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Prisma de medianoche


La dama de noche había desplegado su aroma por la sala principal, mezclándose con el calor húmedo de la noche. La madre, la abuela y la bisabuela dormían, cada una bordaba un sueño distinto, silencioso, casi ritual. Solo la niña permanecía despierta; la sed la había guiado hacia la cocina, donde la radio de baquelita susurraba un tango lejano, y al cruzar la sala se detuvo frente a la ventana abierta.


Afuera, entre el perfume de la flor y el zumbido del transformador del barrio, una joven mujer aguardaba inmóvil, observándola. El pelo negro le caía hasta la cintura; su vestido parecía traído de un siglo suspendido, y la mirada en su esclerótica—blanca, intensa, desafiante— contrastaba con la vereda tibia y los balcones gastados de aquella ciudad. La niña sintió un estremecimiento que no sabía nombrar; algo en el hogar y en su sangre despertaba un secreto demasiado antiguo para comprender. Incluso para las mujeres de la casa, que nunca habían sido como las demás.


El reloj del pasillo dio el primer sonido. Las campanadas avanzaron lentas, resquebrajándose en el aire como pedacitos de cristal húmedo.


La mujer inclinó la cabeza y acercó unos pasos taciturnos hacia la niña.


—¿Cómo te llamás? —preguntó la niña, guardando el miedo en una vasija invisible.


La respuesta llegó con un temblor tenue, cargado de años.


—Ruxandra.


El sonido se derramó por la sala, y las ramas de ciruelas del patio se inclinaron hacia la ventana. No había corriente de viento alguna.


—¿Por qué estás acá? —susurró la niña.


Ruxandra dio un paso hacia la casa, pero se detuvo justo en el borde de la luz. Allí, en el marco, su presencia parecía empujar contra algo invisible.


—Solo en este instante puedo cruzar —dijo—. Hay un momento en que la gran estrella diurna baja la guardia y se me permite existir entera.


La niña quiso decir “pasá”, pero Ruxandra negó con la cabeza antes de que la palabra naciera.


—Las palabras no bastan. Para entrar, necesitás darme la tuya —y extendió una mano pálida—. Solo vos podés hacerlo.


La niña sintió las enredaderas acercarse por detrás, como si atendieran, como si empujaran. Aun así, dudó. Después, muy despacio, le entonó su mano.


El contacto fue frío. Un frío limpio, preciso, que no hería. La casa pareció exhalar. Ruxandra entró.


No caminó: deslizó su figura esbelta por la sala con la suavidad de una sombra acostumbrada a otro pulso. Se detuvo frente a los muebles; rozó el respaldo de la mecedora de esterilla heredada, la madera tibia del aparador, los restos de pan dulce sobre un mantel almidonado. Había en sus gestos una nostalgia quieta, parecía que aquello hubiera sido parte suyo sin haberlo tocado nunca.


Al pasar junto al cuadro de marco de bronce —ese que la bisabuela limpiaba cada invierno— rozó sin querer la esquina filosa. La piel se abrió. Una gota de sangre oscura cayó sobre la alfombra de lana. En tres segundos, la herida desapareció.


La niña contuvo el aire. Algo en su pecho, algo aún sin nombre, pareció despertarse.


Un crujido leve viajó por el pasillo.


La bisabuela apareció en la penumbra, descalza, con los ojos más abiertos que la noche. Había en su rostro un asombro sin miedo, una memoria que regresaba desde un silencio muy hondo.


Ruxandra se volvió hacia ella. La bisabuela dio un paso. Luego otro.


—Mămică… —susurró, la voz trémula, quebrada por décadas de ausencia.


Ruxandra cerró los ojos. La palabra le cayó encima como un latido olvidado desde el siglo anterior.


—He venido —dijo—. Solo eso.


El reloj dio su último eco. El instante que sostenía la escena se cerró de golpe.  Las plantas dejaron de moverse. El calor regresó a su sitio.


Ruxandra retrocedió, atraída hacia la oscuridad exterior por una fuerza que no parecía humana ni física. Su silueta se afinó, se dobló hacia arriba, como si la sombra buscara altura. La niña creyó ver un movimiento rápido, fragmentado, vivo, que pertenecía a otra clase de forma.


La bisabuela bajó la mano con una lentitud que parecía desobedecer al tiempo.

La niña cerró la ventana. El vidrio guardó un rastro frío, como si una sombra hubiera pasado por allí dejando un susurro.


Afuera, la noche se estremeció apenas. Un pliegue oscuro trepó el aire sin romperlo y ascendió, perdiéndose más allá del campo visual.


El jardín quedó temblando un instante, con las hojas de las plantas mordidas desde adentro por la oscuridad.


El perfume de la dama de noche tardó un momento en asentarse. Y en ese intervalo —tan breve como un parpadeo del mundo— Ruxandra ya era solo un secreto horadado viajando en la mitad del cielo.




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