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Frankenstein jr.


Pero todo era un sueño; no tenía una Eva que aliviase mi dolor y compartiese mis pensamientos; estaba solo. Recordaba las súplicas de Adán a su Creador. Pero, ¿dónde estaba el mío? Me había abandonado y en la amargura mi corazón le maldecía.

Mary W. Shelley: Frankenstein o el Prometeo moderno.


Victor Frankenstein, «el moderno Prometeo» de Mary Shelley, ¿cómo llega a ser el creador de monstruos más característico de la literatura de terror? ¿Cómo decae de héroe mítico a una visión suturada de cuerpos trozados, crímenes horripilantes y un castigo peor que el del águila devoradora de hígados recompuestos del mito griego; el del ser el creador de una especie única, abominable por su extranjería total, acorralada en todos sus deseos por poseer un cuerpo inadmisible para los otros?


«Una lúgubre noche de noviembre vi coronados mis esfuerzos. Con una ansiedad casi rayana en la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos capaces de infundir la chispa vital al ser inerte que yacía ante mí. Era la una de la madrugada; la lluvia golpeteaba triste contra los cristales, y la vela estaba a punto de consumirse, cuando, al parpadeo de la llama medio extinguida, vi abrirse los ojos amarillentos y apagados de la criatura; respiró con dificultad, y un movimiento convulso agitó sus miembros». Así, con una capacidad de síntesis asombrosa, despacha Mary Shelley la creación de la Criatura por parte de Víctor Frankenstein. Y aunque él —o ella— afirma ,en un par de oportunidades en el transcurso de la novela, que no dará más detalles de su experimento por el horror que produciría, pero, sobre todo, para que nadie intente emularlo, creo que, este párrafo encierra una lectura entrelíneas: la impaciencia y la indolencia de Víctor, que desatan la tragedia posterior.


«Existen dos pecados capitales en el hombre, —afirma Kafka en uno de sus aforismos más comentados— en los cuales se originan todos los demás: impaciencia e indolencia. La impaciencia hizo que lo expulsaran del Paraíso, al que no vuelve por culpa de la indolencia». Vemos estos dos pecados kafkianos en el comportamiento de Victor Frankenstein durante el proceso de creación del monstruo: indolencia en sus estudios en la Universidad de Ingolstadt, por la premura para reparar sus conocimientos erróneos de los alquimistas, como Cornelio Agrippa; por un estudio tan apasionado como vacilante, propio de la disforia romántica, de la Filosofía Natural, y la aplicación de esta al hacer a la Criatura («¿Quién puede imaginar los horrores de mi trabajo secreto, mientras andaba entre las humedades impías de las tumbas o torturando a los animales vivos con el fin de dar vida al barro inanimado? (...) Recogí huesos de los osarios y turbé con dedos profanadores los tremendos secretos del cuerpo humano», confiesa con apasionada impaciencia Victor Frankenstein al capitán Robert Walton, en las nieves eternas del Polo Norte); e indolencia, cuando al encontrarse frente «a unos ojos aguanosos que parecían casi del mismo color blancuzco que las cuencas que los alojaban, una piel apergaminada, y unos labios estirados y negros», huye, abandonan a la Criatura a su suerte, sin detenerse ante las futuras consecuencias. La novela se encarga del «proceso» de Victor y la justicia se transforma en su Némesis a la Criatura.


El primer encuentro entre Victor Frankenstein y su criatura tiene lugar en las faldas del Mont Blanc, un atardecer nevado y frío, y las primeras palabras que le dirige el ‘padre’ a su ‘hijo’ son: «Demonio, ¿cómo te atreves a acercarte a mí?». No son precisamente las palabras más adecuadas de un padre a un hijo después de abandonarlo, porque, por más que no hubiese sido concebido por sus homúnculos, él era el responsable del engendro, y, monstruoso o no, era algo así como su hijo. El episodio tiene lugar en el tercer relato en abismo de la novela de Mary Shelley, un relato que la criatura dirige a su creador con admirable elocuencia, plagado de efectos retóricos y, se supone, articulado en francés, que fue la lengua en que aprendió a hablar y leer la criatura. El lenguaje es fundamental en la ‘educación’ de Frankenstein Jr. Y en su comprensión del mundo. El mismo Victor lo sabe y teme: hacia el final del relato, le advierte, moribundo, al capitán Robert Walton, en las nieves polares, que se cuide de la «elocuencia» de la criatura. El lenguaje mana a borbotones de este cuerpo suturado y deforme, y su creador arrepentido lo percibe como una amenaza casi tan deletérea como su fuerza física.


Es la misma Criatura la que relata su educación autodidacta, desesperada y brutal, que lo saca de un estado de buen salvaje rousseauniano, o de un Kaspar Hauser gótico, y lo acerca al mundo de los hombres ‘normales’, al que nunca podrá ingresar, sin embargo, a pesar de sus conocimientos de la lengua francesa, sus dotes oratorias y las clásicas lecturas que adquiere, con la misma naturalidad que el viento en el bosque en que ronda, poco más adelante. La monstruosidad de su cuerpo, su desmedida estatura, su ser Otro para cualquier ser humano, esa otredad radical del unicum lo aparta, porque, finalmente, constituye su verdadera maldición, más allá de la maldición que recaerá en el Prometeo Moderno, Victor Frankenstein, al querer ofrecer a los hombres la dádiva equivocada.


La Criatura aprende por el método ensayo-error a sobrevivir y conocer los extremos de la experiencia, aspectos que van a ser fundamentales en su Destino y en el de su creador: «En mi alegría, —rememora y razona la Criatura— metí la mano entre las ascuas encendidas, pero la retiré inmediatamente con un grito de dolor. Qué extraño, pensé, que la misma causa sea capaz de producir efectos tan opuestos». Poco después va a descubrir, en una cabaña del bosque que le sirve de cobijo, a una familia de exiliados franceses, a los que se dedica a observar, oculto en un galpón en desuso cerca de la cabaña y a los que llama, idealizándolos, sus ‘protectores’. La Criatura aprende las reglas de la familiaridad, la cortesía, el contrato social, la virtud; pero, y sobre todo, el poder y la magia de la comunicación lingüística: «Poco a poco fui haciendo un descubrimiento de mayor trascendencia aún. Me di cuenta de que esa gente poseía un método de comunicar sus experiencias y sentimientos, articulando sonidos. Noté que las palabras que pronunciaban producían placer o dolor, sonrisa o tristeza, en el espíritu y en el semblante de los que escuchaban. Era esa, efectivamente, ciencia divina, y deseé ardientemente dominarla yo también». Cosa que, como el lector de la novela puede ver por sus mismas palabras, ha logrado perfectamente; más aún, puede emitir juicios sobre el mismo lenguaje que utiliza, al considerarlo un medio para intercambiar afectos y también un instrumento divino. La Criatura es ya un lingüista bastante avezado; pero, esa noción de Divinidad, ¿de dónde la saca?


Un momento clave del relato de Mary Shelley se produce cuando la Criatura descubre la lectura en voz alta, que practica un anciano exiliado en la cabaña del bosque con sus hijos y su nuera musulmana, Safie, a la que lee La ruinas de Palmira de Volney. En este punto la Criatura comienza adquirir un conocimiento más vasto: historia y geografía, el tiempo y las distancias, la diversidad y las desventuras del mundo. A medida que se adentra en el saber, el monstruo se va haciendo más taciturno, más infeliz: «Pero el saber no hacía sino aumentar mi sufrimiento». Tanto el lenguaje como el conocimiento, inútiles, si no se pueden compartir con sus iguales, resultan más bien un castigo tantálico para la Criatura, que, a pesar de ingresar cada vez más en la cultura y el conocimiento, no puede adentrarse en el Otro, porque el aspecto de su cuerpo y el origen de este —si se supiera— lo hacen intolerable para el Otro.


Las lecturas, como a Don Quijote, terminan de hundir a la Criatura de Victor Frankenstein. Una tarde, deambulando por el bosque, se encuentra con una maleta negra —¿por qué el color?— que contiene tres libros, por azar o destino, traducidos al francés, y que son la base de sus lecturas personales y de su propia y aparentemente restringida biblioteca: Las desventuras del joven Werther, de Goethe; El Paraíso perdido, de Milton, y un volumen de las Vidas paralelas, de Plutarco. Los libros que la Criatura lee «convencido de que eran historias verdaderas» le despiertan en la mente (que en ningún momento de la novela de Mary W. Shelley se dice que sea la de un criminal como en el filme de James Whale rodado para la Universal el año 1931) «un sinfín de imágenes y sentimientos nuevos, que a veces me elevaban al éxtasis, pero frecuentemente me hundían en el más profundo desaliento». ¿Qué tipo de lector era la Criatura? En sus comienzos, como él mismo lo declara, era un lector ‘ingenuo’, que pensaba que las historias eran verdaderas, parte indiferenciada de toda su esfera de conocimientos. Posteriormente, inferimos que algo lo distancia y distingue en los libros ficción, pero no reniega de los efectos (éxtasis y posteriormente un profundo desaliento) que estos producen en él y que han quedado como ecos de desasosiego en su educación sentimental.


La Criatura de Victor Frankenstein es un lector ávido que se entrega a la ficción y trata de obtener conocimientos y retazos de moral en relación a su experiencia, es decir, es un lector del siglo XVIII, que, al leer, además de conmoverse con el destino de los héroes de ficción, «analiza con atención» sus «propios sentimientos y situación»: padece con las desventuras amorosas del joven Werther y sus «disquisiciones sobre la muerte y el suicidio estaban destinados a llenarme de asombro» —¡la Criatura se asombra! —; las Vidas paralelas le llevaron a admirar las épocas pasadas y sus héroes; pero El Paraíso perdido de Milton le revela su verdadera condición: «Muchas veces llegué a considerar a Satanás el símbolo más acorde a mi condición, pues con frecuencia, como él, cuando presenciaba la dicha de mis protectores, sentía removerse en mi interior la hiel amarga de la envidia». Las lecturas —esos tres libros hallados de una manera tan providencial en un bosque, dentro de una maleta negra de la cual no tenemos más noticias que esta— son las que llevan a la Criatura a la pregunta de las preguntas: «¿Qué soy?» —no ‘quién’—. Ni siquiera es Lucifer, que al fin y al cabo tenía su hueste de seguidores: más bien es Nadie —que como un perro vagaba gritando que su nombre es Nadie, recuerda en un poema Borges el pasado aventurero de Odiseo— o Nada.


El abandono sin compasión, el solitario expulsado del Paraíso antes siquiera de tenerlo, es decir, la Criatura marcada por la otredad radical que comenzó cuando su ‘padre’ insufló la llama de la vida en un cuerpo equivocado, mal hecho, una pura sutura de desenfrenos pasionales, con una peligrosa amante: la ciencia sin límites. ¿Y si hubiese vivido como un buen salvaje rousseauniano, sin acceso a los libros y a la cultura, habría sido menos desdichado la criatura? Tal vez habría muerto prematuramente en forma cruenta, pero incomprensible para él, a manos de campesinos supersticiosos o crueles cazadores.


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