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Fitzcarraldismo

Dicen que no hay chico que no sea choro. Cuando hay alguna amenaza, los más bajitos pegan primero por si acaso, son buenos guerreros. También se dice que no hay persona baja de estatura que no sea wagneriana y baritonal. Quizás algo similar ocurre con los países pequeños y tal vez pasa lo mismo con los poetas con complejo de inferioridad: poseen una sed desmedida de trascendencia y épica, como esos montañistas que reafirman acaloradamente y a grosería limpia que ellos hicieron la cumbre y que lo que muestran en la foto otros montañistas no es la cumbre real. Toda esta voz alta de los Homeros, Virgilios, Dantes y superhéroes tiene uno de sus orígenes en la estructura de capitanía y fundo del territorio. Es la palabra hecha dictadura. Les gritaron mucho durante siglos y ellos devuelven esa exclamatividad sin cromatismo ni matices que es su única forma de comunicación. El carpetazo. Por eso hablan de “reventarla”. No andan tan lejos del lenguaje del porno, como quienes titulan youtube cosas como “Kast destroza a periodista progre”.


Altazor es uno de sus superhéroes fundacionales, afortunadamente poco recordado. Vuela por el firmamento como un condorito francés. Inauguró la moda de traer la última papa europea a estas lejanías, cosa que luego hacían los hijos de exiliados en la época pre-internet. El inmensismo es una pulsión constante en la poesía chilena. Si pudieran, alinearían las estrellas para escribir en el cielo la palabra pico.


El caso de Parra se puede leer desde esta perspectiva hacendal: el futre manduquea pero el campesino le toma las palabras y juega con ellas, le devuelve una especie de koan que es su mecanismo de defensa. Lo de antipoesía es simplemente una marca, muy bien pensada pero sólo una marca que debería estudiar en marketing. Como sea, si el producto es bueno, por qué no inventarle una marca, especialmente en un país en donde los escritores son empresarios de sí mismos. Pero ojo, no son empresarios auto-gestionados. Parasitan desde siempre de los fondos del Estado. Lo social, la contracultura, el territorio y la comunidad no les interesan. No tienen calle ni saben de necesidades, de trabajo comunitario y mucho menos de coordinación de energías.


Gonzalo Millán y Hernán Miranda intentaron algo opuesto al inmensismo, y se plantearon desde lo minúsculo, lo bicho, lo critter, el detalle y hasta el virus. Relación personal y especialmente Virus son los libros más transformadores de Millán. La levedad, observación y lozanía del primero, y la metáfora escogida en el segundo fueron una cosa inédita. Pero sólo se recuerda y cita La Ciudad ¿Por qué? Porque habla en oraciones copulativas y gramática simplificada, que es la característica del mandato patronal y castrense: Esto es así, esto es asá, pasa esto, pasa lo otro. Y también porque es la épica de la derrota del golpe de estado. Lo mismo ocurre con Elvira Hernández Su producción es interesantísima, Cuaderno de deportes, Arte de pájaros por nombrar sólo dos, pero se menciona siempre la Bandera de Chile: oraciones copulativas simples más épica o anti-épica.


La voz baja. Hernán Miranda tuvo siempre una relación cercana con Argentina, en donde se refugió cuando fue perseguido, trabajó con Daniel Freidemberg, su hermano argentino en la prensa. Por supuesto, no lo invitaron a ningún evento estatal en Buenos Aires. Ni a nadie relacionado con Buenos Aires, ni a nadie haya escrito toda su vida sobre Santiago (que es el tema de la feria, feria en donde no se decide nada relacionado con literatura, que eso se hace en otras instancias y lugares). No invitaron a nadie capaz de hacer algo por ambos países en términos culturales, que conozca a sus intelectuales y creadores y que sea capaz de generar redes y pensamiento.


La voz baja y lo tenue en Chile es castigada con una serie de encerronas, cartas y llamadas telefónicas, la idea es que es eliminar o dejar en la pobreza, asfixiar al autor que se atrevió a salirse del canon inmensista y sagrado. En cuanto a las poéticas femeninas, el trámite es un poco más largo, en general tengo que hacer un llamado o enviar un mail y pedir autorización, porque puede ser que a la poeta no quiera que la citen, incluso elogiosamente. Me parece bien porque yo habría sido feliz de no ser considerado en algunas antologías hechas a granel y feliz de no aparecer en esa sucesión de chistes fomes y bajadas de línea encubiertas que es Poeta Chileno de Zambruchi, el pillín. Como sea, hay varias poetas y muy buenas así que necesitaba hacer esa aclaración. Rosabetty Muñoz, Eugenia Brito, Julieta Marchant. Hay varias y muchas que olvido. Y muchas que se bajaron y que tenían poema. La gente se baja, se sale, a veces no se puede. Re-escribir, no pisar callos, no olvidar mencionar a este, que este otro es intocable. Todo eso cansa y detiene.


Recuerdo por ejemplo unos poemas de Verónica Poblete que me encantaban y que leí durante el tiempo de los milicos en la revista Solidaridad, de la Vicaría y en algunas cosas mimeografiadas muy precarias, que es quizás como se debería volver a publicar porque hay que gastar mucho menos: el inmensismo se caracteriza por el gasto desmesurado en la edición. ¿Por qué las poeta y escritoras que tienen buena letra dejan de escribir o lo hacen en secreto? Se aburren de la sordidez, de la violencia? ¿Por qué no hay representación laboral en la escritura? Quizás porque no hay representación popular en ninguna administración progresista desde la recuperación de la democracia en la medida de lo posible, estatua de Aylwin incluida. El campo de acción se hace cada vez más estrecho en un país que ya es estrecho, más segregado más atomizado, separatismo patotero, neoliberalismo puro en el campo cultural.


Un país-fundo exige el látigo, la prepotencia, lo sólido. Así que no se les dio la importancia a las poéticas de lo pequeño, del aspecto, no totalizantes ni inseminantes. La voz baja y el susurro. A cambio de eso hay Harriers y Portaviones, delirios de grandeza, fiebre. Para mí los aviones significan, en el mejor de los casos, un medio para ver familiares y amigos en Buans Aires o, en el peor, los bombardeos a la Moneda y Malvinas. Pero como dice la cultura popular, no hay poodle que no sea bravo. Cada tanto aparece algún lío de poetas por ahí a chuchada limpia con algún consagrado diciendo groserías y golpeando la mesa, pidiendo dar cara y nombres. Dar nombres en un país de quemas en la plaza pública. La prensa, feliz. Los filisteos que detestan el oficio de los versos, felices, especialmente si son mascotas. Perros dóciles eso sí, nada de gatos que se manden solos. A la oligarquía le encantan las mascotas y condoritos: son su antiguo roto, su antiguo inquilino que renace para criticar, con bastante razón a veces, a las izquierdas con su primera línea de actores de telenovela y gente relacionada con la televisión. El lema de las mascotas es “No tengo obra pero leí a Barthes así que para qué más, pienso esto y pienso lo otro, soy una mascota pero también un muro de facebook”. También le pegan fuerte al oficio de los versos, que no comprenden ni han leído. Su filisteísmo tiene algún sentido porque los vates parecen competir por hacer el ridículo. Las únicas apariciones de poetas y narradores en la prensa son estos exabruptos verbales, o que alguien desapareció por días preocupando a medio mundo porque se fue de copas sin avisar a nadie, o que en una fiesta se le ocurrió beber con desconocidas, cosa que como todos sabemos, no se debe hacer desde hace años, o el pintoresco Uribe y su envidia parida y clasista con Parra, y algún que otro chiflado.


Este autoritarismo, esta palabra dictadurizada no es patrimonio de los varones, como podría creerse. No voy a dar ningún ejemplo para no armar lío porque además no tengo blindaje ni familia con apellido ni contactos ni partido político. Y este es un territorio mu de patear patoteramente en el suelo.

Pienso en la palabra quebrada de la Mistral de Tala (Desolación se publica en Nueva York, Tala, en Buenos Aires, a Mistral le dan primero el Nobel y años después el nacional en Chile), la palabra entrecortada de Dickinson, la levedad y el sentido del instante de Levertov. Ninguna escritura nueva o rara o tenue podría hacer nacido en Chile, a Joyce y a Arlt les habrían corregido sus manuscritos que habrían sido considerados erratas, le habrían sacado los guiones de tartamudez a Dickinson.


Hay una necesidad urgente de barbarie, deformidades y malas escritura, de publicar lo impublicable porque eso deberían hacer las editoriales independientes, pero a cambio hay editoriales bien portadas y parásitas del estado. Hay una urgencia de lingo, de fisura, de errata, de tentativas sintácticas subversivas, de inventar lenguajes, de incluir subjetivos ausentes, de lo brígido y el amor. La literatura independiente te tiene que quemar las manos al leerla, provocar algo, de lo contrario estamos condenados a permanecer para siempre en la morgue de las palabras


En Chile es estrictamente necesario alimentarse de otras tradiciones, dado la condición isleña y la monotonía de la palabra autoritaria y el culto y la santificación de los autores, a quienes no se lee pero se los convierte en un esténcil o un altar. Mientras más sufrientes y alejados del placer, mejor. Se valora la brocha gorda y la prepotencia porque así fueron criados nuestros bisabuelos y sus padres. Por eso se habla de poemas contundentes o sólidos y por eso se habla despectivamente de lo frágil, que al menos yo considero un valor. Por esto también es parte de esta poética fitzcarraldista y dictadurizada el name dropping, el eurocentrismo pedorro, el elitismo de provincia y la cita a destajo. Existe una necesidad provinciana de nombrar a mil autores en un poema o ensayo, ya en la segunda página saltan los nombres de filósofos alemanes y franceses y un cuánto hay de citas. Ni hablar de los prólogos, blurbs y contraportadas. Autor: autoritarismo.


La valoración fálica de lo opaco y la construcción ingenieril de teorías lo más alambicadas, chamuyentas y nebulosas que sea posible también tiene que ver con este culto a la ciencia, de la que nada se sabe pero que se concibe como incuestionable. Este desprecio a la honestidad verbal tiene que ver con el habla alambicada del engaño burocrático, del poder: “ellos saben, nosotros no, es leguaje técnico que probablemente no comprendemos”. Y con todas las barbaridades y delitos que esconde bajo la alfombra la santa madre iglesia. Lo mismo con el poema y la crítica cultural. No se trata de una valoración de la tentativa verbal, si no de lo alambicado y nebuloso.


El inmensismo tenía algún sentido en tiempos de nuestros abuelos, cuando las conquistas sociales eran urgentes en países con una desigualdad nivel esclavitud, cosa que no ha cambiado. El inmensismo de Neruda y de Rokha eran importantes cuando el sindicalismo tenía poder y la izquierda tenía valores y proyecto de país. Por eso el Neruda de Alturas de Machu Picchu, el de Rokha de Mahoma, Satanás, Jesucristo y los profetas tenía eco. Hoy pretender eso es no comprender la naturaleza del neoliberalismo y, en nuestra provincia, es ignorar un conservadurismo sórdido omnipresente que permea el pensamiento progresista, algunos feminismos y varios otros discursos. Lo tentacular e inmensista sin embargo permaneció aunque no sean los tiempos de los pablos.


El fitzcarraldismo es una enfermedad cuya cepa se desarrolla con mucha agresividad en Chile. Consiste en delirios épicos irrealizables aunque la verdad no tanto no porque se suele recurrir siempre a los fondos estatales para financiar cualquier chorrada como, por ejemplo, ocupar aviones o helicópteros para arrojar poemas desde el cielo, mandar poemas en una sonda o un satélite al espacio (sí, tal cual, no es Nocturno de Chile de Bolaño ni una de Aira), o cualquier cosa de índole espectacular que implique mucha plata y mucho espectáculo. Sí, que pagan todos los chilenos se queja con mucha razón el mundo liberal, libros carísimos llenos de cachureos, recortitos, anzuelos, transparencias y cosas por el estilo. Gastadero, Diseñismo. Alharaca. Es lo opuesto al poema, que es un ejercicio de humildad, que es la voz baja y el rumor, rumor de los delincuentes y los amantes, el secreto.


En décadas posteriores había en el mundo del arte obras que ocupaban una cantidad de hierro, cobre, estructuras que era un gastadero impresionante de plata, para luego cruzarles un neón con una frase ambigua sin gracia verbal. Todo eso se puede resumir a un papelito muy barato. Con la plata de cada obra de arte o de cada performance fitzcarraldista se puede solucionar el problema habitacional de muchas personas, o la construcción de bibliotecas públicas muy funcionales.


El hecho de que no exista contracultura es bastante grave. Nos señala que todos están contentos con el estado de cosas. Escritores conservadores que en cualquier otro lugar del mundo ni siquiera serían invitados a una ponencia, acá son entrevistados y resucitados ¿Por qué no hay underground ni contracultura en Chile o son muy escasas? Con sus niveles de desigualdad, de trauma, sería lo más lógico. Por eso, y me excuso por esta bajada de línea y afirmación inmensista: la única performance fue el estallido social. El único hecho artístico de interés la única expresión polifónica de subjetivos sin mordaza, intransitiva, sin objetivos mercantiles ni de posicionamiento. La gran parada de carros que luego fue sofocada por el poder como los del estallido sabían muy bien, por eso no se plantearon objetivos sino un solo evento sin líderes ni discursos, como en el poema Los Bárbaros de Kavafis.

Hacerse ilusiones con alguna administración política es una ingenuidad en la que, desde el regreso a la democracia, ya nadie cae. Y la corrupción sigue reinando en el campo cultural, como siempre, mientras mucha gente se hace a un lado sabiendo que no hay caso, que lo mejor es trabajar en silencio y poner tu palabra por ahí con el riesgo de que te hagan una encerrona a la chilena, un auto de fe, un cogoteo zorrón patotero y coordinado. Por eso muchos se alejan, se dedican a escribir en soledad fuera de todo el panorama lleno de gente de la televisión, clase media sin calle y administraciones ineptas o provenientes del mundo de las telenovelas.


Iván Rublev de Tarkovsky dura aproximadamente tres horas. Aunque nunca simpaticé con el cristianismo alharaco del director ruso, creo que es la película de él que hay que ver. En esa obra hay un personaje alucinado e inmensista que quiere construir una campana de dimensiones gigantescas para que los tañidos se escuchen en todo el continente, y ojalá en todo el mundo. Tamaña es su pretensión. Debe ser chileno ese chiflado, estoy seguro, se va a saber en algún momento. Ese personaje con delirios mesiánicos es un ejemplo nítido del fitcarraldismo. Otro de los aspectos del fitzcarraldsmo es la obsesión con la locura: mientras más loco esté el actor o el realizador o el poeta, mejor aún, por eso el Sr. Kinsky, originario de Munich y más loco que un plumero cae como anillo al dedo en las películas de Herzog. Ya lo había ocupado a ese actor el año 1972 en la obra Aguirre. La locura es clave en el fitzcarraldismo, es su gran obsesión, por eso a los poetas más sufrientes se los pone en un altar. Pero todos sabemos que lo realmente difícil es resistir con cordura, intentar crear sentido, construir una relación de pareja, trabajar, pagar las cuentas. Los altares son fundamentales en el fitzcarraldismo. Sus cultores se sueñan profetas. En el altar se pone entonces a las figuras, da lo mismo a cuáles porque no los leen. Son altares o hacen esténcil para poner sus rostros en la ciudad. El fitzcarraldismo tiene siempre una necesidad urgente de símbolos. No pueden vivir sin ellos, les da agorafobia.


Yo me crié en dictadura con todo el padecer que eso implica y al que no me voy a referir, a todos nos pasaron cosas terribles y hacer un negocio de eso es algo que no comprendo cómo se sigue haciendo. Me persiguieron hasta con pistola y vi mucho de esto y aquello. Me da risa la sensibilidad actual, cuando alguien dice que lo amenazaron de muerte. Supieran las cosas que escribe la gente por mail. Hablaba de la dictadura. Antes de la caída del muro leímos a Kundera, un checo crítico del sistema soviético pero no un propagandista de brocha gorda. El ya hablaba del kitsch de los símbolos. Y su lectura hecha por los comunistas más autocríticos fue productiva. Sería interesante retomarlo en estos momentos no sólo para analizar este fenómeno estético del inmensismo fitzcarrraldero y sus pretensiones de estadio sino también como un escritor que pensó Europa del Este sin visceralidad. Entonces tenía sentido discutir sobre libertad, no cualquier periodista que visita Cuba y escribe un libro es escritor como muchos creen. Ese no es el sacramento para convertirse en escritor. Lo es escribir algo con riesgo que no se haya escrito antes. Pero eso es imposible en un lugar en donde el formato y la redacción eunuca son la regla, donde la escritura no tiene inconsciente, en donde la redacción sin fisuras reemplaza al intento de crear un idioma nuevo.


El término fitzarraldismo lo adoptamos de uno de los máximos cultores de esta tedencia: Werner Herzog. Herzog y Wenders filman sus últimas películas en Tokio. Van en búsqueda de imágenes puras. Ozu ya señala en sus películas que esas imágenes hermosas y tenues están desapareciendo o convirtiéndose en otra cosa. Eso está claro en Historias de Tokio, en la figura de los ancianos que se van a la playa, que buscan silencio y terminan sentados y resignados pensando en que el mundo cambió. Pero todo fitzcarraldista es un tozudo a muerte. Wenders viaja a Japón para encontrar esas imágenes, ese Japón puro de algunos planos de Ozu. Se encuentra en Tokio con Herzog, otro buscador de imágenes inexistentes, idealizadas y por favor repitamos esta palabra: puras. No las encuentran, la juventud japonesa se reúne a bailar algún subproducto del rock and roll con ropas americanizadas y sus padres juegan golf en unos cubículos, lo que causa el espanto del director alemán, que no sabe qué filmar. Se indignan profundamente y Herzog dice “si es que tengo que ir a Marte a ir a buscar esas imágenes, lo haré” Pues que vayan a Marte, el inmensismo fitzcarraldista tiene una obsesión que no es solo terrestre y que sueña no sólo conquistar el mundo sino también la galaxia, la vía láctea. Wenders Filma a un camarógrafo de Ozu, le ponen obscenamente la cámara encima, el camarógrafo se emociona hablando de su maestro. Pasan y pasan minutos y no le quitan la cámara de encima, hasta que el japonés se emociona y se pone a llorar. Exactamente igual al periodismo más chatarra, a los ardides más teletonescos. Luego el Sr. Herzog viene a Chile. Cae como anillo al dedo en este país amante de su estética apoteósica. Lo trae la Universidad Católica así que es perfecto, se puede entrevistarlo sin que diga nada incómodo. Haber traído al director italiano Nani Moretti, en cambio, fue un cacho ya que el italiano no podía creer cómo funcionaba económicamente el país y lo dejó claro. Por supuesto que no apareció en ningún medio. No les servía, no se podía entrevistarlo, exhibirlo. Pero con Herzog no había ese problema. Aunque señaló muy a la rápida que Chile debía resolver el tema del corredor oceánico con Bolivia y el tema mapuche. Como si se pudiera hacer de un día a otro, como si hubiera voluntad política. Gran parte de la población quiere eso. Pero un obsesionado con la otredad como él (la obsesión con la otredad no es sino racismo) no podía dejar pasar esos temas, para quedar como un luchador romántico, audaz como cuando se jacta de haber burlado la vigilancia en la estación ferroviaria de Tokio y filmar ahí. Si yo hubiera estado la estación de Tokio, yo mismo le pongo las esposas y lo meto en cana. Nos manda a los chilenos analfabetos a leer. Hermano, lo leemos todo, incluso lo que no está traducido. Dudo que él conozca la producción escritural latinoamericana actual. Así que hay que leer como Herr Herzog ordena, no dice qué pero bueno, hay que hacerle caso. Como si no tuviera sentido revisar las cinematografías recientes de Irán, Japón, Corea y todo Asia, como si no tuviera sentido filmar documental y ficción sobre la realidad latinoamericana que él desconoce completamente, porque si no es indio ultra–otro, ultra estereotipado, no le interesa; si no son parajes vírgenes a donde lo llevan, no le interesa. Nos manda a leer a nosotros, pobres analfabetos sudamericanos que él supone, no conocemos la prosa inteligente y resentida de alemanes y asutríacos, Elfriede Jelinek, cuya prosa es algo nunca visto antes, los poemas de Ingebor Bachmann, los cuentos de Herta Müller. Grass, Böll, etc. El cine de Christian Petzhold y el de Farocki. La precisión actoral de Nina Hoss, hija de un sindicalista. Todo eso y mucho más aún. ¿Dónde cree que está el Señor Herzog? En la selva amazónica, donde se cagó de miedo como confiesa en su documental sobre la filmación de Fitzcarraldo y en donde ve a la natura como un enemigo feroz? El proceso de des-colonización se tiene que hacer efectivo y no ser letra muerta, tiene que haber una lectura y crítica cultural. Aplicar, no sólo hablar del tema encuevados en la academia.


No debe ser fácil llegar a viejo sin la infección de la vida, y creer aún en el poema, no importa en la forma en que el concibamos, cine o ficción, psicoanálisis, crianza de orquídeas como la poeta Paula Alderete, de la Araucanía. Llegar a viejo sin bajar línea debe ser algo muy difícil, por eso quizás mi pánico a la vejez. Dicen que Clotario Blest era un sabio de voz baja y suave. La claridad del ensayista Al Alvarez, las relaciones inéditas que hace Eliot Weinberger en sus ensayos. Goenka, Thích Nhất Hạnh, el lingüista Gilberto Sánchez o el gramático chomskiano Marcelo Novoa, que había trabajado en barcos en su Iquique natal y que decía que preguntaba cómo se decía tuerca, perno, bujía, cornamusa, bichero en inglés, que decía ¡mánchense las manos con la grasa de la gramática!; el traductor Marcelo Cohen cuyo libro Música Prosaica no sólo es sobre traducción sino que es una puerta de entrada para comprender la literatura argentina; los poetas Eduardo Milán o Daniel Freidemberg. Conozco maestros llenos de sabiduría, que leen a los jóvenes y mantienen encendida la hoguera de la crítica y el poema, en voz baja.


Las parejas se preparan para sus cambios hormonales, quizás así mismo debería uno prepararse para no llegar como algunos a la recta final de este pique. En tanto, el señor Herzog, luego de bajar línea, mandarnos a leer y recomendarnos que solucionemos el problema de la salida al mar a Bolivia y el tema mapuche en segundos se va feliz a hacer un trekking a algún paraje chileno virginal y puro para luego degustar mostos locales y las cosas buenas de la vida. Acá seguimos su ejemplo: gasto, desmesura, épica, una visión entomológica de lo precolombino. Y la estética de tirar manteca al techo.



Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

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