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Amar, pecar, morir [en Autoícono, de Javier Llaxacondor]

Como libro, Autoícono no sigue el formato común. Es un libro objeto, ese tipo de obra en el que la forma física tiene el mismo protagonismo que el contenido y las ideas escritas. Hoy, el libro objeto tiene un valor particular, y es que su materialidad sensorial no puede, al menos de momento, digitalizarse. Cuando recibí Autoícono, me pareció que era algo que debía manipular con especial cuidado. Al abrirlo, el libro se desplegó en una sola tira de papel impresa por ambos lados con textos y dibujos. No era exactamente una cinta de Möebius, más bien el pliegue se asemejaba al de un acordeón, pero pensé en una cinta de Möebius y ya no pude deshacerme de esa idea. Entonces, porque sé que en este punto del planeta en el que coincidimos ambos somos extranjeros, entré en una conversación imaginaria con el autor: Dime chasqui, adónde vas, qué buscas. En este viaje ¿vas de ida o de regreso? ¿Aún te reconoces en ese eterno retorno a Ítaca? Tú eres chasqui, yo por ser del otro lado del océano quizá corredor de maratón, pero estamos en la misma carrera. Sabemos que el tránsito es un estado confortable porque no hay que dar explicaciones, aunque los costos vayan de la desorientación ocasional al apuntalamiento constante de una resiliencia portátil en la que la única casa posible termina siendo el cuerpo que se desplaza.


Con la curatoría de Mabel Palavecino, el objeto Autoícono es producto de la colaboración del poeta peruano Javier Llaxacondor y el grabador chileno Nelson Plaza. Algunos de los textos y poemas de Llaxacondor se crearon a partir de una invitación para acompañar las obras de una muestra de Plaza en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Sin embargo, otros poemas surgieron en el camino y fue entonces el artista quien contribuyó a ilustrar Autoícono. Esa simbiosis colaborativa la desarrolla en profundidad Pablo Fante en la presentación que realizó con motivo del lanzamiento del libro. Remito a su lectura para conocer en detalle el contexto y la simbología representativa. Y para no repetir. Porque yo ya me he embarcado en la cinta de Möebius de Autoícono y es en ese ánimo de experiencia vital, que de alguna manera comparto, la que sigo para hablar sobre este libro.


En la portada de Autoícono: un triángulo. A lo largo del texto, la palabra y su representación aparece en varias ocasiones. El triángulo es ​​la primera, más simple y estable figura de la geometría. Se constituye como la arquitectura mínima necesaria para que algo permanezca en pie. Una vez establecidos sus vértices, es indeformable. Más allá del carácter geométrico que exhibían parte de las obras de la exposición de Plaza, esta figura tiene características representativas y simbólicas relevantes en relación al trasfondo de los textos que terminan componiendo Autoícono. El triángulo conecta con el espíritu trinitario cristiano (padre-hijo-espíritu) y con la cosmogonía incaica (cóndor-puma-serpiente). El tres es pilar de armonía en todas las religiones y culturas que de forma intuitiva, supieron reconocer en la figura geométrica del triángulo el nexo entre la unidad y lo múltiple. Simbólicamente, el triángulo resuelve el conflicto de la dualidad. Si el uno es el origen y el dos la separación o espejo, el triángulo -tres-, es el punto de equilibrio que permite la creación. La estructura de resiliencia que organiza el caos del presente y conecta lo divino, lo terrenal y el inframundo, ese fósil colectivo que constituye la memoria que se habita, pilar de base para autoreconocer y cimentar la identidad. Y Autoícono es la exploración de una identidad itinerante (física y conceptual) que en el camino trata de juntar los jirones que el viaje va rasgando en el traje del extranjero. 


En Autoícono no se persiguen las categorías sentenciosas de la posmodernidad, la intertextualidad o el metarrelato. En tiempos de catecismos, tampoco expresa una actitud activista o discursiva afín al gusto y canon moralista de las narrativas mediáticas. En ocasiones el autor escribe a mano, subraya, tacha, anota como se hace en los cuadernos de viaje. Incluso en los textos creados para la exhibición de Plaza, se percibe en Autoícono una indagación que busca la casa y el origen. Un recorrido personal hacia una casa ya legendaria, explorada con una lengua, imaginario y recursos impuestos que intentan aprehender esa raíz a partir de elementos diferentes y desde otra perspectiva. Un itinerario íntimo que pretende conciliar el origen mítico con la realidad presente. Presente que Llaxacondor, con objetivo espíritu cartesiano, no desconoce ni desacredita. En ese cruce de ancestral totémico y de sarcasmo y autocontrol inglés, se auto contiene el ícono de la identidad cruzada por el viaje y la suspensión del tránsito. 


El triángulo, como elemento significante intercultural, aparece como nexo y de alguna forma conecta con otros contextos de lenguaje. Sintoniza con la estructura del tocapu, una forma tridimensional de escritura ligada a la heráldica y registro de los linajes que para nuestro entramado mental es muy difícil de comprender. También es referente esencial del imaginario primigenio de muchas otras culturas. Esa amplia complejidad representativa la sincretiza el autor en una trinidad común y asequible para todos: “amar, pecar, morir”.


Hay algo de deriva en el propósito de la existencia y en la construcción mítica de la identidad que se transforma en ícono para sostenerse. La cinta de Möebius no tiene principio ni fin, y tal vez por eso la identidad del extranjero es siempre ser extranjero. Hasta que un día se sorprende extrañándose de sí mismo y dejando ese rastro en los textos. Nunca volveremos a Ítaca porque Ítaca ya no existe.

De muchas formas se ha dicho que hay que ser lúdico para ser profundo. Me quedo con los abismos que el autor sumerge en varios títulos con buenos nombres para tragos: Nazca Dry, Vinland, Sky Glow.

Y en esa deriva sin certezas, a la que me sumo, viene al caso y me acuerdo del gato de Cheshire cuando le dice a Alicia que si no sabe a dónde va, no importa el camino que tome. Porque siempre llegará a algún lugar. Si camina lo bastante.




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Autoícono
Javier Llaxacondor
Nelson Plaza

Ed. Ars Lucis 2022




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