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Wokefishing

En su ensayo Political Peacocks, Geoffrey Miller sostiene que la virtud política solo funciona como señal honesta cuando resulta costosa, es decir, cuando implica arriesgar la cárcel, perder clases o sostener posiciones impopulares. Cuando ese costo desaparece, el activismo deja de operar como convicción y pasa a funcionar como señal de estatus o como estrategia de cortejo. El compromiso político público sería entonces, más que una convicción pura, una señal costosa (costly signal) de rasgos de personalidad atractivos para una potencial pareja. El activismo que no impone costos reales terminaría operando como un mercado de apareamiento disfrazado de causa política.


En este marco surge el wokefishing, la práctica de fingir o exagerar ideas políticas y sociales progresistas para resultar más atractivo ante otra persona o para ganarse su confianza. No se trata de mentir sobre un hecho verificable, como la edad, la estatura o el estado civil, sino sobre un sistema de valores completo. Quienes practican wokefishing suelen construir sus perfiles con hashtags de justicia social, publicaciones sobre activismo o menciones de haber asistido a marchas, junto a un activismo performativo que exhibe compromiso sin sustento real. Es una falsificación de segundo orden, no se finge tener un rasgo físico (como en el catfishing) sino una disposición moral, mucho más difícil de verificar en el tiempo breve que dura el cortejo. Por eso puede tomar años que un wokefish muestre su verdadero color, a diferencia del catfishing tradicional, que suele desmontarse en el primer encuentro presencial.


Para funcionar como señal honesta de una personalidad empática o cuidadora, la ideología progresista necesita ser costosa, algo que exige asistir a protestas, sostener posiciones impopulares frente a la propia familia o invertir tiempo real. En el wokefishing alguien copia el símbolo, el vocabulario, los hashtags, sin pagar el costo que originalmente le daba sentido. Como ocurre en cualquier sistema de señales, cuantos más falsificadores operan, menos confiable resulta la señal para todos, incluidos quienes sí la sostienen con honestidad. Esta erosión de la confianza explicaría, al menos en parte, por qué ciertos colectivos feministas han optado por excluir a los hombres de sus marchas, aun cuando declaren públicamente su apoyo y existan entre ellos jóvenes con empatía genuina, disueltos en la muchedumbre de jugadores y especuladores morales.

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