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El pasado es una niebla espesa en la que los recuerdos se amalgaman y descompaginan. A ratos algunos rebotan contra el fondo elástico del olvido, se encumbran sobre la niebla por unos segundos y aprovechan a estirarse a pleno sol, hasta que la fuerza de gravedad de ese pasado los succiona de vuelta a su espesura. Creemos que evocamos recuerdos a voluntad y por gusto, pero son ellos los que saltan, desesperados, a buscarnos: se agarran de nosotros para respirar porque allá, bajo la niebla, no abunda el oxígeno. Aferrados a nuestro cuello, y con tal de no volver a hundirse, algunos se convierten en remordimientos.

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