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17 Segundos: el tiempo de la vida

17 segundos, de Francisco Greene, es técnicamente un haibun, término acuñado por Matsuo Basho en el siglo XVII en una carta escrita a su discípulo Kyorai, para designar una obra que combinaba la prosa con el haikú. El haibun puede tomar la forma de un diario de viaje, un cuaderno de apuntes, en que el fragmento en prosa introduce y otorga un contexto de referencia al haikú propiamente tal, esbozando una ubicación espacial y temporal, o una referencia anecdótica que presenta ese relámpago verbal vertiginoso, conocido en gran parte de occidente como haikú; en palabras de Basho: lo que está sucediendo aquí y ahora.  Basho fue el autor del primer haibun, conocido en español como Sendas de Oku. Él mismo fue un poeta viajero, que hizo de la poesía su forma de vida, y de la vida, su necesaria manifestación poética. Cultivó el hambre y la carencia, deliberadamente, porque consideraba que la poesía nacía de la necesidad.  De este modo, poesía y vida se imbrican en su quehacer poético, más allá del ejercicio propiamente literario. Sospecho que el haikú propone en definitiva una forma de vivir la realidad: contemplación, silencio y respeto hacia las cosas, se aúnan en un solo ejercicio respiratorio: un arte de mirar y vivenciar esa mirada. 


El haikú, más que una forma poética, es un método para observar la realidad; más cerca está de la vida que de la literatura, si entendemos literatura en su sentido estricto; arte de la letra, oficio de la escritura. Como forma literaria tiene sus reglas, algunas de ellas sujetas a flexibilidad: tres versos, de 5, 7 y 5 sílabas cada uno (originalmente “moras”, medida del peso silábico en japonés), reproducción objetiva y sintética de una imagen, frecuentemente situadas en la naturaleza, alusión a una estación del año (kigo), captación de un instante, suspensión del yo poético, elusión de la metáfora, la abstracción y el lenguaje discursivo. En algunos haikús también se cumple la división bipartita entre reposo y dinamismo, vinculados por lo que se ha llamado la “palabra cortante”. Pero también el haikú supone, por, sobre todo, una disciplina de la observación, una disposición vital, cuya relevancia excede con mucho la mera destreza formal.  


Los haikús de este libro, de este cuaderno de viaje, cumplen rigurosamente con muchas de las normas establecidas por la tradición, pero más allá de la destreza de su factura, lo que más llama la atención es el asombroso alcance de su intuición. Los haikús de Francisco Greene logran captar el vínculo entre las cosas manifestadas en un instante de preciosa iluminación. Relámpagos verbales, que revelan lo instantáneo del asombro, sugiriendo el carácter irrepetible, único en la disposición de las cosas en el espacio y el tiempo. Revelación de las cosas en sí mismas, más acá de su potencialidad simbólica o metafórica, Francisco reivindica lo que las cosas son, su literalidad poética, puesto que lo poético no descansa en el lenguaje figurado, exclusivamente: hay poesía en las cosas y es labor del poeta revelar, sin intervención interpretativa, eso que hace de la observación un ejercicio creativo:

Domingo al sol,

un revuelo de abejas

aromo en flor.


Sol, abejas, aromo, palabras que la observación vincula más acá de la voluntad de expresar un orden deseable. El haikú, a diferencia de la poesía occidental, no busca crear un orden deseable, con fines estéticos, sino que persigue, más bien, la captación del orden justo, necesario, la disposición precisa, natural, en un instante de tiempo que no se volverá a repetir.  Así, Francisco retiene el movimiento de las cosas, antes de que se esfumen.  


Un diario de viaje supone en un cierto sentido la voluntad de testimoniar, anclar en la memoria de la página observaciones y emociones que siendo por definición efímeras y transitorias, reclaman un estatus de perdurabilidad. Tal vez la tentativa del arte sea esa. Cada haikú es un pequeño monumento a lo transitorio. Monumento: instrumento de la memoria, que perpetúa lo que carece de trascendencia. 17 segundos es un diario de viaje que registra distintos momentos y lugares donde se sitúan las escenas captadas por los haikús. Prosa y verso se suceden con naturalidad: se entrelazan, sin obstaculizarse, sin invadir el espacio del otro.   


Los lugares y las fechas referidas sitúan los haikús en relación con la vida, como si fueran una prolongación natural de esta, no precisamente una estructura poética, sino el lenguaje mismo de la vida. No son haikús autobiográficos. Dan cuenta, más bien, de un aquí y un ahora, referidos a una persona, cuyo peregrinar geográfico lo enfrenta a otro viaje, tal vez, más vasto: la búsqueda de la vida como experiencia poética. 

Las cualidades de este libro son muchas: la prosa es limpia, sintética, no otorga información innecesaria, más que para dar un marco de referencia, un contexto estricto para el destello del haikú.  Los haikús mismos reúnen virtudes apreciables en el género: claridad, síntesis, sorpresa, transparencia, gracia, misterio. Se leen con pureza de espíritu, con claridad del alma y con el ojo limpio.  Se reciben como un regalo de honda sencillez, pero también como una implícita protesta hacia la vida contemporánea, desarraigada de las cosas verdaderas y obnubilada, en cambio, con cosas perfectamente falsas, producidas en serie, y destinadas al consumo fugacísimo. Rainer María Rilke decía que una obra de arte es buena si es necesaria. Con total responsabilidad, puedo afirmar que 17 segundos es un libro necesario. 

De tarde en tarde

detrás del Cerro Alegre

ríe la luna.


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17 Segundos
Francisco Greene


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