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De golpe, sin aviso previo nos vemos atenazados por un solipsismo en que cualquier grito de auxilio se vuelve hacia adentro y aumenta la sordera. Buscamos, con desesperación, la manilla de una ventana, y una vez encontrada, girarla antes de que se nos vuelva otro invento de nuestro hermetismo interior y le ponga otro candado más por dentro. Una ventana que comunique de manera inmediata a algo que parezca un afuera o un cielo, y que más vale no llamarlo bóveda celeste.

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