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El sacrificio

Una joven testigo de Jehová, tras sufrir un derrame cerebral, se opone a recibir transfusiones de sangre por un mandato de dios que su religión así ha interpretado (Levítico 17:14).

Este episodio no es nuevo, ha sucedido en muchas épocas y países.


Las religiones, especialmente las cristianas, tienen incrustadas inconscientemente la costumbre del martirio. Una religión es básicamente obediencia, no lo dice el pastor de la esquina, sino grandes pensadores como Kierkegaard o Simone Weil. Para Kierkegaard el acto más grande del ser humano, no está en haber escrito la Crítica de la razón pura, sino en obedecer ciegamente el mandato de dios que pide sacrificar a un hijo. ¿Quién es Kant al lado de Abraham?


La obediencia está por sobre la insignificante práctica médica que podría salvar la vida. El doctor, sabio terrenal, no puede entender lo que quiere decir el Levítico. Solo entiende el Levítico el que cree, no el que reflexiona. Recibir una transfusión es pecado. Pero para pecar hay que estar vivo.


El yo no es más que la sombra proyectada por el pecado y el error -escribe Simone Weil en la Gravedad y la Gracia- los cuales se interponen ante la luz de Dios, y a los que yo tomo por un ser. Aunque pudiéramos ser como Dios, más valdría formar parte del barro que le obedece.


Pero mi punto no es religioso, es el giro (neo) liberal de la sociedad frente a este asunto. Antiguamente estos casos indignaban a la ciudadanía que aún izaba la bandera victoriosa de la razón, frente a la oscuridad medieval de la religión. Antes se denunciaba la barbarie de dejar morir a un hijo, se buscaban mecanismos jurídicos para frenar tal aberración.


Hoy, a juzgar por los comentarios de la noticia que ya es viral en muchos sitios, el sentimiento pasó de la antigua indignación ilustrada (Voltaire sí que se hubiese indignado mucho con este caso) a la indiferencia total. La mayoría de la gente opinaba que si esa era su creencia había que respetarla, otros más pragmáticos decían que dejara luego el cupo de la cama del hospital.


Ya nadie lucha por la laicización de la sociedad, si alguien quiere casarse con una lechuga está perfecto, si hacemos una iglesia que adore a Elvis o Maradona ¿que daño hacen? Si una joven no quiere recibir transfusiones bien por ella, mañana saldrá otra que no quiera recibir oxígeno, mejor para el hospital.


Es la japonización del mundo. El neoliberalismo de hoy prefiere los actos más absurdos en nombre de dios a que el Estado se vaya a involucrar con las excéntricas creencias de los fieles.

Mientras su acto no atente contra mi domingo libre todo está bien. Que cada uno haga lo que quiera y que me deje tranquilo. En una sociedad así, el martirio, tan efectivo en los primero años del cristianismo, pierde su sentido. Hoy existe el Jackass. Los jóvenes se hacen sangrar en cámara por aplausos.


En Japón si alguien se mata en el metro, los familiares deben pagar el costo de limpieza y logística para sacar el cuerpo de allí. Hay que habilitar rápidamente las líneas porque mañana se debe trabajar.


Somos la primera generación educada sin religión, decía un capítulo de Douglas Coupland en La vida después de dios. Somos la primera generación que le importa un comino si Abraham degüella a Isaac. Cosa de él...



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