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La vida sensata

La expresión “vida sensata” se la escuché por primera vez a mi mentor filosófico, Sergio Jerez Riffo, lamentablemente fallecido el año 2008, quien fue profesor del Departamento de Filosofía de la Usach. Esa vida, nos decía, no tiene nada que ver con el logro de un máximo, ni menos con el éxito entendido como acumulación de riquezas u honores. Tampoco se corresponde con la felicidad de los antiguos, en todas sus variedades. Pensando ahora en ello, es más bien una especie de propuesta parecida (pero no igual) a la noción de “vida dañada” de Adorno. Para el frankfurtense, no podemos especificar qué tipo de vida humana es calificable de buena vida, pero sí podemos identificar aquello que malogra la vida: las experiencias de denigración, de humillación, de injusticia. La vida dañada no puede pensarse si no se piensan los males del mundo social que se habita, o, también, sus “patologías” y causas concomitantes.


De modo análogo, la noción de vida sensata de mi maestro se articula como modo de respuesta a la cuestión que lo inquietó siempre como el reflexivo hombre que era: la violencia. La vida sensata es un intento de respuesta a la pregúnta de cómo dejar de vivir sumidos en la violencia. Pero la cuestión es, entonces ¿de qué violencia es la que hablamos? Para Sergio tenía que ver, en primer lugar con la violación injustificable a los derechos humanos durante la dictadura. En segundo lugar, con las negaciones que representan la pobreza, la exclusión y la desigualdad social en nuestro país y en Latinoamérica. En tercer lugar, el sinsentido de una vida malvivida; una vida, en el fondo, alienada, incapaz de examinarse a sí misma y capturada por los circuitos de la publicidad, el individualismo narcicista, el consumo compulsivo, el entretenimiento vacío y la competencia sin freno.


Como vemos, se trata de tres negaciones fundamentales: de la vida y la libertad, del desarrollo y la igualdad, y, finalmente, de la autonomía y la solidaridad. Con esto uno podría pensar que hablar de una “vida sensata” es hablar de unos mínimos de justicia o desarrollo, de una ética mínima instalada desde las instituciones públicas. Y pese a que hay razones para pensar eso, siempre me dio la impresión de que el énfasis en la idea de sensatez apuntaba más bien al polo individual de la ética que a su expresión institucional o política (aunque ambas dimensiones no son separables). Y hay una cuestión profunda en ello: por mucho que las instituciones promuevan determinados valores, si no hay lugar para ellos en los corazones y mentes de las personas, no cabe esperar mucho. Y pienso que si, al reves, hay valores profundamente arraigados en las personas (como el sentido de la dignidad, la justicia, y la libertad) y las instituciones no se corresponden con ellos, surge, tarde o temprano, un sentimiento de agravio moral y de protesta.


La vida sensata no consiste en ejercicios de espiritualidad ni tampoco en un llamado a la santurronería. Es algo así como un recordatorio, una hoja dejada en cierta página de un libro, algo escrito en los bordes de un cuaderno. Una detención. Aunque no nos presente ningún ideal de vida recta o felicidad –suponiendo que eso fuera aún posible–, es el índice de que la vida puede ser otra cosa. Tampoco es la fijación morbosa con la descripción del mal, que nos abandona simplemente a rogar porque la violencia, la miseria, la desolación, la enfermedad o la muerte nunca nos pillen demasiado pronto o nos acosen por mucho tiempo. La única sabiduría que ofrece esta sensatez es prevenir el olvido de que la existencia también puede ser acogedora. De que hay, como dice la filósofa Diana Aurenque, un amparo posible ante los dolores, a veces muy solitarios, ante los que expone el mundo.     


Sensatez etimológicamente viene de sensus, que apunta a los sentidos y a la percepción. A mi juicio esto la emparenta con la perspicacia, en el sentido de aquella persona que mira agudamente, con atención y con detalle. No es lo mismo, por supuesto, que esa obsesión con la transparencia que hoy nos define tan bien, ese deseo totalitario de mirarlo todo y atravesar todo con la mirada. Pero esto no se entiende si no se coloca junto a la perspicacia la idea de sensibilidad, el lado receptivo de la percepción, la dimensión que se deja afectar y conmover. Así la sensatez, entre la perspicacia y la sensibilidad, es una actitud que fundamentalmente sabe distinguir y reconocer límites. Frente a un sistema cuya lógica es la desmesura –la acumulación infinita, el consumo compulsivo, los apetitos insaciables– la ética aparece hoy como la conciencia de los límites. No hay respeto posible si el yo lo inunda todo, un yo que se adueña del encuentro con el otro, que ajusta y recorta cada cosa al molde de su propio mundo y su percepción. Y he aquí la tragedia de nuestro tiempo: sin ese límite, sin esa ética, el mundo termina siendo espantosamente igual, simétrico, monótono.


Si algo me quedó en claro con las enseñanzas de Sergio es que la sensatez tenía que practicarse desde tres dominios fundamentales: el cuerpo, la emocionalidad y el habla. Fuera respecto a los excesos juveniles con el alcohol y otras cosas; mi tenaz e insana resistencia a llorar o reir con fuerza; fuera frente a la sensación de insustancialidad de la palabra de los demás, o la inconsistencia de mi propia voluntad, mi querido maestro siempre decía, enigmático, y lejos de toda formalidad: ¡escucha, huevón, escucha! He llegado a comprender, lentamente debo decir, que la sensatez a la que invitaba tenía más que ver con aprender a callar,  aquietarse, retirarse, pausar, para poder prestar atención a lo que nos dicen realmente el cuerpo, las emociones y las palabras. Dejar que emerja todo eso para desarmar al yo que quiere controlar, que quiere huir, que teme sufrir, y que no se deja gozar realmente.


Y también para hacer lugar al otro. Para evitar la agresividad de superponer mis palabras mientras habla el otro; de reemplazar lo que me quiere contar el otro con la fijación de lo que a mi me pasa; de dejarse llevar por la tentación de juzgar y dar recetas o consejos cuando nadie me los ha pedido; de llenar nuestros diálogos con expresiones vacías y mecánicas que sólo tienen como objetivo resolver rápido la angustia que nos genera, en estos tiempos, la alteridad. No sólo estamos entrampados en la comunicación digital descerebrada (insensato tambien se emparenta con “no tener seso”), narcicista, prepotente y postruista, que levanta influencers, arma tribus pero pulveriza la polis. Estoy absolutamente seguro que Sergio estaría advirtiéndonos de este evidente deterioro de la amabilidad en nuestra época, y el predominio de esa falsa empatía que hoy anda en boca de todos y que tanto se demanda: exigir atención y altos cuidados para uno, sentir compasión y protestar por los actos que nos indignan sin hacerse la pregunta, previa, de si presto adecuada oreja a lo que me dice el otro. El narcicismo también se alimenta de presentarnos como una alma bella, hinchada de buenas intenciones, víctima del injusto mundo y, aún así, compasiva hasta el heroísmo con la humanidad.      


Debo admitir que estoy lejos de encarnar todo esto que he escrito y que, en muchos sentidos, mi poca  sensatez ha sido ganada a punta de fracasos y metidas de pata. Llevar una vida sensata no es fácil, sobre todo cuando actualmente se nos arrastra en sentido contrario. Qué duda cabe que la moral y la política importan, y mucho escribió sobre ello Sergio. Pero creo que lo fundamental de lo que intentó transmitir estaba en esta ética de la sensatez de la que no dejó doctrina, sino bellos ejemplos, tanto en sus enseñanzas como en su vida familiar y en sus amigos. En esta filia fundamental donde aprendemos, a través de la convivencia, la bondad de la sensatez: en la de los amantes que se acompañan, acarician y cuidan; de padres y madres que depositan un deseo de futuro en su prole y los elevan por sobre las amarguras del presente; de los amigos que bailan, abrazan y rien, y así se reconcilian con el mundo; de profesores y estudiantes que se entusiasman y contagian el amor al saber y forman una comunidad reflexiva y pensante, más allá de los mecanismos idiotas de la evaluación y certificación.


Desde luego no podemos extrapolar todo esto, así como así, a nuestras sociedades en crisis: ni la política ni la economía quieren saber de esta filia, de estas sensateces. Ignoro si podrá resolverse esta tensión entre la automaticidad de nuestra vida encorsetada en las lógicas sistémicas, y el anhelo de amparo (ver libro reciente de Diana Aurenque) que produce ese desarriago de todo vínculo o solidaridad social duradera. Como un mensaje en la botella, la expresión “la vida sensata” parece simplemente recordarnos que, aunque cueste creerlo –y practicarlo–, no está todo perdido: aún se puede ofrecer un corazón.   


Niños comiendo uvas y melón - Bartolomé Esteban Murillo [entre 1645 y 1650]

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