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Transformaciones de la metamorfosis

¿Qué cambió?

De cierto punto en adelante no hay regreso. Ese es el punto que hay que alcanzar.
F. Kafka

Suele servirnos de soporte, de compañía, o de una especie de ayudante, la lectura de “La metamorfosis” (Die Verwandlung), de F. Kafka, como contrapunto al texto de S. Freud traducido como “La metamorfosis de la pubertad” (Umgestaltung der pubertat). Este término implica una nueva forma (Gestalt), imagen en la que adviene una reorganización de las pulsiones sexuales en un orden nuevo, una remodelación, una conversión de pasaje. 


El término Verwandlung del título kafkiano pareciera que adquiere el matiz de lo que se ocasiona sin intervención de la voluntad de cambio. Se produce, acontece. Mientras que, aunque puedan usarse como sinónimos, la Umgestaltung lleva en sí alguna agencia de participación. No carece de relevancia el asunto, respecto a “asumir” responsabilidad o no, en los acontecimientos que trastocan el cuerpo, el espejo, la lengua. 


Tanto en la breve novela como en la experiencia puberal podemos ubicar dimensiones de ambos sentidos. Gregorio Samsa ¿cómo podría participar de lo que le sucedió sino hubo elección?  ¿Es una salida o un encierro en una madriguera?


La metamorfosis de la pubertad ocurre también inexorable e implica una reubicación del cuerpo en el espacio, en la voz que se trastoca, en la turgencia del deseo, en la turbación, en los temores al contacto, en nuevas elecciones. Pero la pubertad es un cambio donde su llegada gradual puede ser anhelada o intolerable.  La transformación de Gregorio fue inesperada, brusca. Quizá en el cosquilleo de la noche intranquila, puede suponer que “algo se viene”. Pero es un cambio inapelable. Sin aparentemente preparación previa. La cosa pasa y queda, como en las pesadillas, afectado el movimiento.


Diego Sztulwark acentúa en el trabajo “Lo insoportable y la transformación”, la pregunta por el límite de lo tolerable. ¿Se trata de algún hastío lo que movió lo ocurrido en su transformación? Difícil saberlo, responde, pero distingue también que en principio ninguna decisión obró en él.  Así es. ¿Cuándo se siente el límite de lo tolerable? Es diferente cuando el tiempo de tolerancia se rige por agentes exteriores, por reglas de juego, o por acuerdos de una comunidad, si se rige por sensaciones singulares, hasta poder decir basta, a veces en el borde de un precipicio: “hasta acá”.


Nos preguntamos ¿Qué se hace con lo que se transforma del cuerpo, de la relación al prójimo, casi siempre inquietante y del lugar que habitamos? O ¿Como reorganizar lo que se convierte en otra cosa, desconocida, a veces ominosa, al producirse una metamorfosis?  En ciertos estados de la pubertad, sucede una “agonía psíquica” dice Winnicott. Agonía desesperada por lo que tiene tiempo de vencimiento, como tiempo de descuento, de tolerancia de lo que no se soporta o por otro lado de lo demasiado anticipado que irrumpe como rotura de barreras protectoras. ¿Nos encuentra sin provisiones? Winnicott desde un elogio de la inmadurez, como zona necesaria, ubica en momentos de perturbación en la pubertad y adolescencias, estados de prepotencia, como una especie de admiración por el vencedor. 


En el relato Kafka tiene que acentuar de inmediato que no se trata de un sueño. Esto “no es un sueño”.

Lo que le ocurrió en la corporeidad a Gregorio Samsa no es efecto de la imaginación. 

La pubertad tampoco es un sueño, pero no puede alojarse ni tramitarse su agitación, sin sueños que lo antecedan.  No sin sueños será el advenimiento de las novedades puberales y del amor, ya enseña F. Wedekind en la obra teatral “El despertar de la primavera” discutida en Viena por el grupo freudiano.  ¿Se requiere del soñar, ensueños de latencia y fantasías para que no se derive en prepotencia? En la obra esa ausencia desenlaza hacia lo sacrificial en  una jovencita y en un joven que se suicida.


Lo que llamamos inexorable en la pubertad es el trastocamiento imaginario, por lo tanto, real y simbólico que imparable, hace eclosión con algunos avisos, a veces gradual, a veces como salto, y que provoca miradas que antes no estaban, o si estaban, su significación era imposible de digerir en la infancia. Freud dice que la pubertad adviene con retardo respecto del desarrollo de la sexualidad, como el trauma, siempre llega con retraso respecto de un movimiento anterior. Sólo a posterior se puede ubicar la significación de lo repetido, lo que advendrá anunciado, pero sin experienciar, ligado a lo diferente e inédito. Las vivencias serán resituadas de otro modo.  La extrañeza es parte de lo que sucede. 


Gregorio no esperaba despertarse con un aspecto de animal, insecto, bicho, sin nombrarse nunca de cuál especie se trata. Se impresionan, lo rechazan, pero en ningún momento dudan que lo ocurrido haya ocurrido. La metamorfosis de uno de los miembros familiares a su vez los transforma, les quita las costumbres. Transforma el amor por un hijo en otra cosa. Pierden lo que obtenían de él como beneficio económico y eso es lo que les importa. Acuerdan, salvo su hermana Greta que tiene aún por un tiempo un sentimiento de piedad. Lo cuida, hasta que no puede más. La segregación gana la jugada en lugar del duelo por lo que ya no retornará.


La vergüenza y el pudor si lo hay, en la pubertad oficia como dique, como detención y organizador pulsional. Si hay vergüenza hay algo que mejor no mostrar Es un límite a algún excedente. Pero al mismo tiempo muestra parcialmente en un sonrojo, aquello devela la presencia de algún deseo.


Gregorio, es quien no debe mostrarse para los visitantes, no es un espectáculo como El artista del hambre, es del terreno de lo privado, de lo que se esconde. La presencia de la vergüenza que está situada en dos lugares del relato, no oficia de dique, sino de sufrimiento que lo hace culpable.  Una vergüenza ligada a una culpa de lo que no decidió. En las únicas dos ocasiones que el pudor invade al protagonista es cuando escucha lo que dicen de él. Lo que ha arruinado en las vidas de su familia al ya no ser el sostén de trabajo, de dinero para ellos. 


Resulta un impacto como Hablan de él, pero nadie le habla a él.   Sólo una vez, luego de su conversión, su hermana se dirige a él para gritarle por lo que le ha hecho pasar a su madre.  Pero no se intenta entender sus resoplidos, sus chirridos, su silbido de rabia, su dolor.


¿Cuándo somos Gregorios, donde un cuerpo encontró esa sustracción de lo humano, y  extranjeros de sí?, ¿quiénes somos los Samsa trastocados por lo que teníamos, por momentos sin piedad, destruidos, asfixiados? De la resignación que atraviesan, el desprecio, y repugnancia, prefieren finalmente que perdure la memoria de un muerto, pero no seguir viviendo con ese espanto.  


La pubertad en cambio, en el mejor de los casos es algo que se pasa con el tiempo, va mermando su impacto, se reubica en una miscelánea de elecciones, amorosas, sexuales, laborales, de amistades, y retorna en la forma de ciertos residuos fragmentarios a lo largo de la vida. Hay algunas pubertades que no se pueden transitar, porque quedan apaleadas, acalladas  en una historia, por una falta de porvenir, por una infancia afectada, sin novela ficcional como recurso, o por una vorágine improcesable y sin amarres. Como con una herida incrustada en un caparazón, arrojada como piedra.  Desde el acostumbramiento a la desesperación…



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