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Amarillo Anagrama

Pienso en Paul Bowles y el cielo protector que se me confunde con sus memorias. Un tanto jetsético, intelectual, no menciona su homosexualidad o si lo hace, es bajo un fino velo. Otro escritor cuyas memorias también leí y demoro escribir su nombre mientras transcurre la sinapsis, autor del tremendo libro, La Familia Whapshot que transcurre en New England. John Cheever, es en quien pensaba. Deprimido y alcohólico. Detrás de cierto humor la tragedia de una vida que no es normal. ¿Qué es normal? Me preguntaba esa vez bajo los efectos del ácido. Gran escritor Cheever, con una vida complicada: casa, mujer, familia, alcohol, escritura y amantes de su mismo género. La Geometría del Amor es otra de sus novelas. Y todo este ensayito a propósito del tipo de letra que utilizo: Amasis, que me recuerda a Amneris, una mujer con la que me tocó trabajar. Bella. Lograba lo imposible en ventas. Sorprendente. El Gerente de Adquisiciones de la mayor cadena de supermercados perdió su trabajo, su casa, su mujer y también a Amneris. Cormac Mc Carthy, la Trilogía de la Frontera; Meridiano de Sangre , novelas sobre la vida de unos vaqueros de carne y hueso. Escritores estadounidenses. Rara palabra. Extraño nombre para un país. En realidad, Estados Unidos es un país sin nombre. México, Argentina, Francia incluso Costa Rica tienen nombre. Colombia y Somalia. China también. Otro escritor de los Estados Unidos: Richard Ford. Incendio se me viene a la cabeza mientras pienso en El Periodista Deportivo, El Dia de la Independencia, Acción de Gracias. Gran panorama la lectura de sus novelas.


En eso pensaba cuando caminaba a la playa el jueves. Había una resolana tibia y sentía la necesidad de sumergirme en el mar. Divagando sobre escritores se me ocurrió un cuento. Mejor dicho, el comienzo de uno. Una familia salía de vacaciones. Papá contento después de un año duro. Mamá contenta después de un año duro. Cuando la cosa viene mala, viene mala para todos. Habían acordado salir temprano, antes de que comience el tráfico, había pedido mamá, claro, muy temprano había dicho papá frente al televisor. En la mañana al hijo hubo que esperarlo. No estoy listo, decía sin alzar la voz desde su pieza. El gato rasguñaba la puerta; Bobby ladraba inquieto y Rosita, la sobrina (o prima según el color del cristal) que había llegado a cuidar la casa, las mascotas y las plantas, muy nerviosa recibía por cuarta vez la últimas instrucciones que además estaban impresas y adheridas al refrigerador.


Dos perros ladran tras un cerco de madera; cuento tres mascarillas tiradas en el trayecto a la playa que sin guantes prefiero no recoger. También veo una pequeña culebra aplastada. Pasa lenta una camioneta roja cargada con materiales, el chofer me saluda y le respondo con la V de la victoria. Pasos más adelante, antes de la curva, un alta gama blanco con un niño en el volante me cubre de polvo. El que supongo es el padre, de copiloto. Por el techo corredizo escapan los bajos de un reggaetón. Cuando llego a la playa me instalo usando una roca como respaldo. Saco mi libreta y el lápiz. Hay poca gente, saludo a unos amigos a la distancia.


La familia se detiene en un Pronto Copec. ¿Dónde más es posible en una carretera chilena? A esa altura ya habían pagado tres peajes. El padre ofrece café. La madre acepta, el hijo se hace el dormido. La madre entra al baño. Su propina es mi sueldo. Vuelve al auto y se ponen a la fila para cargar combustible, Bienvenido a Copec, ¿cuánto carga? Mientras el padre paga el hijo abre la puerta y camina displicente al local. Pide una Coca Cola, un paquete de galletas de maravilla, paga con su tarjeta y al salir se dirige hacia el estacionamiento de camiones. Tras una enorme rueda, le da tres piteadas rápidas a uno de los cigarrillos que preparó antes de partir. Tose y toma un trago de la botella.


El mar está revuelto. Hay medusas transparentes de esas que no hacen daño, solo ronchas si te las refriegas le dice un hombre gordo a una mujer flaca en bikini chico. Tres latas vacías de Cristal bajo un quitasol Rexona y un perro enano amarrado al soporte del quitasol.


El hijo vuelve al auto, papá iba a decir algo, pero mamá le toca el brazo. Suben las ventanas, papá pone directa y el auto toma suavemente la carretera. Los fonos del hijo le revientan el cerebro con el álbum negro de Metálica. ¡Quién diría Metálica! El hijo mira pasar los autos en sentido contrario. Recuerda cuando jugaban a contar camionetas blancas. Haría lo imposible para volver a la soledad de su pieza y observa inquieto como el padre pone su mano sobre el muslo de su madre y ella, como si nada, baja la visera y se mira los dientes en el pequeño espejo del reverso de la visera. Apura, anda más rápido viejo culiao, al hijo se le escapa el pensamiento. El padre pisa el freno y se desvía a la berma.


Si no voy donde mis amigos pensarán que con lo del premio se me han ido los humos a la cabeza. Me pongo de pie, hundo el abdomen, me sacudo la arena y pienso en caminar hacia ellos, aunque la verdad es que prefiero seguir en la historia de la familia para no perder el hilo.


El auto entre que patina y mamá le vuelve a tocar el brazo. Esta vez es más una caricia, y papá sin decir nada, señaliza y retoma la carretera. A fines de junio, el hijo que se llama Julio había cumplido 19 años y 16 meses sin salir de casa. Nunca había sido muy salidor, por lo que la pandemia y las clases virtuales (segundo de periodismo) le había venido de perillas. Nada de trabajos en grupo con desconocidos, nada de hacer de notero tras la cámara de un teléfono, nada de entrevistar al cuñado del cuñado que había descubierto la pólvora. Nada de nada. La mensualidad es cargada puntual en la tarjeta del padre que está complicado con la vida, las faldas y los negocios en tiempo de pandemia. Amneris revisitada. Julio se encoge cada día siempre vestido de negro.


Llego donde la familia amiga. Vamos al agua, invito después de saludar. Nadie me escucha. Me saco la polera y el bermuda. Camino hacia el mar en zunga y me mojo los pies. Está lleno de medusas. No hacen nada si no te las refriegas. Me meto más adentro. Viene una ola grande, en la que me zambullo. Salgo un poco desconcertado y veo que viene otra. Esta es más grande. Me zambullo nuevamente. Siento la fuerza del mar que me remueve. Trago agua. Pienso en mi madre.


El hijo saca de su mochila unos lentes oscuros y pega la frente a la ventana. Siente como vibra el camino en su cabeza. Cierra los ojos y recuerda que su padre se enojaba cuando el empañaba el vidrio con el aliento en esos viajes al colegio. Sin conciencia o con la conciencia de la hierba empaña el vidrio, aleja la cabeza, con el dedo dibuja un círculo y dentro el símbolo de la paz. Borra la paz y por ahí mira hacia fuera. Repite a unos pocos centímetros. PARA aúlla el padre por el retrovisor. Julio intenta abrir la puerta del auto en movimiento. Papá ha programado el cierre automático. Julio da un frentazo al vidrio. El auto frena y mamá ágil en un minuto está al lado del hijo en el asiento trasero y así siguen, uno al lado del otro durante una hora en la que recorren ciento veinte kilómetros y están casi en la mitad del viaje. Tienen hambre. Es la hora de almuerzo y la frente comienza a ponerse morada.


Salgo mareado, pero no olvido de hundir el abdomen. Soy el único que se ha bañado. Pasamos susto, me dice mi amigo. Si tío, pensamos que se ahogaba. Ja ja, disimulo, estaba movido, pero más sabe el diablo, digo secándome la cabeza con la toalla. El frío entra por los pies, palabras de mi amigo Enrique, pero nunca le he hecho caso. Me pongo el bermuda, también la polera, acepto una galleta, saco tres y el niño que me las ofrece, dice que solo era una. Mi amigo me pregunta por un dato para comprar pescado fresco. Rolando va los sábados a la Caleta. Ahí llega pesca del norte y salmones del sur. Quedamos en que le compartiría el contacto de Rolando y que me esperaban a cenar el sábado.


Vamos Julio, dice papá. Comamos algo. Julio sabe que ganó el set. Es una picada de camioneros. Cazuela con chilena. Julio pide una hamburguesa. La mujer secándose las manos en el delantal, recita mirando al techo: Cazuela de vacuno, plateada con arroz, tallarines con mechada. Papá se encoge de hombros, mamá pide plateada y Julio se levanta de la mesa y pide Coca Cola. Pepsi, dice la mujer. Plateada dice papá. Pan con mantequilla, dice Julio. ¿Para beber? Agua mineral dice mamá. También Pepsi dice papá buscando al hijo con la mirada. Comen en silencio. Papá termina primero. Julio pide más pan. Mamá deja la mitad del arroz y pide la cuenta. Julio vuelve a pedir pan. Y otra Pepsi que lleva al auto. Papá no soporta alimentos en su auto. Mamá se sube atrás y le ofrece el asiento delantero a Julio, que no responde y también se sienta atrás.


Julio se recuesta y apoya la cabeza en el muslo de mamá que siente la mirada de papá por el retrovisor. Ella cuenta camionetas blancas mientras acaricia a Julio que duerme plácido. Papá resignado conecta las canciones que Spotify ha elegido para él. Atardece cuando llegan a destino. La habitación de los padres tiene vista al mar y la de Julio al estacionamiento. Hay una cancha de tenis, lo que no tiene relevancia ya que ninguno de la familia juega. Es posible arrendar caballos, la piscina está rodeada de reposeras de diseño y el desayuno buffet es servido entre las nueve y las diez y media. Si deciden de inmediato podemos reservar la última mesa para la cena, dice la recepcionista. ¿Hay hamburguesas? pregunta Julio.


Mamá toma una ducha y papá enciende la tele y busca alguna película, pero lo piensa mejor y se mete también a la ducha. Mamá finge sorpresa, pero en un minuto le da la espalda a su marido que la jabona. El vapor cubre el espejo y mamá lo despeja con el símbolo de la paz.


Papá se detiene frente al espejo del corredor y contento con lo que observa, llama a la puerta de Julio, la 303. No hay respuesta. Preocupado baja a la recepción donde la mujer a cargo, sin soltar su celular, le indica con las cejas la dirección del comedor. Mamá con el vestido rojo de lino que compró en Miami y Julio de negro en la mesa del fondo. Solo hay tres mesas ocupadas y es bossa nova electrónico el que acompaña la sutil iluminación. Recién viene el tercer platillo de la cena de seis tiempos cuando Julio ya ha devorado dos hamburguesas y con la segunda Coca Cola en la mano se pone de pie, anuncia que está cansado y que sube a la habitación.


Difícil elegir entre Cheever; Ford y Cormac. Descarto a Bowles que también es estadounidense. Cada uno en su momento fueron mis ídolos, pero si tuviera que elegir uno…pero no tengo para qué, pienso mientras camino a la playa. Trio de ases. Siempre he perdido en el póker. Hoy el día está luminoso y el mar es una taza de leche. Mi roca está ocupada por una mujer que lee tras unos lentes negros. Sobre un pareo de flores tropicales unas largas piernas que terminan en uñas pintadas de rojo, un sombrero de paja y un bikini negro. Amneris. Una vez en la playa chica conversé con un hombre que leía a Saramago. Durante un vuelo a Alemania, mi vecina de asiento leía Ulises y en la antesala del médico un joven con corbata no levantaba la vista de Cien Años de Soledad. Memorable fue en ese café de San Francisco cuando un hombre ¿o sería mujer? con una navaja abría un sobre de dónde apareció Bolaño 2666, in english. El libro, en el tono de la toalla, es amarillo de Anagrama. ¿Me acerco y le pregunto el nombre? Creerá que la quiero conocer y es verdad. Decido que el horno no está para bollos.


Llego puntual el sábado a la cena. Al sol le falta aún por caer. El niño de las galletas mira la tele y no me devuelve el saludo. En la mesa frente al ventanal iluminan dos candelabros que se reflejan en las copas de cristal. Hay seis puestos. Si lo hubiese sabido, no venía, pero ya es tarde y al mal tiempo buena cara. Mi amiga, mejor dicho, la señora de mi amigo me ofrece espumante que él descorcha con habilidad. Brindamos por sus vacaciones y comenzamos con las papitas fritas y un trozo de buen queso francés. El sol se esconde en el mar, rayo verde, ¿viste Marito? El niño no despega la vista de la pantalla con la boca llena. Podría alimentarse solo de galletas, dice la mujer sin disimular su orgullo. Ya casi nos terminamos la botella cuando mi amigo vuelve a mirar el celular. Llámalos, dice la mujer. Ante mi cara de duda, me explica que son unos amigos con su hijo, que están en el hotel y que deberían haber llegado para la puesta de sol.


La invitación es a la hora de la puesta de sol, dice el padre satisfecho saliendo de la cama después de un relajado almuerzo con aperitivo y botella de vino y un buen polvo. Apenas agradable, piensa la madre. Julio, había optado por una hamburguesa servida en la piscina. Nos duchamos y partimos. Dale. Tu primero, responde la madre, control remoto en mano.


¿Cómo que salió? Pregunta el padre. Hace un rato, por la puerta, señor responde con exagerada calma la recepcionista. ¿Dijo dónde iba? La madre busca en la piscina, en la cancha de tenis, pregunta a los otros huéspedes y mira el sol que ya está en declive. Vuelve a golpear a la 303. Se suben al auto y se recriminan en silencio. Te dije que no era buena idea venir de vacaciones. El doctor dijo que no le quitáramos la vista de encima. Deberíamos habernos quedado los tres en la piscina. Circulaban lento, mirando a lado y lado, el ocaso avanzaba y Julio sin aparecer. Si oscurece me muero. No te preocupes por la invitación. Me importa un carajo esa maldita invitación. Me muero si oscurece. Hagamos la denuncia en Carabineros.


Ha pasado mucha agua bajo el puente y las dos mujeres, que ya no están, era lo que había dado chispa a nuestros encuentros. A la madre del niño de las galletas recién la conozco y mi exmujer es parte de la historia. No responden. El niño grita que no se quiere acostar. La mujer le grita más fuerte y mi amigo destapa otra botella. Se agota el segundo candelabro, siento hambre y digo que metamos el pescado al horno. La mujer me dice que cuando el niño se duerma y que no se me ocurra meterme en su territorio. ¿Territorio? Le pregunto a mi amigo que se encoge de hombros. Con la excusa del baño me escabullo en el jardín oscuro por la puerta principal. Salgo a la calle, meo tras un árbol y me alejo caminando doblemente aliviado.


Después de hacer la denuncia en Carabineros, que no iniciará la búsqueda hasta 24 horas de la presunta desaparición, papá y mamá abatidos recorren la zona y preguntan entre los escasos transeúntes por Julio. Imprimen su fotografía y la reparten. Una gota de agua en el océano. Se asoman a la disco a insinuación del dueño del almacén, pero La Perrera no abre hasta medianoche. Agotados regresan al hotel. La recepcionista indica con las cejas y sentado en la mesa de siempre a Julio le sirven una copa con tres sabores de helado. No sentí ningún golpe en la puerta. Estaba escuchando música. Los fonos. Los remedios, sí, me los he tomado, mamá. Salí a dar una vuelta.


He oído que la cocina del hotel no cierra hasta tarde. La recepcionista me saluda amable y me acompaña a le mesa. No sé si la tenida es del uniforme, le sienta muy bien y se lo digo. En la mesa del fondo, una familia feliz. El hijo come una gran copa de helados. La madre no le quita la vista de encima y el padre espera su comida con los cubiertos en la mano. Bossa nova electrónico y desde mi asiento alcanzo a ver a la recepcionista que con un movimiento de cejas me pregunta si necesito algo. Con la cabeza le respondo que sí.





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