La Naturaleza que conozco
- Andrés Couve

- hace 4 horas
- 7 Min. de lectura
"... la naturaleza es tan indiferente como generosa, y [...] su extravagancia es acompañada por un derroche aplastante
que algún día incluirá nuestras propias vidas insignificantes".
Annie Dillard
Pilgrim at Tinker Creek (1974)
Encuentro doble
Una mañana del verano recién pasado salí a navegar en un kayak de goma naranjo por el Lago Azul en la comarca del río Puelo. El agua estaba tan tranquila que reflejaba las texturas de todas las montañas de los alrededores y de los pequeños insectos que revoloteaban sobre la superficie. A los pocos minutos de abandonar la playa noté algo pequeño y oscuro que se movía por encima de unas rocas secas en la orilla. Al acercarme remando lentamente distinguí un visón solitario hurgando entre los matorrales y las ramas caídas. Logré acompañar sus rutinas mundanas un buen rato. Lo vi subiendo y bajando, girando, ondulando escurridizo como una culebra y regresando como a cerciorarse de vez en cuando si algo que recordó súbitamente valía o no la pena. Pronto lo perdí de vista en un sector frío y sombrío de la costa.
Casi me había olvidado de este breve encuentro, cuando uno o dos días más tarde caminando por un sendero bajo un bosque de grandes y viejos coigües con mis hijos y un amigo de ellos, observamos a nuestra pequeña perra revolcándose sobre el cuerpo en descomposición de otro visón. Asumo que se trataba de uno distinto al que había visto en las rocas del lago, porque la fetidez indicaba que llevaba muerto un largo tiempo. El visón estaba plano, como si hubiesen pasado sobre él una columna de tractores dejando solo una alfombra pegajosa y maloliente. La perra blanca se refregó por un lado y luego por el otro, arqueándose, la lengua afuera y la mirada absorta. Impulsaba primero su cabeza y su hocico logrando el mayor contacto con el cadáver, luego su cuello, haciendo que el movimiento convexo alejara sus piernas y su cola que se mantenían a mayor altura. A nuestros gritos de desaprobación respondió arrancando como si hubiese escuchado al mismo diablo.
Lo que nos acompañó durante el resto de la excursión fue el desconcierto que silenció toda conversación sobre el rito orgánico que acabábamos de presenciar. También la angustia de no contar con respuestas ni de poder formular medianamente bien la pregunta frente a una conducta animal impenetrable. Si bien la situación no revertía mayor gravedad, el traspaso de humores, más allá de lo meramente alimenticio a lo que estamos acostumbrados, nos expuso a una comunión química directa y opaca entre la vida y la muerte. Quizá el encuentro también terminó de derribar ensueños infantiles sobre lo salvaje en mi hija de trece años que nos acompañaba. "Ciertamente entregamos a los niños pequeños una idea equivocada de las criaturas que los acompañan en el mundo" dice Annie Dillard, refiriéndose a los juguetes con que mimamos a los niños y a las caricaturas animales en las que delegamos su diversión.
Todos regresamos a la casa con una incomodidad que irradió por el interior de nuestros pechos como un vapor amargo.
El árbol de la vida
El universo conocido, o lo que el científico y explorador prusiano Alexander von Humboldt llamó el Cosmos —que en realidad corresponde a la naturaleza que lo contiene todo— nos impone con fuerza y capilaridad una neutralidad sin diseño, alejada de las fantasías, las supersticiones populares y la búsqueda de sentido. Aquí en la naturaleza, de la que somos apenas una fracción marginal, los elementos y el resto de los seres vivos actúan de forma implacable en una confusión de relaciones. El vigor de la vida nos acoge en esta trama enmarañada del Cosmos sin sentimentalismos. Su belleza y brutalidad ocurren simultáneamente, indiferentes al goce y al sufrimiento que sostienen. Ambas giran en un gran proceso amoral auto-organizado de replicación y selección, en el que cada ser vivo da rienda suelta a sus necesidades y se justifica a sí mismo por sus acciones, no por sus razones. Por lo que es y no por lo que debería ser.
La neutralidad e indiferencia no componen, sin embargo, una visión monstruosa de la naturaleza. Solo levantan el velo de la evolución y de su multiplicidad. Son un recordatorio de que nuestros valores nada tienen que ver con las dinámicas extravagantes de lo viviente. No planteo con esto algo original. De hecho, la idea ha sido visitada una y otra vez en la filosofía y la literatura de épocas muy distintas. "Vivir, ¿no equivale precisamente a querer ser distinto de esa naturaleza?" plantea Friedrich Nietzsche, solo por citar un ejemplo reputado.
A pesar de ello, nunca hemos tenido más evidencia para argumentar que la diversidad arrolladora de la vida y sus relaciones constituyen un plaga, no un milagro coincidente con nuestros valores. Hoy la cartografía de lo viviente, de lo extinto, y de la historia biológica se manifiesta en toda su extensión en un árbol de la vida que desafía la imaginación. La genética y la biología molecular demuestran aquí, quizá mejor que en ningún otro lugar, su hegemonía y su poder explicativo. El panorama que ofrecen contiene millones de especies y parentescos en complejas ramas de descendencia. El asunto se puede ilustrar como un círculo en cuyo centro relativamente vacío reside LUCA (del inglés Last Universal Common Ancestor), el ancestro común de todo lo viviente. En este bosquejo, líneas que conectan con el presente, se bifurcan tempranamente para dar origen en distintos momentos de la historia remota a las bacterias, el grupo de las archea, los protistas, los hongos, las plantas y los animales. La proliferación hacia el perímetro del círculo da cuenta de una explosión incontrolable de biodiversidad en todas direcciones hasta nuestros días. Como si no fuese suficiente, un ligero cambio de perspectiva permite apreciar dimensiones aún más determinantes alojadas en este árbol de la vida. Para empezar, ciencias como la geología y la paleontología ponen al descubierto las extinciones masivas y periódicas de un planeta expuesto permanentemente a los ciclos de nacimiento y muerte. La ecología, por su lado, revela las íntimas relaciones utilitarias de acecho y digestión que ocurren entre todas sus criaturas. Y la neurociencia se ha atrevido recientemente a preguntar en qué medida cada individuo acepta su destino mecánica o conscientemente. De este modo, distintas formas de conocer dibujan un escenario revuelto de reproducción, competencia y depredación que opera de manera independiente a nuestras construcciones sociales del bien y el mal. Una evolución que se extiende en el tiempo hasta LUCA, calando mucho más hondo en la vida que nuestras categorías morales.
Resulta, así, por lo menos paradójico que los seres humanos insistamos en depositar sobre este espectáculo nuestros ideales y una fantasía valórica que pretende recrearlo, desconociendo el caos que reina en él desde el inicio. "El mundo en sí mismo no es razonable, eso es todo lo que se puede decir. Pero lo absurdo es la confrontación de esta irracionalidad y el deseo extravagante de claridad que resuena en el corazón humano" dice Albert Camus.
La disonancia entre las leyes naturales y los valores humanos es incómoda e inconveniente, y la decisión de qué hacer con ella es vital. Enfrentar el filo que divide estos universos paralelos y transitar por el absurdo, como sugiere Camus, requiere una férrea disciplina existencial. Una disciplina de resistencia para no sucumbir ante la tentación de husmear en el sentido, evitando a toda costa cuestionarnos por qué estamos aquí, pero también para sortear el vértigo de la desesperanza. Una disciplina que se debe solo al presente, pues el porvenir del individuo carece de tantas seguridades como el futuro de la trama evolutiva.
Visitas
El mismo verano del episodio que vivimos con el cadáver del visón hicimos una pausa antes de volver a Santiago para visitar a unos buenos amigos en su casa de campo en la Región de los Ríos. Al igual que en años anteriores, nuestros movimientos diarios siguieron sus distendidos protocolos de regularidad.
Una mañana como todas, el café dio inicio a mi rutina veraniega frente a una estufa a leña recién encendida. Tres niñas pequeñas se presentaron antes que los demás para recibir el calor de su fuego.
Después de unos minutos en los que alcanzamos a compartir un desayuno muy desordenado, cada cual dejó la cocina para seguir con sus afanes a la espera que el resto del grupo iniciara sus actividades matinales. Y apenas me asomé al pasillo fue cuando la vi atravesando el umbral de una antigua puerta de madera. Húmeda y blanda, una babosa corpulenta de unos doce centímetros avanzaba con lentitud sobre las tablas enceradas del piso. Atrás dejaba una estela delgada y uniforme de secreción brillante.
Era una babosa leopardo, una especie introducida en Chile, amarillenta y con pequeñas manchas grises e irregulares a lo largo de su cuerpo. La puerta blanca con seis vidrios en su parte superior abría hacia una sala de estar bien iluminada con olor a troncos y chimenea. Mientras el café humeaba en mi mano, un metro más abajo la babosa exudaba vida y bosque con su abdomen pegado al suelo. Los tentáculos que se elevaban desde su cabeza salvaje rotaban como antenas en busca de una señal lejana. Su extraño y alargado cuerpo resumía la exageración de texturas, formas y funciones de lo viviente. A distintas alturas, las tres niñas pequeñas y yo formamos un semicírculo para observarla, sorprendidos.
Su presencia nos hizo testigos de las manifestaciones vitales y caóticas de las que somos parte. Nos vinculó directamente con una naturaleza que no está allá afuera en el destino turístico de moda ni en la nueva alternativa para un tratamiento terapéutico, sino en aquello que nos envuelve en su feroz variedad y exceso. Nos recordó que la mayoría de las veces nos sentimos distantes del resto de los organismos, incluyendo estas pequeñas bestias invertebradas, hasta que se asoman y circulan con naturalidad por nuestros espacios protegidos, como familiares extraños que han decidido explorar distintas posibilidades de habitar la Tierra y vienen a contarnos de qué se trata.
Cuadros de la naturaleza
La diversidad y exuberancia de la naturaleza permitirían continuar recorriendo un sinfín de historias centrífugas que cada uno, con toda seguridad, lleva consigo a propósito del árbol de la vida. Aquí solo he intentado retratar un par de escenas —a todas luces menores sobre del devenir y la muerte animal— de personas que han podido compartir, por unas pocas temporadas, las posibilidades extravagantes de lo viviente. Pequeños cuadros de asombro para ponerse las botas, mirar el árbol y caminar por el filo.












































