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Comer belleza: Weil, el pan y las rosas 

La editorial argentina Godot publicó una nueva traducción de La gravedad y la gracia, el primer libro de Simone Weil, póstumo, armado por un filósofo católico a partir de fragmentos de los diarios de la filósofa. Hay misticismo, sí, pero uno para este mundo. 


No es un libro que escribió ella, pero lleva su nombre y la dio a conocer cuatro años después de que muriera. Simone Weil murió o se dejó morir o se desprendió de su cuerpo o lo que cada quien quiera ver en el hecho de que, enfermiza como era, diagnosticada con tuberculosis, se negara a comer más de la ración que ingerían los franceses en medio de la Segunda Guerra Mundial. Ella estaba en Londres, con la resistencia, intentando convencer a los líderes de la Francia libre de que la dejaran entrar a la zona de guerra, escribiendo un plan entre social, político y existencial para la reconstrucción de su país, cuando enfermó, fue hospitalizada y finalmente murió el 24 de agosto de 1943, al parecer serena. Dejó profusos cuadernos, de entre los cuales el filósofo y católico Gustave Thibon seleccionó un conjunto de textos místico-religiosos, escritos en 1941 y 1942, que dividió en 39 capítulos y que tituló La gravedad y la gracia



El libro apareció en 1947, y si bien fue Weil la que le entregó algunos cuadernos a Thibon, no lo hizo con la intención, al menos no expresamente, de que fueran editados y publicados. Así es que, podríamos decir, los escritos son de Weil pero el libro es de Thibon. Un poco como le ocurrió a Nietzsche con La voluntad de poder, tal vez uno de sus libros más importantes y muy influyente en la primera recepción de las ideas del filósofo; de hecho, Heidegger basa en buena medida su lectura de Nietzsche en esa obra que, en realidad, fue armada a partir de fragmentos póstumos por Elisabeth Förster-Nietzsche, la hermana del filósofo, bajo sus criterios y sus ideas (entre ellas el antisemitismo), tanto así que el título no está incluido en las obras completas de Nietzsche editadas por Giorgio Colli y Mazzino Montinari. Lo mismo ocurre con Weil: La gravedad y la gracia no es parte de la obras completas publicadas por Gallimard. ¿Hay que descartar, entonces, la lectura de ambos títulos? No, o no necesariamente, porque existen, porque tuvieron efectos, porque ahí están, pero no está de más tener la prevención de que no son obra de quienes aparecen como autores en las respectivas portadas.


No sé qué le ocurra a un cristiano o algún creyente de otra fe al leer La gravedad y la gracia, si lo interpelará, si se le caerá de las manos por herejía, si no le dirá nada, o nada nuevo; no lo sé porque no soy creyente, diría que soy ateo, pero siempre dudo del calificativo porque podría pensarse que milito en una suerte de anti fe o de creencia en la no creencia. Como sea, lo que a mí me pasa, a mí que no soy creyente y que me interesé en Weil por sus reflexiones sobre el trabajo y la condición obrera, sobre la explotación y alienación capitalistas, es que entre subrayados y notas al margen, apruebo y desapruebo lo que leo y releo; cuestión que es de una vanidad medio inconfesable, porque de cuándo uno tiene que andar aprobando o desaprobando lo que lee, como censor, como corrector de pruebas. Sin embargo, quiero creer que no es solo eso lo que hago, que, sí, peleo, me rindo, congenio, a la vez y sucesivamente, pero porque me conmueve, me saca de mi inercia, ¿no es esa la gracia de un buen libro?


El primer fragmento de La gravedad y la gracia explica el título: «Todos los movimientos naturales del alma están regidos por leyes análogas a las de la gravedad de la materia, con la única excepción de la gracia». Con eso ya podeos intuir que, en medio de la ineludible gravedad que rige el alma y las relaciones humanas —«De manera general, lo que esperamos de los demás viene determinado por los efectos de la gravedad en nosotros; lo que recibimos está determinado por los efectos de la gravedad en ellos»—, Weil apuesta o busca o espera la gracia, o sea, la libertad en la necesidad: «Hay que esperar que todas las cosas sucedan conforme a la gravedad, salvo intervención sobrenatural», dice.  


Gravedad son desde nuestros apetitos animales hasta las fuerzas sociales, la guerra y el dinero, por ejemplo. El cuerpo individual y social, podríamos decir. ¿Se trata, entonces, de librarnos del cuerpo? Parece que sí, parece que Weil abunda en negarlo: es el cuerpo lo que pesa, lo que nos tira hacia abajo; la gracia, en cambio, es liviandad, ligereza, elevación. Alguien podría encontrar ahí la explicación de su dejarse morir, de su no comer, de su alivianarse, justamente, de resistirse a los apetitos hasta, quizás, volverse indiferente al cuerpo, hasta que dé igual o no comer, hasta dejar el cuerpo y retirarse del mundo. ¿Pero no es demasiado simple esa lectura, no peca de esquemática? ¿Qué gracia tendría una filosofía, meramente evasiva y evadida? A Weil parece importarle demasiado el mundo, demasiado las personas, el mundo y las personas aquí y ahora, como para que su filosofía sea una predica que niega esta vida en favor de otra o de ninguna. 


Si la filosofía de Weil es una filosofía de vida, una filosofía de la experiencia, de la existencia, tanto en el sentido de ser o ir siendo un precipitado de sus vivencias, como en el de precipitar una vida, una manera de ser, si es así, y parece que lo es, por algo fue a la fábrica y quiso ir la guerra, como si no le bastara con orar, si es así, digo, ¿podría ser esa, la de Weil, una filosofía y una filósofa contra la vida, para después de la vida o para ninguna vida, una filosofía nihilista? No lo sé, espero que no, creo que no, porque entonces toda su compasión, su atención al mundo, a los otros, y a sí misma, sería mero medio, incluso excusa, una instrumentalización para el fin que sería largarse de aquí; sería algo como esto: me importa el prójimo mientras sirva para salvarme. Podría ser, claro, no es imposible, pero dejaría, al menos a mí, mal gusto. O peor, sería una filosofía insípida, desabrida. Y hasta fea. Pero Weil busca la belleza: «Bello es aquello que sin querer deseamos comer», dice. Y también: «Lo bello es una atracción carnal». Y además: «La belleza es la prueba experimental de que la encarnación es posible».


Si la filosofía de Weil no fuera de este mundo se preocuparía menos de probar la encarnación de la divinidad que de excarnar o desencarnar la belleza, la gracia, la libertad. Diría que no vivimos de pan, en vez de decir, como Jesús, como la encarnación, que no vivimos solo de pan, sino también de la palabra de Dios, o sea, que el pan no basta, pero es necesario, o, si vamos más allá: sin pan no hay palabra de Dios, sin lo necesario no es posible la belleza, la poesía, por ejemplo; tenemos que comer para ser libres y por qué no para gozar. 


«Alegrías paralelas a la fatiga», dice el último fragmento de La gravedad y la gracia, escrito por ella, pero, recordemos, no puesto allí por ella. «Alegrías sensibles. Comer, descansar, los placeres del domingo... Pero no el dinero. Ninguna poesía que concierne al pueblo es auténtica si no está presente allí el cansancio, y el hambre y la sed fruto del cansancio». O sea, ¿gravedades? En todo caso, cosas del cuerpo, cosas de este mundo, que es el único y lo único para el no creyente, esto nomás, sin paraíso ni infierno. Las cosas del cuerpo, del mundo, entonces, ¿son las cosas del alma, son gracias?, ¿pueden serlo?


Quizás decir «la gravedad y la gracia» es constatar una unidad, una relación, una familiaridad, como quien dice, porque anhela, porque demanda, porque espera, porque busca, porque le gusta: «lo natural y lo sobrenatural», «la necesidad y la belleza», o como esa consigna de 1912, durante una huelga de trabajadoras textiles en Estados unidos: «el pan y las rosas».



La gravedad y la gracia
Simone Weil
Traducción de Aníbal Díaz Gallinal
Ediciones Godot, 2025, 183 páginas,


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