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Edipo ha muerto



En la Carta 71 del 15 de Noviembre de 1897, Freud – prosiguiendo con su autoanálisis,

retoma un sueño que – cartas atrás habría relatado a Fliess - a partir de un recuerdo

encubridor.


“Pregunté a mi madre si todavía se acordaba de la niñera. Desde luego, dijo, "una vejancona

un poco lunática, ella te llevó a la rastra por todas las iglesias: cuando después volviste a casa,

predicaste y contaste lo que el buen Dios hace. Cuando yo acababa de tener a Anna (2 años y

medio menor), se supo que era una ladrona y se le encontraron todos los kreuzer nuevitos, los

décimos y los juguetes que se te habían regalado. Tu hermano Philipp fue en persona a buscar

al policía y entonces le dieron 10 meses de arresto».


En el sueño relatado a Fliess, la niñera lo inducía a hurtar décimos y a dárselos. En

verdad, dice, “el sueño significa que ella misma ha hurtado”.

Continúa Freud, “Pero tengo otra prueba de todo punto inobjetable, y divertida. Me

dije, si la vieja desapareció así de repente, la impresión de ello se tiene que registrar en mí.


¿Dónde está, pues? Entonces se me ocurrió una escena que desde hace 25 años afloraba en

ocasiones a mi recuerdo conciente sin que yo la comprendiera. Mi hermano Philipp (veinte años

mayor que yo) me abre una canasta, y después que tampoco allí dentro encuentro a mi madre,

yo lloro todavía más hasta que ella elegante y bella entra por la puerta. ¿Qué puede significar

ésto? ¿Para qué mi hermano me abre la canasta si sabe que mi madre no está dentro? Cuando

eché de menos a mi madre, temí que desapareciera lo mismo que poco antes la niñera. Debo

de haber oído que ésta estaba encerrada, y por eso creí que mi madre lo estaba también, o

mejor, que estaba «encanastada», pues de tales expresiones en chanza gusta hasta el día de

hoy mi hermano Philipp, quien ahora tiene 63 años. Que yo me dirigiera justamente a él prueba

que estaba bien al tanto de la parte que tuvo en la desaparición de la niñera. He colegido

entonces, un único pensamiento de valor universal que me ha sido dado. También en mí he

hallado el enamoramiento de la madre y los celos hacia el padre y ahora lo considero un suceso

universal de la niñez temprana. Cada uno de los oyentes fue una vez en germen y en la fantasía

un Edipo así, y ante el cumplimiento de sueño traído aquí a la realidad retrocede espantado

con todo el monto de la represión que separa su estado infantil de su estado actual”.


De este modo, Freud hallaba en su transferencia con Fliess, el rastro de un recuerdo

infantil que lo llevó a encontrarse con este pensamiento de alcance universal, la intelección del

complejo de Edipo. Es curioso que allí él sitúa los elementos fundamentales que constituyen

dicho complejo, ficcionados en una escena infantil, la angustia que supone la desaparición de

la madre, el desengaño al que lo lleva la intervención de su hermano mucho mayor que él

(quien le muestra esa canasta vacía) y la niñera (sustituto materno) que hurta y es apresada

por ello. El amor a la madre, los vestigios de la culpa, el desengaño y esa angustia de castración

como efecto necesario. Todo lo que allí aparece de algún modo condensado, lo irá

desplegando en diferentes momentos.


Es interesante que el “pensamiento” del Edipo haya sobrevenido a Freud a partir de un

sueño y un recuerdo encubridor, es decir, a través de sus propias formaciones del inconciente.

Es a partir de su pérdida, de la angustia por la ausencia de la madre, lo que lo anoticia

de ese amor hurtado por ella.


“Edipo ha muerto”, Ensayos de filiación, (Qeja Ediciones, 2023), explora las

coordenadas actuales del Complejo de Edipo, sus restos fósiles en la constitución humana.

¿Con qué otras coordenadas nos encontramos hoy en día para pensar la

estructuración psíquica de un niño?.


Bajo la sentencia “Edipo ha muerto”, Luciano pone en cuestión las condiciones que

releva la clínica actual, donde no es tan claro que un niño transite por el complejo de Edipo o

no va de suyo suponerlo. Diferencia al niño per sé de un “hijo”, como efecto de la operación

fundante de la filiación.


Su desarrollo - que tiene el ritmo de una conversación, de un diálogo que recuerda el

intercambio epistolar de Freud con Fliess – va circunscribiendo una pregunta que hilvana los

tres apartados del libro. Cito; “¿Qué vigencia tiene el complejo de Edipo hoy, como matriz

simbólica que asegura la filiación de un niño?”.


En la primera parte de su libro dedica un despliegue minucioso a los modos de crianza

actuales. La lectura va decantando en un punto en que, lejos de reducirlo a la ficción

imaginaria de amor a la madre y la rivalidad con el padre, lo remite a una experiencia de

“terceridad”, de constatación de una imposibilidad inherente al deseo, un deseo impedido. La

prohibición o la imposibilidad de acceso a él luego será referido a alguna instancia tercera, en

sus diferentes versiones fantasmáticas.


El autor retoma los tres grandes complejos de la infancia que desarrolla en “Más

crianza, menos terapia”, el complejo del destete, el control de esfínteres y el complejo de

Edipo como instancias de separación necesarias de las modalidades de la pulsión.

Es un libro que de entrada nos sumerge en la particularidad de la clínica con niños, con

detalles que permiten al lector encontrarse con enunciados ciertamente típicos de esta época

que circunscriben otras formas de crianza, como la lactancia prolongada, el colecho y otras

formas del parasitismo infantil o indiferenciación entre el niño y el otro. Las diversas formas

que adquiere la falta de simbolización de la ausencia del otro aseguran una continuidad entre

ese niño y el otro que tendrá incidencias en la integración narcisista del Yo así como en la

posterior constitución del sujeto.


En algún momento tiene que ocurrir ese desentendimiento entre el adulto y el niño, el

fastidio o hasta la molestia que este último le produce, lo que lejos de suponer una falta de

amor es casi su constatación, es decir, el amor es lo que el otro dona como signo de su falta,

de un “no te entiendo”, “eso ahora no”, “preguntale a tu padre”, una referencia contingente

que rompe la continuidad entre uno y otro. De entrada, suele ser el bebé quien muy

tempranamente da signos de un rechazo que comienza a instituirse.

El amor en tanto ligado a la falta nos introduce en una deuda simbólica que garantiza

la filiación.


Uno de los signos de la incipiente separación de la devoración que implica la pulsión

oral suele presentarse bajo la forma de intolerancia a la leche materna, dificultad en el pasaje

entre la leche y los alimentos sólidos, niños que durante mucho tiempo son muy selectivos con

las comidas, o que a la hora de comer hacen grandes berrinches.

Estas y otras consultas llegan al consultorio de los analistas, donde no hay síntomas

constituidos del orden de la instalación de una neurosis infantil, sino antes bien, coyunturas

clínicas que atañen al desarrollo de las funciones básicas del Yo.


Podría decirse que es una clínica de lo preliminar. A veces es el dispositivo del análisis

lo que oficia como instancia de subjetivación, apuntalando a padres destituidos o no

instituidos en sus funciones parentales, padres más bien “hijos”, que siguen en continuidad

con el discurso de sus propios padres, padres que quieren ser “amados” por sus hijos, en una

suerte de locura por ser buenos padres, lo que parece ser proporcional a la culpa por

reprenderlos de más o convertirse en autoritarios.

Luciano ubica muy bien esas señales de angustia en los padres frente a los esfuerzos

de subjetivación que hace el niño. “Donde hay un niño que se está subjetivando, hay un

conflicto, hay un adulto angustiado”, dice.


“Un niño es un hijo si está en relación con un deseo que lo precede y lo excede”, deseo

que el niño va a investigar y sobre el que – mediante teorías - hará una elaboración de saber.

El autor diferencia entre el destete como interrupción de la lactancia a la instancia

simbólica que éste representa para adentrar al bebé en el acto de jugar. Es cierto que el primer

juguete de un niño suele ser la teta, a la que agarra, deja, aprieta, busca entre las ropas de la

madre, que puede desplazarse a la oreja, el cabello, o una parte de su propio cuerpo. La

pulsión que se desprende, se separa del cuerpo del otro como objeto y va y viene, vuelve

sobre sí, erotizando el propio cuerpo.


Somos hijos del deseo, nos dice Luciano, mientras que las funciones parentales vienen

a recubrir el modo singular en que “el deseo se engarzó en nosotros”.


En el segundo gran apartado del libro, dedicado a la adolescencia, nos encontramos

con viñetas clínicas y el análisis de casos de “niños grandes, niños erotizados o niños con un

desarrollo puberal” pero que no han atravesado el complejo de Edipo. Es la castración lo que

introduce al niño en el periodo de latencia, pero si no hay experiencia de pérdida, ni

imposibilidad, ni vacío, hay tropiezos a la hora de acceder a otros objetos, por ejemplo investir

el saber en la escuela, ir a buscar en algún otro lugar, un lugar tercero, novedoso, aquello que

ya no se encuentra en los otros parentales.


A medida que avanzamos en la lectura nos encontramos con notas clínicas precisas

acerca de las diversas identificaciones actuales en los adolescentes, que ya no están

comandadas por el complejo de Edipo como brújula más o menos ordenadora de las ficciones

humanas, como tales erráticas y, por momentos, inconsistentes.


Más bien nos encontramos con el Ser idéntico a sí mismo. El Ser y el saber quién Soy

lideran la escena adolescente imponiéndose sobre el Hacer. La pregunta por el Ser sustituye el

clásico “qué voy a hacer de mi vida”, pregunta que se constituía en legado de la huella

paterna, como la prospección de algo que no estaba del todo asegurado a partir del Yo.

Entonces el narcisismo viene a obstaculizar el síntoma, como conflicto frente al deseo.


La adolescencia ya no es la orilla segura donde el síntoma puede venir a encallar.

El autor nos propone pensar en esta búsqueda más de reconocimiento del Ser que de

autorización del acto a través del deseo. Deseo que, en última instancia, nos divide.

Concluyendo, “Edipo ha muerto” es un libro precioso y necesario para quienes nos

concierne la pregunta por la clínica con niños y adolescentes, así como para aquellos que –

compelidos por las tareas de crianza, se encuentran convocados a reflexionar sobre ella.

Este es uno de esos libros en que el autor nos hace parte de una conversación en las

que nos habla un poco a todos.




















Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

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