El avatara
- Julio Carrasco

- 16 abr
- 11 Min. de lectura
"Te lo dije ya en alguna parte, Montsegur no está afuera, sino dentro de ti.
¿Por qué sigues buscando en lo externo?”
Elella, libro del amor mágico / M.S.
A pesar del adoctrinamiento escolar occidental, a pesar de la dictadura de la razón y de la revolución industrial y del positivismo y del realismo socialista y del amartizaje de los robots de la NASA, a pesar de todo esto, digo, la conducta humana sigue siendo sistemáticamente desbordada por la irracionalidad. Y si bien esta asoma la mayoría de las veces vestida con el humilde taparrabos del desatino, no necesita más para escalar hasta las más grotescas mutaciones de la estupidez, y lo hace con tanta frecuencia que hasta pasa desapercibida. Uno no puede menos que admirarse en silencio.
Está científicamente comprobado, en un 110%, que Miguel Serrano no sólo dedicó su vida a la búsqueda del conocimiento verdadero, sino que dio con él a través de un profundo viaje interior. De hecho, según lo atestiguaba un camarada en su entierro, en cierta ocasión habría confesado que “la resurrección se logra a través de una lucha a muerte con uno mismo”. Y al menos a mí no me caben dudas de que resucitó, porque además de luchar contra sí mismo lo hizo contra los comunistas, los masones y, naturalmente, contra los judíos. No luchó contra un grupo de estas comunidades en particular sino que contra todos sus integrantes, y ojo, a nivel internacional. Es necesario precisar que esta lucha no transcurrió a través de medios convencionales porque hasta donde sabemos, Miguel Serrano no postulaba la lucha armada, o al menos no la suya propia, sino más bien la participación del ejército en la política. Por lo mismo no sufrió cárcel, exilio ni tortura, ni fue expulsado de su trabajo, ni fue relegado a zonas remotas del país por sus ideas, lo cual no quiere decir que no haya sido castigado por ellas: se le negó el premio nacional de literatura, a pesar de Su Enorme Contribución a Las Letras Chilenas.
Y así, cualquier referencia autobiográfica en su Gran Obra, dará con la palabra “combate” una buena cantidad de veces. Es que fue un combatiente, uno grande, porque como decíamos recién, combatía interior y exteriormente. De hecho tenía toda la intención de viajar a Alemania para defender a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, aunque por desgracia, razones burocráticas se lo impidieron, por lo que debió conformarse con apoyarlo usando su Poderosa Pluma, ante la cual temblaron de pánico los tanques masones y los portaaviones judíos. Su arma predilecta aparte del lápiz eran las apariciones públicas, que se extendieron hasta 1995, cuando durante la presentación de un Gran Libro Suyo, anunció que esa sería su última “aparición de combate por Chile”. Como se verá, él quería mucho a Chile. Aunque era visigodo.
La suya no fue una vida fácil. En su libro Adolf Hitler, el último avatara, recuerda que cuando niño “sufría de ser rubio y de tener los ojos azules. Deseaba aparecer como los demás muchachos, de pelo hirsuto, de rasgos mongólicos”. Para hacerse una idea de cuán espantoso debió haber sido crecer rodeado de estos jóvenes morenos no hay más que compararlos con la descripción que él mismo brinda de sus tatarabuelos visigodos: “de elevada estatura física y moral (…) rubios, de pelo rizado, de ojos azules y tez blanca, con barbas a veces rojizas. Esencialmente guerreros, están siempre donde hay combates, practicando un rígido código del honor militar y caballeresco”. Estos rubios se habrían dejado ganar por los musulmanes, siguiendo unas órdenes que les llegaban desde la Hiperbórea ;–). De ellos venía el Espíritu Guerrero de Miguel Serrano, un gran militar no de las armas, como dijimos antes, sino que de las apariciones públicas.
Aunque suene redundante hay que insistir en que era muy espiritual. De ahí que acudiera a saludar al Dalai Lama al aeropuerto de Santiago en los noventas –vestido con una túnica verde para pasar desapercibido–. Al cumplirse un año de su muerte, en el blog de uno de los diarios de circulación nacional, su hijo recordaba cómo le acompañó en una peregrinación sagrada –que por suerte para la salud de ambos habría transcurrido en automóvil– mientras vivían en la India. Esta consistió en la visita al “célebre ashram del gran swami Sivananda”, ubicado en una localidad llamada Rishikesh, donde preguntaron sobre el misterioso monte Kailás. En dicho lugar no había, como pensara Miguel Serrano, “ningún monasterio habitado por seres especiales, como brahmanes y siddhas; ninguna sombra extraordinaria, ninguna luz singular”. Esta noticia fue devastadora, según cuenta, pero no lo desalentó, sino que por el contrario, le estimuló a continuar recorriendo incansablemente aquellas tierras milenarias en busca de una entrada a la otra dimensión, donde habitan “los gigantes y los héroes de antaño”. Sobra decir que encontró esa entrada, definitivamente. Indicaciones trascendentales no le faltaron. En una de sus últimas entrevistas confiesa a Cristian Warnken que Jung le habría revelado “cosas que no le reveló a nadie”. Por ejemplo, que los arquetipos no eran productos del inconsciente sino que de los dioses de la antigüedad. Asombroso. En la misma entrevista nos hace otra revelación inédita, por lo menos en Chile, algo que “no se había dicho nunca”, y es que la leyenda de la reina de Saba habría nacido en la Kaaba. Lo anterior es evidente, ya que Abraham llegó con su familia donde una viuda llamada Shaiva; luego “Kaaba” suena parecido a cave, que significa “cueva” en inglés, y la cueva es un símbolo de la madre: toma. En consecuencia, “’eso’ venía de Shiva” (Shaiva). Serrano no explica de qué manera, pero este secreto habría sido guardado por una secta –ya no tan– secreta –habida cuenta de que él la menciona públicamente–. El vocablo Islam, continúa, viene del sumerio isis lam, que significa “el camino de la diosa Isis”. De este modo somos informados de que los musulmanes adoran a Shiva siguiendo el camino de la diosa Isis, deidades estas que, entiendo, integran los antiguos panteones indio y egipcio, respectivamente. Pero no debe extrañarnos viniendo de quien aseguró que Colonia Dignidad fue objeto de una persecución internacional por parte de la CIA, el Pentágono y el Mosad, por tratarse de una base OVNI en contacto permanente con una ciudadela nazi situada en la Antártida, donde estaría vacacionando el Führer. Más allá de que todo parece indicar que la técnica literaria de Serrano era del tipo póngale nomás, esta suma de pelotudeces –dejó por escrito muchas más– ya justificaba perfectamente un botellazo en la cabeza, sólo como terapia.
Era como un mono al que le hubieran enseñado a hablar. Denunció la influencia maléfica que tenía el rock sobre la juventud debido a sus orígenes negros y judíos. Acusó a Prat, la obra de Manuela Infante, como un atentado “a la esencia misma de la nacionalidad chilena”. También descubrió que la embajada norteamericana en Santiago es un búnker desde el cual, con “la maquinaria más avanzada del mundo”, somos bombardeados con ondas psicotónicas. Nunca dijo cómo se protegía de esas “ondas” pero lo hacía de alguna manera o de lo contrario no las habría detectado. Y así también se protegió del matriarcado, eliminando su apellido materno de todos los documentos oficiales mientras trabajaba como diplomático. Esta última fue una medida necesaria porque al emerger “el matriarcado de las razas inferiores ibéricas, con su mestizaje indeseable”, la mujer había introducido “sus reformas (…) incluyéndose los dos apellidos, ardid que muy pronto lleva a suprimir el del padre”.
Si la figura de Serrano despierta curiosidad, lo hace todavía más la de sus seguidores: los tiene. Se les puede ver en fotografías haciendo el saludo nazi disfrazados con abrigos y chaquetones a la usanza de los años 30, adquiridos en la ropa usada y por lo tanto de unas tres tallas más grandes que las suyas. En su funeral, parte del cual está disponible en Youtube, es llamado “¡Minnesinger!” por un acólito bigotón, mientras un gordito sopla la gaita –el instrumento favorito de Odín–, ambos vistiendo una especie de uniforme. Me asombró que mencionaran a Quetzalcoatl y es que quizás ellos, que manejan más información que uno, sepan que don Miguel tenía algo de mexicano. Se me confunde un poco la película ahí porque entonces sus ancestros habrían incurrido en un flagrante delito de mestizaje.
Pasando a lo estrictamente literario, llama la atención que cualquier defensa de Serrano comience por enumerar las amistades que cultivó mientras transcurría su trabajo como diplomático en el exterior. Ciertamente, supo acercarse a Hermann Hesse y a Indira Gandhi, que serán nazis el día en que las vacas den cerveza, pero eso da pie para pensar que habría sido amigo de cuanta gente importante hubiera en su camino. Si no lo fue de Raúl Castro es porque no estuvo en La Habana, que de haber sido enviado a Sri Lanka o Vladivostok, habría sido íntimo de Gorbachov, de Masantín el Torero y del nunca bien ponderado Juan de los Palotes. Trató incluso de acercarse a Volodia Teitelboim, comunista y judío. Más que simpático era un chupamedias: “¡Qué suerte hallarme hoy almorzando aquí, con Ud!”, le dice a Hesse en El círculo hermético. Vale la pena aclarar que si la afinidad entre ambos era grande, no lo era lo suficiente como para que el autor de Demian conociera las ideas nazis del chileno, en cuyo caso –sépanlo bien todos los hitleristas esotéricos– le habría atrapado la nariz con el marco de la puerta. Por otro lado, en ningún lugar se defiende la obra de Hesse o Jung a partir del hecho de que se hayan juntado a conversar ocasionalmente con un diplomático chileno. Si esto ocurre a la inversa es por razones más que obvias. Leer a Ezra Pound o Celine puede entenderse bajo el argumento del valor estético de sus escritos, que no necesitan de amistades célebres para validarse, y lo mismo debería ocurrir con Serrano o estaremos admitiendo implícitamente que su talento era social antes que literario.
Sus libros rezuman un aire exótico encantador, sobre todo cuando escribe sus memorias, aunque son periódicamente anegados de ingenuidad. Por ahí en El círculo hermético, dice que luego de la muerte de Hesse pasó una semana encerrado en una pieza “prestándole sus oídos” para que escuchara su música favorita. Tanto tiempo libre tenía. Quizás qué otras partes del cuerpo le prestó. En mi opinión, sus mejores momentos literarios llegan cuando devuelve al papel las ideas de Jung semidigeridas, aunque hay que reconocer que abusa de ellas: todos los inconscientes individuales y colectivos están allí, junto a la más variada gama de arquetipos imaginables, del héroe, de la trinidad, del I Ching y de la csm: de verdad, la cantidad de arquetipos es abrumadora. Confieso, asimismo, que disfruté su epistolario con Jung, en el que se basta de algunos párrafos para corregir magistralmente los errores de la cosmovisión india, formulando acto seguido una Aguda Crítica al Marxismo a partir de los chacras. Los marxistas son incorregibles, pero si los indios contaran con buenas traducciones de la obra de Serrano podrían mejorar sustancialmente su filosofía, creencias y modos de vida. Cada vez que toca el tema del marxismo, eso sí, se vuelve gruñón, lo que va en desmedro de su interés literario. Se le ve más animado cuando fustiga al feminismo, el cual –asegura– sería consecuencia de la mezcla racial. Hay que ser muy tozudo para no estar de acuerdo.
Me sentí estafado al leer Nos, en cuyas primeras líneas promete revelar “con las necesarias limitaciones, la iniciación guerrera de A-Mor”. Y es que, con una mano en el corazón, hay que reconocer que las musas no acompañan siempre a este vate A-Moroso, que de pronto se pone a escribir remedos de las Crónicas de Narnia sin valor comercial. Es entonces cuando emprende unos viajes de turismo metafísico de quinto enjuague a Montsegur, donde entabla diálogos con maestros arquetípicos que más parecen hologramas de Paulo Coelho. Pocas obras, aparte de la suya, contienen tanta bazofia y charlatanería new age, tanto menjunje de eterno retorno con presencias invisibles y mensajes de la octava dimensión. Pero estos textos son necesarios porque conectan mejor con sus apariciones de combate, genuinamente entretenidas. Aunque tuvo la mala suerte de nacer en Chile, donde tales creaciones no tienen el reconocimiento que merecen por pura envidia. Y esa fue la tragedia de Serrano: vivir a la última moda de la Hiperbórea en un país hiperbárbaro. Un país, por lo demás, donde se le permitía lamentarse públicamente de que en las películas hollywoodenses los negros aparentaran tener el mismo nivel de inteligencia que los blancos.
En muchos de los resúmenes biográficos de la web se destaca su viaje a la Antártida en busca de un “oasis de aguas templadas” con una base militar alemana. De haber ocurrido así, presumo, le habrían enviado telepáticamente las coordenadas, ya que la Antártida es un territorio considerablemente vasto. Pero la verdad es que viajó como periodista colaborador del Mercurio y de la revista Zigzag, que ya había publicado una bitácora de la primera expedición chilena al continente blanco, ocurrida un año antes. Explicar de qué manera un viaje de trabajo junto a cuarenta personas se transformó en “El viaje de Miguel Serrano a la Antártida en busca de la base alemana”, es algo que dejo a los folcloristas. Ahora que lo pienso, sí existe un lugar de aguas templadas en la Antártida: la isla Decepción, que es en realidad el inmenso cráter de un volcán. Sus aguas interiores se calientan por el magma formando playas tibias donde ocasionalmente se bañan los turistas. Ha habido allí bases británicas, chilenas, argentinas y noruegas. Pero las erupciones volcánicas que se suceden cada treinta o cuarenta años los fletaron a todos y todas del lugar. Si el Führer estuviera allí se habría ganado un buen bronceado.
Hasta aquí no hay razones para creer que haya sido un mal tipo. En principio sólo trataba de llamar la atención sobre sí mismo. Al respecto, debería observarse mejor la influencia extraliteraria que recibió de su tío Vicente Huidobro, quien cultivó amistades en Europa, se declaró descendiente del Cid y fingió un secuestro en París. Creo que lo adoptó como padre, ya que el suyo murió siendo él un niño. La importancia que le daba a la figura paterna salta a la vista en la eliminación de su segundo apellido de los papeles oficiales de su carrera diplomática, como apuntamos antes, pero también aparece explícitamente en muchos de sus libros. Tal vez Huidobro, militante comunista, fue el combustible de sus decisiones vitales: volverse escritor para emularlo y nazi para oponérsele. Tiendo a pensar que de no haber mediado la invitación de su tío a apoyar a la República en la Guerra Civil Española, no se habría dedicado al hitlerismo. De hecho, se convirtió de inmediato en un furioso antimarxista y tomó partido, justamente, por lo que estuviera en mayor oposición a las ideas políticas del poeta, a quien quizás guardaba el rencor de un vástago menospreciado. O acaso en su actitud estaba el pesar de no haber sido su hijo biológico. O la desesperación de no contar con un padre vivo al cual oponerse, de la manera en que un hombre común se opone freudianamente al suyo. En cualquier caso, lo cierto es que de no haberse declarado nazi a los cuatro vientos muchas menos personas –yo, por ejemplo– se habrían fijado en él.
Dicho todo lo anterior, no podemos dejar de mencionar que a pesar de que, según lo da a entender él mismo, hacía trabajar a su alma para “merecer el paso a otra esfera”, escribió libelos espantosos contra las víctimas de la dictadura de Pinochet, a quienes llama “terroristas”; negó la existencia de los detenidos desaparecidos y refutó la legitimidad del informe Valech con palabras que da vergüenza leer, de lo que se concluye que las peregrinaciones espirituales no lo hicieron mejor persona, porque ni la gran sabiduría que pueda haber acumulado en ellas ni sus contactos en el Walhalla le daban derecho a reírse del dolor de la gente. Expresiones tan frívolas y repelentes no pueden salir del hocico de alguien que no tenga podrida el alma, el aura o lo que sea que sustente la condición humana. Ni Hesse, ni Jung, ni el Dalai Lama habrían tolerado tanta miseria.
En la página web donde se reúne su legado se deja constancia de que –cómo no– “en el momento de su partida se desata una inusual e inesperada tormenta de truenos y relámpagos”. Está visto que todo lo relacionado con Serrano es Estremecedor y Glorioso. Para no ser menos, casualmente ahora, mientras termino de escribir este párrafo, una majestuosa nube de smog oculta la visión de la cordillera.












































