Renovar la crítica: Gorki, Achebe y Trabucco
- Felipe Guerrero

- hace 5 horas
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Renovar la crítica: Gorki, Achebe y Trabucco en torno al nacimiento de una pasión
Después ya de algunos años de leídas, he llegado a la conclusión de que estas obras guardan algo en común. Estoy pensando en La Madre de Gorki, Me alegraría de otra muerte, de Achebe y Limpia de la grandísima escritora chilena. La similitud se me hizo patente, como todas las grandes cosas de la vida, de modo oblicuo, mientras leía a Andrea Soto y a Zizek y recordaba a su vez una conversación muy interesante, en alemán, con la amiga alemana de una amiga, profesora de escuela.
He venido pensando muchísimo a propósito de la noción de crítica (a raíz de una cosa que pensadores/as del primer mundo han denominado fenomenologías críticas y yo sigo preguntándome dónde está la crítica ahí) y me encuentro con aquel comentario del esloveno, quirúrgico como suele ser, donde llama la atención de lo siguiente: si en algún momento “crítica” significó sacar lo oculto a la luz, en nuestra época ese sentido ha mutado dado que, de la mano de las renovadas formas que tenemos de acceder a la información, ya no hay nada oculto. Nuestro padecimiento de época más común es, en efecto, la saturación por imágenes, por información. La obligación de ver, de iluminar, de mostrar, de atender… ¡y qué diría el pobre de Tanizaki luego de escribir su El elogio de la sombra¡. La economía atencional es hoy modelada con renovada sofisticación por la gran mayoría de dispositivos que nos acompañan. Por su lado, la filósofa chilena nos conmina también a pensar una forma renovada de la crítica, frente al modo paradigmático según la cual esta es una forma de separar lo verdadero de lo falso, lo real de lo aparente, conocer la verdad escondida, etc. La pensadora aboga más bien por una crítica como práctica de apertura, de movimiento -Segato dixit: un pensamiento que no dinamiza no es crítico-, de habilitación de formas nuevas. Dice, citando a Foucault: crítica es una forma de pensar modos de cómo no ser gobernados.
Antes, entonces, de pensar/escribiendo lo que creo que los textos de más arriba tienen en común, presento la experiencia de aquella conversación. Es gracioso, porque la forma en que di con aquella persona fue una larga cadena de amistades. Allá en Alemania, una amiga latina me invita al cumpleaños de un amigo de ella, alemán. Fiesta tranquila, como las de allá. Todos sentados, fumando cigarrillos y tomándonos unos tragos. Obviamente que nosotros éramos los que más tomábamos y los únicos que queríamos pararnos y ponernos a bailar y terminar así de quemar debí tirar más fotos. En un momento ya la conversación se puso buena buena, y me quedé dialogando con esta persona, profesora de escuela, sobre el reciente ascenso del AFD allá en Alemania. Ella me contó que habían hecho una encuesta en su colegio, entre los niños y niñas del establecimiento, como para simular una votación. Arrasó el AFD entre la comunidad estudiantil. La lectura que hacia la mujer era bastante curiosa. Remitía a la vulnerabilidad del establecimiento (allá en Europa vulnerabilidad no solo significa no tener un mango, sino ser inmigrante) y otras tantas variables y su respuesta era concisa y dura como la cabeza de un martillo: dada la condición socioeconómica de los estudiantes, son ignorantes y, dada su ignorancia, votan así. Yo, naturalmente, por dentro pensaba en Axel Kaiser y decía para mis adentros: ¡dios quisiera que haya una relación entre dinero y sabiduría!
¿Cómo es entonces que leo a Gorki, Achebe y Trabucco, desde estas coordenadas? Pues, como libros que narran el nacimiento y germinación de una pasión. Los tres autores dan cuenta, a su modo, de un universo que se remece, que se ordena y configura, pero sin palabras o, digámoslo así, anterior a todo discurso. En ellos se muestra en efecto que las razones, los argumentos y las conexiones entre ellos, llegan las más de las veces tarde y, también, con muchísima frecuencia llegan si quiera con palabras. Gorki muestra eso hermosamente con el desarrollo interior del personaje de la madre, porque pasa de ser una mujer recluida al espacio doméstico, con un mundo interior limitadísimo consecuencia de unas condiciones materiales limitadas, a plantearse preguntas radicales: ¿por qué mi pobreza y la de mis vecinos es así? ¿por qué estoy con un marido que no quiero? ¿por qué, por mucho que trabajamos, seguimos siendo miserables? Lo que quiero acentuar en este breve escrito es que este momento crítico, de movimiento, de dinamizar, no acontece en el interior de la madre porque ella haya entendido la verdad de un argumento. No hubo detrás de ese momento crítico una discusión que le haya hecho cambiar de opinión, no hubo un libro, no hubo un silogismo perfecto, en fin, no hubo verdades expresadas con el lenguaje. Lo que hubo fue algo aún más sencillo y más estimulante: los abrazos de su hijo. No hubo para ella un momento de sacar a la luz lo oculto, no hubo la separación entre la verdad y la apariencia, no hubo silogismos, no hubo argumentos. El amor de su hijo, expresado en ese contacto físico, gatilla en la madre las preguntas.
Con Achebe y Trabucco me pasa lo mismo. En el autor africano, particularmente en el segundo tomo de la trilogía africana, al nacimiento del sistema que habilita la corrupción como momento del sistema mismo. Y, como condición de esto, un sentimiento que le subyace. Vemos como el hombre recto se corrompe no solamente porque la burocracia comprende esto como un momento interior, sino porque hay una pasión de fondo, la subordinación, la pobreza, el ingreso en un mundo que le es ajeno. Con la escritora chilena esto es, a mi modo de ver, doblemente más claro. Limpia es, en mi lectura, una narración de cómo se constituye la conciencia de clase como pasión. La personaje principal, a lo largo del texto padece la diferencia de clases y se comienza a saber paulatinamente, a sí misma, en aquella diferencia. Los patrones, los jefes, tienen esto, funcionan así o asá, nosotras, de otro modo. Esta diferencia radical es la pasión básica de la diferencia de clases y el texto de Trabucco lo narra con plena pericia. El momento crítico entonces, para ella, las preguntas que interrogan y dan movimiento, no vienen de textos leídos y de verdades asimiladas por hermosos y coherentes silogismos. No, la verdad y su crítica vienen de la pasión de la diferencia de clase, la que se ordena y articula antes de toda expresión y que allí donde se intenta traducir en palabras, estas siempre llegan tarde porque la pasión yace ahí en el fondo
La interpretación de la crítica, según la cual esta significa separar verdad de apariencia termina, pues, en la ingenuidad ultra-racionalista, como que la gente vota AFD porque es ignorante. El llamado de Soto y Segato es a dar movimiento. Un pensamiento que no moviliza no es crítico, no abre lo cerrado, no mueve lo quieto. Crítica no significaría entonces sacar a la luz verdades ocultas sino justamente aquello que acontece en estos libros: crear movimientos interiores que despierten interrogaciones, que permitan redirigir la atención, estimular nuevas economías de lo visible, de lo que es digno de ser mirado. Lo que me parece que estos tres libros guardan en común es justamente poner de manifiesto que la interpretación ingenuo-racionalista de la crítica llega tarde allí donde la pasión se ha elaborado. Muestran, entre tanto, que un abrazo puede ser el momento originario de una cadena de movimientos que no se llaman sino crítica. Y con esto no estoy haciendo poesía, en absoluto. Excúsame si suena jipi, no van por ahí mis tiros. Lo que quiero decir con esto es que ni la sabiduría está en los textos, ni mucho menos exhaustiva es la tesis que relaciona ignorancia con clase social. Estoy diciendo que si los argumentos llegan tarde, la crítica no se trata de dar razones, de sacar a la luz. Si hacer crítica es dar movimiento, pues, las cosas se mueven, primero, porque son cosas físicas. El movimiento acontece en el cuerpo, en nuestros cuerpos. El cuerpo es la sede del movimiento y, por ello, es la sede de la crítica. El movimiento crítico ya fue padecido por el cuerpo cuando llegan los silogismos, estos son siempre zagueros. Por tanto, lo que hoy es más necesario que nunca es dejar de lado la lectura racionalista de la crítica y presionar y pensar antes bien una crítica patética.












































