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Las paradojas de lo hospitalario [poética del hospital]

 

Los hospitales supuestamente son, como dice su nombre, lugares de hospitalidad: nos acogen, nos hospedamos en ellos transitoriamente para ser cuidados, protegidos. Pero, por lo mismo, son también lugares de hostilidad, donde se libra un combate y nos enfrentamos a un peligro. En principio el hospital está de nuestro lado, se supone, pero puede también volverse un lugar hostil por la violencia que implican los procedimientos mediante los cuales se nos cuida y se nos cura (como cuando se habla de un “procedimiento agresivo”), o por la violencia más sutil que puede ejercer la disciplina médica, basada en la superioridad de un supuesto saber que puede volverse impositivo, arbitrario, autoritario si no se ejerce adecuadamente. Derrida y Foucault han dicho mucho sobre esta ambigüedad de toda ley y de todo sistema de saber organizado como una herramienta de poder.

 

Los hospitales son lugares extremadamente regulados, regidos por una disciplina casi militar en su respeto por las jerarquías (entre internos, enfermeros y doctores, distinguidos por sus uniformes, por ejemplo). Es un lugar que nos impone reglas de conducta, códigos de control: no gritar, no correr por los pasillos, despertar, dormir y alimentarse a ciertas horas. Algo hay en esto no solo de un hotel, con el que el hospital comparte los servicios de alojamiento y alimentación, sino también de un viaje o un vuelo en avión, un tiempo en el que estamos confinados a un espacio finito con sus propios ritmos y reglas. Como en un avión, nos traen comida en bandejas, y hay pantallas donde se proyectan películas para pasar el rato, junto a las pantallas donde se proyecta información de turnos, exámenes, monitoreo.

 

A los hospitales se ingresa en principio por voluntad propia o de quienes nos cuidan (internarse, decimos, como si se tratara de un bosque o de un laberinto), pero no se sale solamente por decisión propia. Tienen que autorizarnos, darnos de alta, dejarnos salir como de un colegio, manicomio o cárcel. Ser paciente es también someterse a esta deposición de la propia voluntad, aceptar que otros tengan acceso y control sobre nuestro cuerpo. Esta entrega puede ser un alivio, pero también invasiva y exasperante: te causan dolor o lo controlan, lo calman o exacerban, te administran de un modo que a veces te anula. Te vuelves un cuerpo animal reducido a sus funciones básicas: infantilizado, anestesiado, monitoreado, invadido.

 

El hospital es un lugar de cuerpos, de vida en su acepción más inmediata, biológica, cruda, y es por lo tanto también un lugar amenazado constantemente por el fantasma del fin de la vida, expuesta al riesgo de la muerte. El hospital está lleno de cuerpos tendidos en camas, abiertos, examinados, medicados, pero está habitado también por quienes acompañan a esos cuerpos, el personal del hospital y todos quienes estamos allí como visitas, como acompañantes, en principio eximidos de riesgo y peligro, típicamente inquietos por el destino de quienes acompañamos.

 

A partir de una idea de Susan Sontag, Lihn escribió en su diario de muerte estos lúcidos versos:

 

Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos

por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad

pero, a la larga, eso no tiene sentido

Duele separarse, poco a poco, de los sanos a quienes

seguiremos unidos, hasta la muerte

separadamente unidos.

 

Por mucho que nos preocupemos, sostengamos la mano, abracemos, acariciemos, no podemos ponernos en el lugar de otro que siente dolor, no podemos compartir su dolor, y esto produce una soledad irreversible, una separación implacable y exasperante entre el paciente y quienes lo rodean, y una solidaridad con los otros pacientes que comparten esta condición. Una comunidad de camas.

 

El hospital es un lugar de cuerpos, pero también, cada vez más, un lugar de máquinas, un lugar de sofisticadas tecnologías para administrar el cuerpo, invadido por sondas, rayos X, ondas electromagnéticas, vías intravenosas y químicos que entran por ellas o por los orificios del cuerpo. El propio hospital se asemeja por momentos a una gran máquina o a un gran cuerpo del que enfermeras, enfermos y visitantes somos las células. Una máquina eficiente, automatizada, regular como un reloj y compleja como un computador, un cuerpo organizado según ritmos asociados al día y la noche, la alimentación y el sueño.

 

Recuerdo una obra de la artista Francisca Aninat sobre la que alguna vez escribí: se llamaba “Patio de luz”, y era una instalación que reunía objetos e historias dispares recopilados en el hospital San Juan de Dios junto a extraños artefactos fabricados por pacientes y familiares en los tiempos muertos y libros que recopilaban dibujos e historias de ese lugar donde muchos vieron por primera y por última vez la luz, o por el que pasaron por un tiempo para regresar a ella. Una acumulación de cosas entrelazadas con relatos, desechos obsoletos y registros, huellas y memorias, un intento de rescate de los cuerpos y las vidas olvidadas a través de los lugares por los que pasaron.

 

¿Hay una erótica del hospital, marcada por la exposición de los cuerpos en su intimidad y por la proximidad de la muerte, que anima a exacerbar la pulsión vital? Siempre se puede fantasear con ella, y con todo tipo de perversiones imaginarias en las que se asocien placer y dolor, enfermedad y amor, pero una de las operaciones que parece efectuar el dispositivo hospitalario es deserotizar el cuerpo, desprovisto desde su ingreso de su capacidad de sentir o provocar deseo. Recuerdo una ocasión en que, despertando de la anestesia necesaria para una operación, tuve que orinar con una sonda. Mi sexo literalmente dormido e insensible era todo menos un órgano erótico, manipulado por manos expertas como si se tratara de cualquier lugar del cuerpo, desprovisto de todo tabú y por lo mismo de todo interés particular. Más que una erótica, entonces, hay una asepsia. Como si la prevención del contagio requiriera también la anulación de toda mixtura o promiscuidad de los cuerpos. El cuerpo enfermo se aísla y anula en tanto que cuerpo deseante o deseable, se convierte en un documento hecho de síntomas legibles de manera unívoca y ya no de invitaciones o rechazos ambiguos.

 

La asepsia intenta evitar el contagio, pero tiene también su reverso: las infecciones contraídas en los hospitales son las más temibles porque son causadas por virus o bacterias fortalecidos por su exposición a un ambiente adverso. Otra vez, la hostilidad al interior de la hospitalidad es la más peligrosa.

 

No hay música en los hospitales, son lugares en principio silenciosos en los que resuenan los pasos de quienes se desplazan por los pasillos, los pitidos de los monitores, el habla chillona de los televisores y a ratos el llanto de algún niño o los gemidos de un vecino de pieza. ¿Será tal vez la ausencia de música otro signo de la anulación del deseo?

 

En los hospitales privados se siente también el rumor del dinero como una presencia ominosa, una amenaza implícita constante. Todo se cobra, aunque no se sabe hasta el final cuánto tendrás que pagar, a qué equivaldrá el pagaré que te exigieron firmar al ingreso. En un libro reciente titulado El supermercado de lo visible, Peter Szendy propone pensar una “iconomía”, una economía de las imágenes a partir de la idea de Deleuze de que el dinero es el reverso de todas las imágenes del cine. En el caso del hospital, podríamos pensar el dinero como reverso del cuidado de los cuerpos, de la vida y la enfermedad, el dinero como flujo sanguíneo o suero, transferencia o transfusión que circula entre cuerpos, nutriendo algunos y desposeyendo otros. La sangre de la sociedad.

 

“Sexo y dinero”, escribe Caetano Veloso en una magistral canción compuesta para el último disco de Gal Costa, “son espíritus desiguales (…). No pueden cruzarse jamás. Sexo y dinero son formas de liberación. Pero el dinero es una abstracción y el sexo una concreción: luz, instancia dispar sin denominador común. Pero ambos nos hacen ser seres de base igual…”. Salud, dinero y amor, dice el brindis, enumerando tres cosas que supuestamente garantizan la felicidad, o el menos la hacen posible. Tres cosas inconmensurables, tres caras de la vida en las que se entrelazan el cuerpo, los otros, la necesidad y el lujo. El hospital simplifica y reduce la vida, elimina el amor de la ecuación. Se puede amar en un hospital, pero es un amor enrarecido, suspendido, sin oxígeno, que espera la restitución de la salud para ejercerse libremente.

 

Al salir del hospital, si salimos vivos de allí, vemos el mundo con ojos distintos, como si hubiéramos estado a punto de abandonarlo, iluminado con extraña vivacidad, teñido por el cansancio de las noches sin dormir o el cuerpo intervenido por violencias que, nos dicen, aseguran su supervivencia por un tiempo más, prolongan su estadía siempre transitoria en el país de los sanos.

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