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Días peligrosos - En memoria de Sinéad O’Connor

La recuerdo, encandilada a lo lejos, cantando con un foco encima, a pata pelada, con su cabeza al rape y la guitarra al hombro. No parecía un acto hippie, sino un homenaje a los niños pobres y abandonados de Irlanda o de Chile y de todas partes. De eso tratan algunas de sus canciones: de niños negros que mueren por los disparos de la policía en días peligrosos, de las tres guaguas que cuidará aunque sea como un caballo salvaje, de sufrir en manos de su mala madre y de ser fuerte para quemar esa infancia con el fuego de Babilonia.


Fue en 1990, en el recital de Amnistía Internacional para celebrar la vuelta a la democracia. Yo tenía 17 años, ella 23. Por esos días, una compañera de colegio me regaló una postal de Sinéad gritando con la lengua afuera: “Para mi amiga más rebelde” (lamentablemente las perdí, la postal y la rebeldía). Sinéad recién era famosa en todos lados por su interpretación de la canción de Prince “Nothing compares 2 U”; hacía poco había tenido a su primer hijo –cuando se quedó embarazada la compañía discográfica le sugirió que abortara; tampoco les gustaba su look skinhead, que por supuesto era un signo de independencia y de cercanía con los rastafaris (amigos de los verdaderos skins, no los hooligans que demonizó Thatcher como neonazis).


Todos amaban a ese ángel punk, de una hermosura divina y una voz capaz de todo, elegante y feroz a la vez, y a sus mánagers se les iba de las manos. Se volvió activista de varias causas, como del aborto y la defensa de las adolescentes embarazadas irlandesas a las que conoció en un hogar de jóvenes abandonadas al que fue a caer tras dejar la casa de su madre, que estaba muy loca y dañada. Cuando lo preguntaron si defendía a estas chicas por su propia experiencia, respondió tajante que nada que ver: hablaba de niñas de apenas 15, 16; ella había tenido a su hijo ya veinteañera, con marido, fama y plata.


Fue en esa casa de acogida irlandesa que una profesora de guitarra se deslumbró con su voz y energía y la ayudó. Al poco tiempo vivía en Londres con el éxito de su disco debut, The Lion and the Cobra (1987). Hasta que en 1992 se fue de gira a Estados Unidos y rompió una foto del papa Juan Pablo II en vivo, en Saturday Night Live, como protesta por los abusos de los curas a los niños, cosa que entonces apenas se sabía, y terminó con la célebre frase: “Fight the real enemy”. Los gringos, pacatos y soberbios, la hicieron mierda. La abuchearon e insultaron en el Madison Square Garden, donde estaba invitada a celebrar a Bob Dylan, y ella volvió a cantar a capela “War” de Bob Marley, en denuncia de los abusos a los niños. Madonna, que entonces triunfaba un poco menos con Erotica, se rio de ella, como si su gesto hubiera sido una pataleta ridícula, y en el mismo programa hizo una parodia y rompió la foto de un abusador de poca monta. Kris Kristofferson le dedicó una linda canción de defensa, “My Sister Sinéad”, donde la llama “pequeña niña valiente”. Sinéad no quería ser una estrella pop, sino una cantante de protesta.


La gran carrera mundial se acabó, fue vetada y vapuleada, aunque uno de sus discos enormes, Universal Mother, salió en 1994. Ella siguió más independiente, tuvo tres hijos más con diferentes parejas –uno murió muy joven el año pasado–, se volvió más loca, se volvió más profundamente religiosa, más vociferante, pero pocos las oían. Tenía un tatuaje en el cuello que decía “las cosas pasan”, como consuelo eterno.


En los supuestamente frívolos y jalados fines de los 80 y 90, Sinéad fue una precursora del feminismo radical –no de las víctimas, sino de la lucha en cada cosa: los bluyines rajados no eran una moda, sino una declaración de guerra– y de la denuncia del poder desde lo débil. Enseñó que las mujeres no son cosas sexuales ni figuritas –“I am not animal in the zoo, you may not treat me like you do”–, que se puede ser tan frágil como fuerte, que hay que cuidar a los silenciados, y que decir la verdad cuesta muy caro. En estos otros días peligrosos, cuando parece que ya las cosas no pasan sino que se acaban, se vuelve eterna. Gracias madre por romper y componer mi corazón para siempre.


Marcela Fuentealba


Sinéad O'Connor

Concierto Amnistía Internacional

Estadio Nacional

Santiago de Chile 1990

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