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Lautaro Núñez: Estratos del pasado en el desierto de Atacama


La trayectoria del arqueólogo Lautaro Núñez es parte constitutiva de la historia de la arqueología del Norte Grande y de la historiografía nacional. Dedicado a indagar en el pasado, nos propone una estructura de cuatro estratos temporales, cuyas referencias cruzadas y relaciones van configurando el sentido del estudio del pasado del desierto de Atacama. Aquí una panorámica de sus aportes, desde sus tempranos estudios sobre el tráfico de caravaneros por el desierto, hasta su colaboración en el film Nostalgia de la luz de Patricio Guzmán.


Su trabajo en el Norte Grande atraviesa un arco temporal que va desde tiempos prehispánicos hasta la historia del tiempo presente. No obstante, como es ampliamente conocido, su quehacer investigativo se ha centrado en ese pasado más remoto, particularmente en el estudio de la interacción entre las comunidades humanas del desierto de Atacama. ¿Cuáles cree usted que han sido sus principales hallazgos en este campo?

Cuando inicié mis investigaciones arqueológicas, en 1963, no existía una secuencia clara, ni aún dataciones radiocarbónicas de las poblaciones que habitaron este desierto. Los estudios pioneros nos indicaban que habían existido asentamientos complejos dedicados a la agricultura, pastoralismo, pesquería, y que culturas tan importantes del mundo andino, como los Tiwanaku e Inkas, alcanzaron estos parajes. La propia arquitectura de estos últimos siglos prehispánicos daba cuenta de aldeas y obras defensivas junto a formas de vida y contextos culturales y tecnológicos que llamaron más la atención de los colonizadores españoles que del posterior Estado chileno. Desde estos inicios, al excavar algunos de estos sitios, no cabía duda que buena parte del desierto más extremo había sido ocupado a través de actos y gestas que dieron lugar a nuestros pueblos originarios en un espacio tan diferente al resto del país.


Estaba en eso cuando, desde mi temprana relación interdisciplinaria, tratando de imaginarme cómo fue el escenario antes de la prehistoria más reciente, orienté mis prospecciones hacia espacios con paleorecursos, tal como ya ocurría en otras regiones andinas. Trataba de identificar agrupaciones más arcaicas, cazadoras-recolectoras, que a través de sus antiguos desplazamientos nómades y trashumánticos pudieran haberse localizado donde hubiese sido posible la vida de una manera muy distinta a como solemos entenderla hoy. Y fue posible ubicar sus campamentos con materiales líticos anteriores a los 9.000 - 10.000 años A.P., en espacios con fauna, canteras, paleovertientes, tempranos lagos -hoy salares y desagües- en Soronal, Pisagua Viejo, Tiliviche, Talabre, Tulán, Puripica, Tambillo y otros. Estos sitios nos enseñaron que habían existido antiguos paisajes con recursos capaces de detener el movimiento de grupos humanos y fijarlos donde la tierra y el mar ofrecían alimentos suficientes. Estas decisiones debieron ser tan trascendentes que ameritaban más investigación. Hoy sabemos que hubo grupos humanos cuyas respuestas hicieron posible los inicios de la domesticación del desierto, lo que ha tomado el mayor tiempo de mis investigaciones a través de la circunpuna y enclaves tarapaqueños. Sus herencias explican los trascendentales cambios que ocurrieron posteriormente. Saber cómo los primeros grupos humanos transitaron y crearon aquí la habitabilidad del desierto de Atacama, es y será un tema fascinante.


Más allá de estos hallazgos, en términos más generales. ¿Cuál es el sentido del estudio del pasado del desierto y el altiplano?

No es fácil determinar “el sentido” de las investigaciones sobre la presencia de los primeros grupos humanos en estas regiones. El solo hecho de hacerla habitable y con ello iniciar el arraigo fundacional merece ser rescatado del ocultamiento que trajo consigo el mal llamado “descubrimiento” de América, que es más bien un encubrimiento. Para acoger estos sentidos del pasado los arqueólogos encontramos límites para comprender hechos memorables, que merecen reconstituciones sólidas y que den cuenta de toda su complejidad. No conversamos con esa humanidad pasada, tampoco escribieron sus relatos, nunca los vimos, pero sus vestigios materiales domésticos y monumentales, sus logros productivos, herencias lingüísticas, aportes tecnológicos y culturales, sus obras manuales sofisticadas y aun sus cosmovisiones e idearios derivados de sus legados tangibles, nos han permitido conocerlos y ahora hilar más fino con técnicas de disciplinas, ya no complementarias sino centrales y decisivas, como los análisis de ADN, isotópicos, bioantropológicos, polínicos y geológicos, entre otras.


Sin embargo, cuando entramos a un museo nos queda esa sensación de que allí hay conjuntos culturales creativos de alta valoración que nos asombran, pero que a su vez marcan los límites de nuestras investigaciones, porque aspiramos a más… Nos sugieren respuestas culturales muy complejas, desdibujando esas primeras impresiones heredadas del siglo XIX, bajo el predominio colonialista, acerca de que eran obras “primitivas”. Desde nuestras tácticas arqueológicas sabemos poco de la intimidad de estos antiguos creadores y sus acciones, a diferencia de las ricas fuentes de los historiadores, antropólogos y etnólogos. Cuestiones tan trascendentales como: ¿Cuál fue el ideario que los condujo al mundo agrario? ¿Por qué llegaron también a fundir los metales? ¿Qué pensaban cuando uno de ellos mostraba los logros de una invención tecnológica, como aquello de navegar en balsas inflables, o cruzar mucho antes que nosotros el desierto más extremo del continente con caravanas de llamas? Por todo lo anterior mantengo un “sentido” algo oculto que me ha perseguido por largo tiempo. He tratado de buscar las continuidades entre eso llamado “pre-historia” con la historia (con el permiso de Clio). Pues todo lo sucedido antes del siglo XVI que fui descubriendo no calzaba con aquellos aportes de los investigadores conservadores que practicaban la historia como un instrumento al servicio de las elites durante la fase embrionaria del Estado. Esto explica que se haya celebrado el bicentenario del país como si en solo doscientos años se hubiese alzado todo aquellos que nos rodea. ¿Acaso los trescientos años de dominio colonial no fue también parte sustancial del nacimiento de este joven Estado Nacional? ¿Acaso los 13.000 años de vida originaria prehispánica no fue suficiente para entregarnos una región domesticada y con una gran diversidad de pensamientos y obras de grupos étnicos repartidos desde el desierto hasta las tierras subantárticas, que recién se reconocen como pueblos “originarios”?


Los arqueólogos y cientistas sociales, que revelan los aconteceres y obras humanas desde el pasado remoto hasta hoy con sus métodos propios, nos hacen conscientes del acontecer humano como proceso complejo, de continuidades y cambios, sin “pre”, y nos integran a todos(as) al interior de una larga historia social en plural, haciendo frente a cualquier narrativa excluyente.


En el documental Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán (2010), usted se ha referido sintéticamente a lo que podríamos llamar diversos “estratos del pasado” que alberga el desierto de Atacama. En este sentido ¿podría referirse ahora a su experiencia con el estudio del pasado más reciente? ¿Qué relación entabla un arqueólogo con la historia presente de Chile “guardada” en el desierto?

Con el documental de Patricio Guzmán vi la oportunidad de acoger los signos de la martiriología de cada tiempo. Cuando era estudiante de Historia, marcado por mi acercamiento a la arqueología, me permití dos preguntas a mi respetado Prof. Hernán Ramírez: ¿Dónde enterraron a los combatientes mapuches abatidos por la guerra del Estado chileno? ¿Dónde a los acribillados en la escuela Santa María de Iquique? Y no hubo respuesta. Si él no lo sabía tenía entonces la certeza de que se trataba de esos ocultamientos bien guardados. Le dije que deberían ser prospectados y reconocidos como sitios de valoración histórica. A esa edad me preguntaba por qué los arqueólogos no podrían indagar dónde estaban, sondear y excavar científicamente.


Seguía pensando en todo esto cuando los fusilamientos de la dictadura comenzaban a ser identificados en fosas, y a lo largo del país los(as) arqueólogos(as) y bioantropólogos(as) asumían roles protagónicos. Esa antigua pregunta, esta vez para los detenidos desaparecidos, me la hizo replantear este respetado documentalista (o, mejor dicho: un cronista de los imaginarios más trascendentales del país), Patricio Guzmán. En mi dependencia de la Universidad Católica del Norte, en el mismo museo en San Pedro de Atacama, conversamos con esa familiaridad derivada de quienes habíamos compartido idearios universitarios anteriores y posteriores al golpe militar. Admitimos que estas preguntas seguían siendo válidas y que la dictadura, bajo el operativo “retiro de televisores”, una vez que fueron descubiertas las fosas clandestinas, procedió a los desentierros y nuevas formas de desaparición más definitivas. Calama ofrecía una evidente posibilidad para reconstituir visualmente uno de los hechos más crueles que comenzaban peligrosamente a disolverse en la memoria del país.


En el ámbito donde estábamos surgió además la importancia de revelar el mayor campo de concentración de prisioneros localizado en la oficina salitrera Chacabuco, cuyas reducidas habitaciones obreras fueron verdaderas celdas rodeadas de alambres de púas y minas. Cuando hablamos de este tema yo me preguntaba: ¿cuándo el Estado democrático pondrá en valor esta arquitectura debidamente restaurada convertida en museo de sitio para nunca olvidar qué sucedió allí? Hacerlo con una valoración dual: proletaria y carcelaria, desde la arqueología, la historia, la arquitectura, la museología, junto a los ex trabajadores y prisioneros, todos inspirados en Miguel Lawner, aquel arquitecto prisionero, que dibujó la planta del campo de Chacabuco en su memoria. ¿Acaso reconstituir sus muros con los nombres de tantos prisioneros no tendría un valor tan universal como aquellos grabados en Pompeya, cada cual en su propio mérito desde este otro pasado?


Es cierto que, en las palabras de Patricio, cuando “se abre la puerta del pasado” para salir de allí se requiere crear conocimientos debidamente trasparentes. Pero las mayores restauraciones en Chile se ven en las mansiones de las elites y no entre los cientos de asentamientos mineros abandonados en el desierto. Patricio tuvo la capacidad de ver el desierto pleno de ausencias y, caminándolo juntos, trataba yo de mostrárselo más habitado, con tantos cementerios que no desaparecen y que nos indican que la vida estuvo aquí “viva”, irrefutable y plena. Pero ahora nos enfrentábamos ante la muerte escondida y brutal.


Cuando con Olaf Olmos prospectamos en el campo de prisioneros de Pisagua me acerqué a lo que significa involucrarse en una materia que era por fin una acción que, desde mi juventud, advertía como posible. Sabíamos técnicamente como hacerlo, pero nadie nos dijo durante nuestra formación cómo responderíamos al ubicar y excavar a amigos ejecutados. Y aun al fallar en el intento de encontrarlos y probar posteriormente el lanzamiento de sus cuerpos al mar.


En Calama la reconstrucción de la secuencia de los hechos, con el equipo del Instituto, nos permitió ver a los prisioneros en una foto horas antes de sus muertes, analizamos el espacio de sus fusilamientos y luego el traslado a la fosa clandestina donde fueron trozados y ocultos. Junto con las mujeres familiares que los buscaban, y con la ubicación de leves restos óseos humanos, detectamos la fosa con escasos restos que permitieron probar que allí estuvieron y que fueron extraídos con una máquina excavadora de cinco dientes, hasta la plena evidencia de los uniformes y botines quemados por los ejecutores a causa de su ensangrentado. Las instrucciones del encargado de la “Caravana de la Muerte”, el coronel Arellano, fue extraer los cuerpos y trasladarlos hacia un destino hasta ahora incierto. Desde este dolor profundo Patricio tuvo la virtud de trasformar esta tragedia en un acto pleno de revelación y valoración universal capaz de ser acogida por espectadores de todo el mundo.


¿Cómo surgió esa estructura estratigráfica del documental, lo de los niveles astronómico, arqueológico, histórico y memorístico? ¿Qué función cumple? En la estrategia narrativa del film se persuade al espectador acerca de que dicha estructura es una propiedad objetiva del desierto, no una posible matriz interpretativa.

Desde su motivación astronómica precoz Patricio trató de describir lo sucedido con los fusilados de Calama. Era la oportunidad para sacar desde nuestras disciplinas una respuesta parecida a la verdad, un acto de desocultar tantos hechos dramáticos que habían ocurrido a lo largo del país. Ya en terreno nos encontramos con las mujeres que los buscaban recorriendo el desierto. Fue emocionante observarlas buscar con las palitas usadas por los arqueólogos y como nos mostraban fragmentos óseos mínimos que, en el caso de Victoria Saavedra, le recordaban cuando le mostraron parte del cráneo de su hermano con un impacto de bala y un tiro “de gracia” por la frente, caído en la fosa excavada durante la extracción con la maquinaria referida… y así, con todo, aceptarlo por fin como un fusilado y no perdido en la inmensidad del desierto. Buscaban a sus seres queridos en trozos o enteros sin claudicar, por tantos años, mientras Patricio establecía esa precisa y metafórica relación entre esta búsqueda y su particular astronomía, que lo conducía al encuentro de pasados más profundos.


Estábamos en eso cuando Violeta Berríos miró inesperadamente a la cámara, emocionada, y exclamó un leve y grandioso relato que unía a ambas búsquedas de dos pasados diferentes y vinculantes, desde la luz a los desaparecidos: “Ojalá los telescopios no miraran solo al cielo, sino que también traspasaran la tierra para poderlos ubicar… barrer la pampa con los telescopios, hacia abajo”.


¿Cómo aplicar las técnicas arqueológicas sin desprenderse de las emociones ante tanta criminalidad probada en Calama? La ciencia tiene aquí un límite solo posible de salvar desde el compartir plenamente nuestras posturas antifascistas. Nos miramos los tres largamente en silencio. En esas palabras estaba el ideario de Patricio que aspiraba a integrar astronomía, documentalismo, historia, arqueología, el paisaje, las preguntas y los testimonios vivos. Allí estaba Patricio dialogando con el lugar, con las familias involucradas, con los relatos escondidos en este mismo desierto que durante los últimos trece mil años no había sido testigo de actos tan inhumanos.


Por mi oficio debí aprender a excavar para reconstituir sociedades de todos los tiempos. Pero a nuestra generación nunca le enseñaron cómo comportarse emocionalmente cuando se excavan fosas con seres inmolados por sus idearios. En este caso acompañé a Patricio desde la poesía oral y visual, desde la inclusión social de los relatos, la sensibilidad de su cámara, y su sólida postura anti dictadura, con imágenes mixturadas que buscaban mensajes universales. Desde nuestras disciplinas podíamos compartir la valoración del desierto como un espacio pleno de ausencias, de tanta soledad amiga de la meditación que estimulaba en esos días “abrir la puerta del pasado” y por lo tanto un lugar ideal para reconstruir memorias ocultas.


Fue en ese contexto donde encontré un nexo irrenunciable con su documental. Esto es el descubrimiento pleno que nos unía con las ciencias sociales cuando expuso, dicho en sus propias palabras: “los que tienen memoria son capaces de vivir en el frágil tiempo presente, los que no la tienen no viven en ninguna parte”. Este énfasis en “excavar” las memorias y los hechos sociales de todos los tiempos, desde los primeros humanos hasta hoy, es la esencia de las estrategias arqueológicas para sostener esta larga historia, para traer al presente episodios que merecen ser remarcados y difundidos.


Entre su trabajo dedicado a revelar la vida de los grupos humanos del desierto en tiempos prehispánicos, y este otro abocado a llegar a la verdad de las muertes criminales de la Dictadura, hay una gesta de la que también se ha ocupado de dar cuenta, por ejemplo, en el libro dedicado a su amigo -hasta hoy detenido desaparecido- el geógrafo Freddy Taberna (Avísale Freddy, Lom, 2015), me refiero a ese trabajo en que se embarcaron -en los sesentas y comienzo de los setentas- un grupo de cientistas sociales para analizar el rol de la sociedad andina en el tránsito al socialismo.

Al inicio de los setenta los(as) arqueólogos(as) que ejercíamos en el Programa de Arqueología y Museos de la Universidad de Chile, Zona Norte, advertíamos que nuestro quehacer ameritaba relacionarse con las ciencias sociales, con una mirada más amplia interdisciplinaria para acercarnos a un tema que permanecía al margen tanto del Estado como de las universidades regionales: la sociedad andina. En nuestros recorridos arqueológicos observábamos a comunidades de tarapaqueños, aymaras, atacameños, quechuas, changos y aun afrodescendientes, hoy reconocidos como pueblos originarios, aislados en sus tierras, marginados y desprotegidos, sin voces externas que los defendieran de tanta marginalidad asociada a un cierto desprecio por sus orígenes. Ellos eran, y son, segmentos de un mundo andino-costero, distribuido en varios países vecinos, que permanecían sin conexiones, con escasos acercamientos académicos, y que obviamente provenían de un universo prehispánico y colonial. Fue entonces que decidimos organizar aquello que llamamos: “Primer Congreso del Hombre Andino” desde la sede de Antofagasta de la Universidad de Chile, integrando a los colegas de las sedes de Iquique y Arica. Efectivamente, así sucedió de un modo itinerante realizado en junio del año 1973. Eran tiempos de cambios y apertura hacia el conocimiento de la sociedad desde un prisma más inclusivo. Ya en julio del año 1972 se había celebrado en Santiago el Primer Congreso Nacional de Científicos, con una activa comisión de Ciencias Humanas liderada por el arqueólogo Julio Montané, al interior de un evento amplio y participativo organizado por CONICET. Allí comenzamos a difundir la situación étnica que observamos en las dos regiones más desérticas del país y la necesidad de crear una instancia de reflexión, análisis y debate.


Junto a los colegas del Programa, y escuchando consejos que venían de las sedes vecinas y países limítrofes, propusimos varios simposios que daban cuenta de la variedad de temas que nos inquietaban, que venían tanto de los pueblos andinos contemporáneos como desde la arqueología: “Migración y crisis en la sociedad andina”, “Verticalidad y colonización andina pre-europea”, “Problemas básicos del estudio del folklore andino”, “El rol de la sociedad andina en el tránsito al socialismo”, “La artesanía como estímulo al desarrollo andino”, “Bases para la planificación del desarrollo de la sociedad andina en el norte de Chile”, “Problemas básicos de caza-recolección: trashumancia”, “La revolución campesina y el proceso de agriculturación”, “Realidad y diagnóstico para una nueva orientación de los estudios antropológicos-arqueológicos en el área andina”. Recuerdo con sumo afecto a aquellos(as) académicos(as) que se encargaron de conducir estos simposios: Viola Muñoz, John Murra, Julia Fortun, Oreste Plath, Jorge Alfaro, Patricio Moreno, Patricio Núñez, Thomas Lynch, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Luis Guillermo Lumbreras, Rodrigo Montoya, el suscrito y su amigo Freddy Taberna.


Con todo listo, ya en Arica, nos sorprendieron con los primeros grupos de música y bailes andinos bajados desde las tierras altas, mientras que los debates se sucedían después de un profundo y masivo silencio ante el discurso inaugural del profesor Lipschutz. Desde allí a Iquique, en medio de un cuadro surrealista al trasladarnos en una flota de buses colmados de ciencias verdaderamente humanas por el medio del desierto, para terminar en Antofagasta. Aquí, al final de las ponencias y de las conclusiones del Congreso, justo el 29 de junio de 1973, ocurrió el llamado “Tancazo”, el alzamiento militar que intentó prematuramente la toma de La Moneda, anunciándose claramente que el golpe militar venía. Dos meses después se implantaba la Dictadura, se intervenían las universidades, se cerraba la Universidad de Chile Zona Norte y, tras salvar la documentación del Congreso, se logró a lo menos conservar los documentos de trabajo elaborados hasta ese instante.


¿Y qué rol jugó Freddy Taberna en esos primeros años de estudios andinos?

Manteníamos con él una amistad que provenía del mismo barrio El Morro de Iquique, y seguí de cerca sus estudios en el Departamento de Geografía de la Universidad de Chile, y su propia tesis “Los Andes y el altiplano tarapaqueño”, donde acogió la problemática aymara retomada en publicaciones posteriores. Estaba marcado por las materias andinas, al punto que logramos inicialmente que se creara el programa de Desarrollo Andino por la Municipalidad de Iquique. De esos momentos surgió aquel inspirador artículo sobre Isluga y su condición de pueblo sagrado. Después se integró a la docencia universitaria en la sede Iquique de la Universidad de Chile, labor que desarrolló junto a cargos estatales orientados a la planificación regional, sin dejar de lado su participación activa en las causas sociales y políticas que abrazaba.


Con discursos que nacían de sus recorridos y largas conversaciones con aquellos que vivían junto a los recursos del mar, de los valles y del altiplano, mantenía así esa bella mezcla entre una geografía social y la búsqueda de políticas orientadas a destrabar tanta desigualdad y marginalidad. Lo hacía desde su propia formación familiar y académica, dado que descendía de familias de pescadores, que se combinó con su histórico rol político en los inolvidables debates de nuestro Pedagógico de la Universidad de Chile, en Macul, con un discurso no sólo antifascista, sino además de recta práctica política, denunciando la corrupción local detectada en Iquique y ligada al narco. Todo esto, en particular lo último, explica que fuera una presa elegida luego del Golpe, dada la revelación de esta red de corrupción y la crueldad compartida entre los generales Contreras, Arellano y Forestier. Con su esposa Ginny detenida y amenazada de muerte, finalmente Freddy se entrega y es trasladado al campo de prisioneros de Pisagua, donde se realizaron montajes de juicios verdaderamente perversos. Según testigos enfrentó al pelotón de fusileros exigiendo que le sacaran la venda de los ojos.


Ya en los noventa, cuando se descubre la fosa de Pisagua, Olaf Olmos, un arqueólogo también iquiqueño, me llama para indicarme in situ que su cuerpo no estaba en la fosa. Sondeamos y lo buscamos hasta probar, con evidencias irrefutables, que fue lanzado al mar con peso agregado, con cemento, junto a sus compañeros abatidos ese día. Creo que ahora es oportuno entender mejor la persistente paradoja, ya indicada, de los(as) arqueólogos(as): nos enseñaron a excavar, pero nunca nos imaginamos que deberíamos registrar “evidencias” de seres contemporáneos masacrados por sus ideales a cargo de aquellos civiles y militares que sustentaron la dictadura. En este caso a uno de mis mejores amigos. Además de los informes formales pertinentes me propuse relatar su vida ejemplar en un libro -que tú ya has citado- destinado a no olvidarlo: Avísale Freddy, la historia de un hombre y sus razones (1943-1973).


Algún día se publicará un libro amplio y detallado sobre el importante aporte de arqueólogos(as), bioantropólogos(as) y otros científicos, en el desocultamiento de estos crímenes a lo largo del país.



Pablo Aravena



Esta entrevista se publicó originalmente en el número de diciembre de 2022 en la Revista de Geografía Norte Grande (N°83) de la pontificia Universidad Católica de Chile. Se puede acceder íntegramente a ella en: https://revistanortegrande.uc.cl/index.php/RGNG/article/view/31485



Foto: @Patricio Salinas

Proyecto Geometría de un Cautiverio

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