Microdramas de Constanza Michelson
¿Les ha pasado que se han cortado el pelo por impulso?
¿Alguna vez que viajaron en avión se sintieron afortunados al encontrar vacío el asiento del medio? ¿Ocurrió acaso que Usted y el otro pasajero empezaron una lucha para apoderarse de ese lugar de nadie? ¿Pusieron su mochila? ¿su manta? Pequeños gestos que son sentidos, casi, como una declaración de guerra.
En nuestro carro, en el espanto que es el tráfico de Lima. Odiamos a quién no nos cede el paso. ¿Lo cedemos nosotros? O más, bien cuando “nos mete el carro” aceleramos y les enseñamos quién manda acá.
Recuerdan haberse sentido incómodos ante una mirada, un cuerpo demasiado cercano y no saber qué hacer con ello.
¿Sucedió que vieron llorar a su mamá?
Tal vez les ha ocurrido, tal vez no, pero creo que cada uno de nosotros puede sentirse identificado con aquellas situaciones. Y podemos intuir también lo que haríamos.
Existen pequeños momentos, cotidianos, domésticos, dónde algo se pone en juego.
Momentos de la vida, simples, pero que dejan huella.
¿Es, acaso lo habitual menos importante? Todo lo contrario. Nuestra vida se juega en esos instantes.
Constanza Michelson en su nuevo libro nos presenta “Microdramas”.
La autora nos comparte escenas, nos plantea situaciones, luego nos reta a mirar.
A mirar más allá. En lo que no está dicho. A mirar ese lado de nosotros que se esconde porque nos es incómodo. Pero en la soledad de la lectura es inevitable preguntarnos ¿qué haríamos nosotros? Y tal vez, un poco más allá: ¿por qué lo haríamos?
Constanza Richardson nos reta a mirar dentro de nosotros y a reconocer las decisiones que tomamos.
Entiendo el proceso psicoanalítico como una ruta en compañía donde uno sale a la búsqueda del conocimiento de uno mismo. Y, en ese sentido, la autora en “Microdramas” nos regala un libro psicoanalítico sin hablar de teoría psicoanalítica. Su libro nos ofrece la posibilidad de conocernos, de ser consciente de aquello que no es fácil mirar y en ello, hacernos cargo de la responsabilidad de nuestras decisiones.
Porque en cada pequeña encrucijada que nos alcanza, es inevitable pensarnos y saber lo qué elegiríamos.
Es fácil mirar de lejos las grandes tragedias. Es frecuente hacer juicio de la maldad del mundo y estremecernos ante ello. Pero y ¿Si lo grande se achica y se acerca? ¿Si el zoom se coloca en una escena frecuente? ¿Estaríamos acaso tentados a aceptar pertenecer a un lugar donde la regla no existe, donde seremos impunes, donde el privilegio nos acompañe? Seguro la primera respuesta es no. Pero vayamos más allá. Porque es reconociendo nuestros lados oscuros que seremos capaces de manejarlos.
El horror no solo está en lo inmenso, puede estar en lo pequeño. Y es importante reconocernos ahí.
Ya Freud nos alertó, y Michelson nos lo recuerda: Cualquiera de nosotros puede perder la cabeza.
¿Qué nos puede salvar de aquella posibilidad?
Cito aquí una frase hermosa de Constanza, evocando al Rey Edipo:
“El descanso es privilegio de los que ignoran lo que saben”. “Edipo abre los ojos”.
La pregunta que surge: ¿Elegiremos ignorar lo que sabemos?, o indagaremos en nuestras verdades ocultas, las enfrentaremos y nos haremos cargo.
Porque, así como los microdramas nos confrontan a nuestros lados oscuros rescatan también recursos valiosos que tal vez hemos perdido de vista.
Michelson nos conecta con el poder de las palabras, con la reflexión de lo que implica crecer, con el énfasis que debemos dar a nuestra intuición.
Y a través de los mitos, las situaciones cotidianas y la reflexión de los grandes pensadores nos acerca a la posibilidad de la creación de un futuro diferente.
Me he sorprendido con “Microdramas”.
Este libro me puso a trabajar, hizo que pusiera la atención en lo sutil, impidió que me escapara de la escena mirándola desde fuera. Es inevitable ahora reconocerme dentro de ella.
Y es así como ahora es posible reconocerme en las encrucijadas. Cito a la autora:
“Eso es una encrucijada, el momento en que una escena no se puede seguir leyendo desde afuera”.
Ahora cuando aparecen las escenas, cuando surgen tensiones que incomodan, ¿Seguiremos hablando desde fuera, desde nuestras grandes verdades, desde nuestros juicios y prejuicios? ¿Seguiremos mirando sin mirarnos?
La encrucijada nos muestra la vida misma.
En ella y en la vida no sabemos lo que viene, ni lo que haremos, ni cómo actuaremos.
Cito a Constanza: “Es justamente en ese no saber dónde el tiempo se abre. Hay un umbral que atravesar. Podemos pasarnos la vida evitando la encrucijada. Podemos hacernos los tontos o los locos”.
Las escenas llegan sin preguntarnos si estamos listo. Llegan. Nos dejan sin guion.
Estamos solos. Haremos un movimiento. Tomaremos un riesgo. Actuaremos. Haremos algo y sólo después uno sabrá si estuvo bien.
Al abrir los ojos, como Edipo, cambiamos de lugar. Ya no daremos discursos. Nos tocará hablar en primera persona.
Volvamos a Edipo y al dilema de los caminos. Es ahí donde se encuentra con Layo.
Nadie quiere ceder el paso. Pasar uno y luego el otro no surge como opción. La disputa es por el lugar. Por apoderarse de él. Por no dejar que otros devengan. Que también sean. Acapararlo todo. Ser todo.
La pelea es no ceder, no soltar el lugar, para ser el único que queda en pie.
Como en el asiento vacío del avión, cómo en las calles de Lima.
¿Y si fueran nuestros hijos?
Tal vez el único sacrificio que vale la pena sea dejar pasar. Dejarles el lugar.
Cito a la autora: “Un padre es el que se aparta para que tú pases. (…) Para que haya un mañana, aunque uno no vaya a estar en él”.
Richardson nos recuerda también: “La célula cancerosa. No sabe morir. Se vuelve inmortal”.
Si el microdrama tiene alguna enseñanza esta es vivir.
Y en este vivir surge la pregunta esencial:
¿Cómo dos seres que piensan distinto pueden vivir juntos sin que uno aniquile al otro?
Aquí me es inevitable recordar la correspondencia entre Einstein y Freud. El primero le pregunta al segundo: ¿Por qué la guerra? Freud pesimista responde que el derecho no surge como opuesto a la violencia sino a partir de ella y que la paz no se mantiene únicamente mediante las leyes o acuerdos entre instituciones. Sino que son necesarios los lazos que unen psíquicamente a las personas.
Y así como con en los microdramas Freud reduce la escena y nos convoca. No deja las respuestas a los políticos ni a los científicos. Todos somos responsables. La escena ya no está afuera, la responsabilidad no es solo de los otros, las respuestas están dentro de nosotros.
Que haremos entonces frente a los microdramas.
Qué haremos, si como aquel niño, nos subimos a un árbol y vemos llorar a nuestra madre.
Winnicott, aquel niño que vio llorar a su madre, dedicó su vida a darle vida. Y también lo hizo con sus pacientes
“Vivir es hacer vivir también” nos recuerda Constanza Richardson y nos propone que tal vez la terapia no consista en devolver lo perdido sino en hacer vivir.
Tal vez hay huecos que nunca se llenan, sino que aprendemos a habitarlos. Tal vez el esfuerzo deba ser puesto en estar con lo perdido sin intentar reemplazarlo.
Y nos recuerda también que las palabras, como la magia, pueden transformar.
“Las palabras no son actos, pero a veces sí”, cito a la autora, y lo hacen cuando derriban muros, cuando abren posibilidades.
Y la autora nos propone hablar como si fuera posible un después. Porque seguramente esa sea la única manera de construirlo.
Y en su texto es notable la forma como pone en palabras lo indescriptible, lo ambiguo, lo innombrable.
La escena que nos comparte rescata ese lugar sin lógica, aquello que no responde a un conocimiento concreto, pero donde la intuición sabe.
Recupera para nosotros el valor de la intuición. La nombra. La resalta. Nos convoca a escucharla. La intuición aquello que no es posible enseñar pero que puede salvarnos de un depredador.
¿Qué es la intuición? Cito a la autora “Cuando algo se sabe de golpe. Nadie te lo dice. Es lo que se sabe por dentro”.
Los “microdramas” de Constanza Richardson pueden ser ese instante donde algo se nos revela, una vuelta de tuerca, un momento en el cual lo que viene ya no será lo mismo.
Y su libro, se convierte en eso exactamente, después de leerlo una ya no sale igual.
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Microdramas
Constanza Michelson
Paidós, 2026


















































