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Las rumanas

Antes de ellas, en la ciudad nadie hablaba de magia.

En Rumania, las noches descendían con un olor persistente: ciruelas maduras abriéndose en la oscuridad. El aire entraba por las ventanas y se apoyaba – sin pedir permiso– sobre la madera, la ropa, los cuerpos dormidos. Las cortinas apenas se movían, cargadas de humedad. En algún lugar, un animal removía la tierra con paciencia. Nada se desplazaba con urgencia. Incluso el tiempo tendía a fermentarse.

Ruxandra caminaba sin hacer ruido. Desde hacía días llevaba en la garganta una sed que no se parecía a ninguna otra. No era sequedad: era una insistencia aún doliente. Probó el agua, la fruta, el aire del huerto. Dejó que el jugo de las ciruelas chorreara por la lengua. Nada alcanzaba. La oscuridad escuchaba sin otorgar respuesta.

Aquella vez no hubo señales. Salió al jardín cuando el calor todavía persistía en la tierra. El vapor subía desde el suelo y le cubría los tobillos. Las ciruelas caídas se abrían bajo sus pies. El jardín encorsetó la respiración.

No lo vio llegar. Lo sintió después: una mano firme en la nuca, el cuerpo inmovilizado, una respiración demasiado cerca. No habló. El dolor no fue inmediato. Primero, una presión seca. Después, la apertura. La sangre salió con un sonido bajo, íntimo. Ruxandra intentó llamar a lo que crece, a lo que responde. El jardín no acudió. Nadie acudió.

Entonces sostuvo. No para salvarse. Para no desaparecer.

Cuando él se apartó, lo hizo sin apuro. Como quien advierte un error. La dejó entre la fruta abierta y el calor retenido – ignoraba que en ella fluía un don anterior-. Durante un momento no hubo nada. Después llegó la sed: inédita.

El hambre llegó una noche con una claridad distinta. No como urgencia, sino como decisión. Ruxandra salió al camino. Un hombre la vio antes de que ella lo eligiera. Sonrió, con esa confianza breve de quien cree entender lo que tiene enfrente. Ruxandra sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Fue suficiente. Cuando lo tocó, el cuerpo del hombre ya no le pertenecía del todo. No hubo resistencia, apenas un gesto tardío. Después, nada. La tierra recibió lo que quedaba. Ruxandra permaneció un momento, inmóvil. No sintió culpa. Tampoco alivio. El hombre no volvió a levantarse.

Durante días evitó la casa. Podía verla, reconocer cada objeto a través de la ventana, pero algo la retenía afuera. No era miedo. Era una ley. Antigua, anterior incluso a su nombre.

La niña la vio primero. Salió en pata, con el camisón rozándole los tobillos. Se detuvo frente a ella sin preguntar. 

Ruxandra no habló. Su hija levantó la mano y la apoyó en la suya.

Entonces la casa otorgó el gesto y cedió.

El frío cruzó el umbral con ellas. La madera se tensó apenas. Las sombras cambiaron de peso. Ruxandra entendió en ese instante que algo había quedado afuera para siempre. No volvió a ser de adentro.

El hambre regresó en oleadas secas, sin consuelo. Pero en el jardín, las hojas se inclinaban a su paso. No por sumisión. Por reconocimiento. Su nueva forma contaminaba lo ancestral.

La niña, en cambio, dormía con la calma intacta de sus seis años. Aunque había en ella otra escucha. A veces se detenía sin motivo. A veces sostenía una fruta entre las manos hasta que el perfume se abría antes de tiempo. Ruxandra comprendió: en la niña, el linaje antiguo comenzaba a pronunciarse.

Ese día decidió enviarla lejos. No fue un gesto maternal.

Fue necesario.

Porque había otra ley: lo que nace bajo esa tierra responde a esa tierra. Y esa tierra no suelta. Ruxandra no podía irse. No era una imposibilidad del cuerpo. Era pertenencia junto a la maldición del sol.

La travesía comenzó antes del amanecer. El cielo no había tomado otro color. Su mejor amiga, que sabía lo suficiente, tomó a la niña de la mano. No preguntó. Entender, en ese momento, era retrasar lo inevitable. Ruxandra no lloró. Antes de separarse, acomodó el cabello de la niña. El gesto fue breve, casi torpe. Después arrancó una rama joven del ciruelo y la envolvió en tela húmeda.

—Llevate esto.

Rozó su frente.

Dor.

El barco partió hacia el sur a fines del siglo XIX. Llevaba hombres y mujeres cansados, equipajes mínimos y decisiones sin retorno. En la bodega, el aire era espeso, compartido. El océano golpeaba con paciencia contra la madera. La niña no lloró. Miraba la dulzura en el oleaje. 

A los pocos días comenzaron las rarezas. Sin viento, el aire se movía a su alrededor. Las aves descendían en círculos cuando reía.

Los adultos dejaron de sentarse cerca. No por miedo. Por incomodidad.

Con el tiempo, empezaron a nombrarlas en voz baja: las rumanas.

La niña sostenía la rama envuelta entre las manos. La tela permanecía mojada más tiempo del esperado. A veces, al dormir, sus manos quedaban abiertas. 

Cuando llegaron, la tierra del tango tenía otro olor: río ancho, barro, madera húmeda. Nada le pertenecía. Tampoco la rechazaba. 

Plantó la rama en el fondo de la casa. La tierra cedió con facilidad. El árbol prendió sin esfuerzo. Las raíces encontraron algo. Y se quedaron.

Los años pasaron sin ruido. A la niña le fueron dando nombres. Ninguno la agotaba.

El tiempo hizo su trabajo en ella, aunque no por completo.

En verano, empezó a preparar pan dulce. La masa respondía a sus manos. A veces, el aroma se adelantaba al horno de leña y llenaba la casa antes de tiempo.

El árbol creció junto a la casa, inclinado hacia las paredes. En ocasiones el viento lo atravesaba con un sonido ajeno. Otras, una nostalgia fugaz le astillaba el cuerpo. Nunca intentó nombrarla.

Había aceptado que no todo lo que persiste necesita explicación.

Nunca imaginó que la noche del siglo anterior no había terminado.

Que años después, en la misma casa, la sangre iba a repetirse.

Que otra niña abriría los ojos a la medianoche. No por miedo. Por un llamado que cruzaría el océano.

Décadas después, algo mutó. No en la casa: en la ley. Hubo una noche —breve— en que aquello que retenía a Ruxandra se debilitó. No desapareció. Pero abrió una fisura mínima en el tiempo y el espacio.

Fue suficiente. No fue un viaje. Fue un permiso.

Antes de ellas, en la ciudad nadie hablaba de magia.

Esa noche de diciembre, la bisnieta se despertó sin saber por qué. La casa respiraba en eco. Desde el fondo, las ramas del ciruelo rascaban el cristal de la ventana. Afuera, los grillos dejaron de cantar; un aire frío se filtraba por los huecos de los muros, arrastrando memorias de otra orilla. 

La flor abrió su savia y el perfume antiguo se derramó sobre la que había cruzado el agua. 


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Lidia Zadeh Petrescu
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