planes de venganza sin obstáculos. Todo se rinde ante unas arcas llenas. Las intrigas sentimentales de Jane Austen están atravesadas por cuestiones económicas, y el universo de Dickens está determinado por el problema de la desigualdad social. 


En el siglo XX, el cine y la televisión replican y amplifican estas historias, y regresan sin falta a la figura del millonario, desde El ciudadano Kane hasta Bruce Wayne y Tony Stark. Tal vez ninguna imagen de riqueza sea tan memorable como la de Tío Rico, de Disney, nadando en dinero en su bóveda y siempre preocupado de que no le roben ni un céntimo. Inspirado originalmente en el avaro Scrooge de Dickens, el Tío Rico funciona muchas veces como un antagonista del flojo y pobre Tío Donald, a quien considera un haragán y un perdedor, mientras que sus sobrinos habrían heredado el carácter emprendedor de su tío abuelo. Ahora bien, si el cine se fascina con los millonarios, hay que decir que aprecia mucho más a los ladrones: por razones obvias, adoramos ver cómo hábiles delincuentes adquieren una fortuna por medios ilegales. Sometido al tedio del trabajo y a las penurias de un sueldo siempre insuficiente, el público de cine se entretiene contemplando cómo romper las reglas del sistema y entrar a la bóveda de alta seguridad por un túnel, asaltar la diligencia cargada de billetes o robar impunemente el diamante más valioso del mundo. Los ladrones cinematográficos son inteligentes, seductores, atractivos, y nos identificamos más con ellos que con la policía que los persigue inútilmente. La desobediencia a las leyes es obviamente más fotogénica que la sumisión a ellas…


Pero nuestras transacciones son cada vez menos en efectivo y más virtuales: te transfiero y te mando el comprobante. Dinero que no está en ninguna parte, que aparece como una cifra en la pantalla y pasa de una cuenta a otra cuenta. Cuentas, como de un ábaco, o cuentos que nos contamos, ficciones que nos engatusan. El dinero ya no está en una bóveda como la de Rico Mc Pato: es una fuerza que mueve el mundo sin existir físicamente en ningún lugar, es un sistema autorreferente con el que especulamos y que cada cierto tiempo produce colapsos, burbujas que revientan, crisis inflacionarias, devaluaciones repentinas. Vivimos en un capitalismo postindustrial en que las criptomonedas se saltan a los bancos y a cualquier autoridad centralizada, y en el que uno de los bienes más preciados que se transan son las deudas, la promesa de un dinero que vendrá. Las imágenes de los billetes y monedas, sus rostros de hombres y mujeres notables, edificios y lugares icónicos o símbolos nacionales, han sido reemplazadas por gráficos y algoritmos, niveles de riesgo y rentabilidad, abstracciones matemáticas no figurables. 


En esta época en que, según Mark Fisher, nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo, ¿podemos narrar el dinero, cantarlo, contarlo? Sospecho que no, que se ha vuelto peligrosamente invisible, un tabú que nos mueve desde las sombras, una fuerza oculta, inconsciente, una energía que lo atraviesa todo silenciosa, sigilosamente, un secreto a voces, un murmullo sordo pero ensordecedor, estruendo mudo a cuyo son danzamos sin saberlo.

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