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Una lectura de Pantallas de Pablo Fante 

¡No más pantallas! Dice mi hija a mi nieto de once años que aún no tiene permiso para usar celular, pero cada vez que puede, subrepticiamente, toma el que le quede al alcance. El ama “las pantallas”, cualquiera que sea: TV, computadores, tablets, celulares.


—¿Qué miras? ¿Qué ves tanto? —le pregunto.

—De todo —me dice—. Películas, videos, musicales, juegos, series.

—¿Ahora estás viendo una serie?

 —No, ahora estoy jugando tenis…

—¿Cómo? Si estás ahí en el sillón pegado al celular.

—Es que hay una aplicación donde puedes jugar tenis. Ahora estoy jugando con el Chino Ríos…

—¿Y cómo puedes jugar en esa cosa tan chica?

—No es taaan chica, hay pantallas más chicas.

—Ah —le digo—, las pantallas…


Pantallas es el título del trabajo del poeta Pablo Fante que, a través del soneto, se impone la tarea de ir encerrando en jaulas las radiantes imágenes (“incendios parpadeantes”, “jardines de la lava”, “arroyos de diamantes”) con que intenta expresar, mediante palabras, este magnífico parpadeo.


Inicio la lectura y casi instantáneamente aparece en mi mente el resplandor de la replicante de Blade Runner atravesando veloz una vitrina, sus vidrios volando, la mujer, sus brillos, sus fulgores, su muerte.

Cómo convertir esa imagen visual en exacta imagen escrita. Ya que no hay concordancia alguna entre esta imagen y la imagen de la muerte de la replicante escrita en la novela de Phillip K. Dick en la que se basó la película. 


Pienso que, al iniciar la escritura de estos poemas, el juego y desafío para el autor fue a qué formas acudir, qué lenguaje usar, recordar, inventar para abrir ojos y pensamiento más allá de este objeto-pantalla que tan rápido nos impregna y en el que, a veces sin saberlo, ya estamos inmersos. 


La disyuntiva es: ¿castigar y denostar la “maldad” del elemento “pantallas”? ¿O simplemente exponerlo con humor e ironía a través de un verso antiguo, a cuyas reglas debe someterse este elemento, aún sin palabras?


En forma a veces sutil, y muchas veces directa y feroz, el poeta usa su contradictoria herramienta: el verso clásico, sus reglas y la profunda ironía, actual, moderna, que nos llega con un soterrado humor y, a la vez, como aguda advertencia.


La voz poética de Pablo Fante mira y observa estos procesos con ojo crítico. Pero el ojo se rinde, nos dice, los pixeles tienen mensajes que “nos tiñen” y seducen. ¿A quiénes? ¿A qué? Un ejemplo: el uso de una palabra que podríamos considerar lejana a la escritura-imagen en pixeles:  la palabra alma. Los mensajes traen a nuestra alma algo que coincide con un anhelo nuestro: el deseo de pertenecer. Dice el autor: “Pantalla palpitando en mi bolsillo / para saber que existo ante los otros / […] / para estar acompañado ante la masa, / para ser en la multitud que ignoro / y estar conmigo mismo entre los otros”. 


La pupila absorbe, se siente conectada a todos y se muestra única en su especie: ser “único en el mundo”, en la pantalla “es algo plano, / resumen, semejanza”. Lo que se piensa, cree, siente el sujeto, se metamorfosea en forma lisa “en un espacio sin profundidad, / sin hormonas, ni olores, sin el mar”, “sin heridas”, sin esporas: “Un mundo donde hay alguien, miles, nadie”… La paradoja es que nuestra aparente conexión con ese “todos” es, dice el autor, “un juego solitario / pues no hay nadie al otro lado, / solo máquinas y datos”.


También hay preguntas, observación, dudas, confesiones, en diversos poemas:

“Si la pantalla es un objeto físico, / ¿su dibujo de luz una presencia / o simple trazo que se esfuma en vivo / en cada tuétano de la conciencia?”.

“Y lo que no se exhibe en el cuadrado, / eso latente, externo de su marco, / ¿existe obligatoriamente fuera? // Porque quizá es nada, ni siquiera en vivo, / y solo existe luz que reverbera / y estos ojos absortos en vacíos.”

“Así dudamos”.

“Aunque sé que estoy aquí, / sentado en mi mismo cuerpo, / recargando mi esqueleto / con la masa blanda, así; // aunque sé que estoy despierto / […] / me ignoro profundamente, / me pierdo entre mis abismos, / me calcino en lo más mío”.

“Encorvado hacia la luz / con los ojos rojos, rotos, / con la espalda jorobada, / las rodillas recogidas / y las garras afiladas. // Con todo el cuerpo tenso, pero quieto, / […] / así me siento frente a la pantalla”.


La fotografía

Sin embargo, la mirada del autor, no se reduce a las pantallas. Hay una lúcida detención en la fotografía:

“Ese ojo que, insaciable, todo traga / —cada instante con cada afín encuadre—, / nos dice que existimos, todavía, / y que, dentro del caos, hay señales”.

“El tiempo capturado en una foto / son los segundos de exposición / a las luces, a la cocción del sol: / impregna lo que vibra como un todo. // En su fragmento de verdad total / —ese instante azaroso revelado / por un clic y un espejo al otro lado— / enrollamos pasados sin edad”.


Este libro de Pablo Fante, en una hermosa edición de bolsillo, como a él le gusta, contiene reflexiones profundas sobre la humanidad, la ética, nuestras contradicciones, las paradojas que nos constituyen, la falsedad de los discursos que en flashes nos entregan y que nosotros creemos. Las pantallas son expuestas y descarnadas en sus múltiples dimensiones; también en su belleza.


Varios aspectos de los poemas merecen una detención mucho más larga y reflexiva. Por ejemplo, el trazado de la luz que aparece y desaparece…


Finalmente, me detendré en algunos fragmentos donde el autor nos muestra —tal vez— la línea de su búsqueda: encontrar el ser de este objeto y del lugar que éste ocupa en su mundo y en el mundo:

“La pantalla completa intento ver, / pero, cual dios, evita mi mirada. / Busco algún punto o rayo de su ser, / una sola figura, alguna raya, // pero sigo el barrido de la cámara: / me arrastra el movimiento de la imagen, / los pixeles se funden entre manchas / en la impresión global de sus parajes”.

No hay posibilidad de asir el ser —o el no ser— de un algo que es solo movimiento (¿símil del dios, de Dios?).


Y, aunque este poema continúa, estas son para mí, por el momento, las reflexiones o la broma final de este mundo de pantallas… Y del otro: 

“quizá, al fin, el mundo es este espejo: / una experiencia general, difusa / en sensación de paso y de destierro, // porque el orbe es el gráfico escenario / de tragedias borrosas y de dudas, / de luz que es un teatro imaginario”.


Soledad Fariña

Marzo de 2026


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