Contra el pánico democrático
- Pablo Apablaza

- 15 abr
- 3 min de lectura
Existe un género literario muy popular entre la élite progresista y los rectores universitarios: el obituario de la democracia. Libros, papers y columnas advierten, con un tono de histeria contenida, que la oscuridad se acerca. Nos dicen que la democracia muere en la oscuridad o que estamos ante una ola autoritaria global. Pero si leemos con atención a la politóloga Susan Stokes, quizás la forense más lúcida de este proceso, podemos descubrir una verdad incómoda que los propios demócratas prefieren ignorar. En sus estudios sobre la erosión democrática, Stokes muestra que las democracias ya no mueren porque un general saque los tanques a la calle (el viejo golpe de Estado). Mueren desde adentro, mueren cuando los líderes electos utilizan las propias instituciones para desmantelar el sistema paso a paso.
Lo que Stokes describe con preocupación académica, nosotros podemos leerlo con cinismo reaccionario. Porque el diagnóstico de Stokes confirma accidentalmente lo que Curtis Yarvin lleva años diciendo desde las catacumbas de la ilustración oscura. La democracia liberal, dice, no es víctima de un asesinato, sino que es víctima de un suicidio asistido por sus propios administradores.
Stokes señala que la democracia depende de normas no escritas y de árbitros institucionales (cortes, organismos electorales) que deben ser neutrales. Cuando estos árbitros son capturados, el juego se rompe. Aquí podría entrar el análisis de Yarvin para radicalizar a Stokes. Yarvin diría: ¿cuándo fueron neutrales esos árbitros? Lo que Stokes llama instituciones democráticas, Yarvin lo llama "Catedral", ese complejo descentralizado de universidades de élite (Harvard, acá la Chile, la PUC) y prensa prestigiosa que dicta lo que es verdad y lo que es moral.
La erosión que denuncia Stokes no es más que el momento en que el pueblo se da cuenta de que el árbitro lleva la camiseta del equipo contrario. Cuando la Corte Suprema o el Servicio Electoral parecen operar con un sesgo ideológico, protegiendo al progresismo y persiguiendo al conservadurismo, la erosión se convierte en un acto de legítima defensa. Stokes teme que los populistas ataquen a los árbitros y Yarvin nos dice que esos árbitros son, en realidad, sacerdotes de una teocracia progresista que no rinde cuentas a nadie. Despedirlos no es autoritarismo, sino que sería saneamiento corporativo.
Stokes advierte que la erosión comienza cuando se rompen las bright lines de la legalidad constitucional. Pero, ¿quién las rompió primero? Aquí es donde Franz Hinkelammert podría iluminar la escena. La élite liberal que hoy llora por la democracia es la misma que durante décadas utilizó esas instituciones para imponer la religión del mercado total. Utilizaron la democracia para blindar un modelo económico que exige sacrificios humanos (pensiones miserables, zonas de sacrificio). Cuando la democracia servía para imponer el neoliberalismo, era robusta y ahora que surgen líderes (sean de izquierda radical o de derecha iliberal) que cuestionan el dogma, la élite grita "¡Erosión!".
Lo que Stokes llama erosión democrática podría redefinirse, bajo la lupa de Hinkelammert, como la rebelión del sujeto vivo contra la ley muerta. Si las instituciones están diseñadas para sacrificar a Ifigenia (el futuro de la nación) en el altar de la eficiencia globalista, entonces erosionar esas instituciones es un deber moral.
Stokes identifica que una estrategia clave de los líderes que erosionan la democracia es el ataque a los medios y a la verdad oficial. Para ella, esto es el preludio de la tiranía. Para Yarvin, es el primer paso hacia la competencia.
Si aceptamos la tesis de Yarvin de que el Estado debería funcionar con la eficiencia de una empresa tecnológica, el modelo del CEO-Monarca, entonces el debate democrático eterno es una ineficiencia imperdonable. La democracia liberal, con sus frenos y contrapesos, es como una empresa donde el departamento de Recursos Humanos (la prensa y la academia) tiene poder de veto sobre el gerente general.
Stokes ve en la concentración de poder un peligro mortal. Nosotros, mirando el estancamiento de Occidente, podríamos ver en esa concentración la única salida al colapso. La erosión de la que habla Stokes es, tal vez, simplemente el proceso de demolición de un edificio condenado.
Pasolini lloraba por los jóvenes infelices aplastados por el consumo. Hoy, esos jóvenes han crecido y votan por Bukele, por Trump o por Milei. No lo hacen porque sean ignorantes engañados por fake news, como cree la Catedral. Lo hacen porque intuyen que el sistema que describe Stokes, esa democracia de normas educadas y árbitros neutrales, es una farsa que encubre la administración del declive.
Tiene razón Susan Stokes. Sí, están desmantelando la democracia desde adentro. Pero a diferencia de ella, quizá no deberíamos sentir pánico. Deberíamos sentarnos con la fría curiosidad de quien observa cómo un sistema operativo obsoleto es finalmente desinstalado y ver qué sistema, quizás más jerárquico, quizás más honesto, quizás más sagrado, instalaremos sobre sus ruinas.












































