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La imagen que falta (o porqué las pinturas de Anelys Wolf sirven para respirar)


Tres hombres en un sillón


Me estaba preguntando porqué las pinturas de Anelys Wolf me producen algo así como un alivio. En tiempos de estridencia, pareciera que me ofrecen un respiro. Mientras el planeta chirrea su catástrofe, mientras los alborotadores disputan sus verdades incontestables, mientras defiendo mis ojos irritados por el brutal asalto de las imágenes, estas pinturas me ofrecen un espacio de suspensión.

“En mis pinturas no pasa nada”, dice Anelys. Nada parecido a un excitante relato que pueda seguirse de punta a cabo, o a un discurso que aguijonee la opinión, o a una figura que nos atrape por el brillo seductor de sus detalles, o a un pincel que ostente su magistral virtuosismo. No, nada de eso. Sus pinturas son el reverso, algo así como el interior de las cosas, una zona penumbrosa donde crecen, agazapadas, las palabras no dichas: el lugar donde hibernan las historias.

Las pinturas de Anelys son refugios ante las vociferaciones de fin de mundo. Nos sustraen del ruido ensordecedor, de los relojes tiránicos, de los focos vigilantes y las razones impositivas. Silencian las cosas, las borronean, diluyen las certezas, desdibujan las identidades, ensombrecen zonas de la experiencia: nos ofrecen sombra.

Sus cuadros –negros rotundos y luces tenues-- ponen en escena situaciones cotidianas, banales, insignificantes, actuadas por cuerpos anónimos, personajes fantasmáticos, figurados en el borde de la abstracción, que apenas se adivinan. Alguien (nadie) mira por una ventana; una pareja (su gesto los delata) está sentada sobre una cama; una familia (¿quiénes? ¿dónde? ¿por qué?) se reúne alrededor de una mesa.

Su trazo es suelto, desapegado, incompleto. Sus formas son mínimas, sintéticas, leves. Anelys no busca representar, tampoco quiere reproducir las escenas que extrae de películas. (En este caso de Raúl Ruiz). Lo que ella hace es emitir eso tan indefinible que llamamos atmósfera. Algo parecido a lo que Benjamin llamaba “aura”: una “interioridad”, decía él, donde las cosas puedan descansar.

Cuando digo· atmósfera quiero decir aire, ambiente, clima. Quiero nombrar un “algo” que mi lengua no alcanza a nombrar. Es un “algo”, esencialmente ambiguo, algo que se escapa al lenguaje, que rodea las mesas, los cuerpos, los sillones y, al mismo tiempo, está “dentro”. Tal vez la atmósfera es aquello que las cosas y los seres emiten y que queda flotando, indescifrable.

Si pienso en esto, evoco el modo en que Anelys unifica los elementos que comparecen en sus cuadros. Su trazo corre como un soplo --¿viento del sur? ¿de Chiloé? Anelys es chilota-- que liga y envuelve lo que toca. Ese gesto, en esa estela del pincel se resuelven sus pinturas, uniendo una cosa con otra, haciendo mundo con los retazos de la memoria.

Porque sus obras trabajan con la memoria de las imágenes, con los restos de traspasos sucesivos. De la realidad física a la pantalla de una película; de la pantalla a una captura pixelada, borroneada; de la captura a su imaginación; de la imaginación a la pintura. En cada traspaso las imágenes pierden datos, olvidan, se despojan y, al mismo tiempo, adquieren nuevas cualidades que aparecen por efecto de este movimiento. Es extraño lo que sucede. Porque aquí la reproductibilidad técnica no opera para multiplicar la realidad sino para transformarla y así devolvernos lo perdido.


Sirvientes viendo televisión en la cocina



Hombres mirando a la cámara



Reunión de poetas




Mujeres viendo televisión



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