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¿Dónde están los aliens?

¿Martes? ¿Miércoles? Es otra noche del frío invierno santiaguino. Voy al mítico cine Normandie a ver la última película de Steven Spielberg: El día de la revelación, en la cual revive su obsesión por la vida extraterrestre. Porque, valoraciones aparte, básicamente se trata de la existencia de aliens y el día que el mundo se entera de ello. 


Cuando leo mi propio resumen de la película me pregunto dónde están los verdaderos aliens en la actualidad. ¿Aún son estos seres pegajosos que presenta la película? Por mucho tiempo estas entidades constituyeron la paradoja de la otredad: ¿qué más lejos de lo humano que un extraterrestre? Me interesa la película de Spielberg porque actualiza este mito. Pero, hoy ¿se sostiene?


Hace un tiempo leí un texto de la filósofa Luciana Parisi que me hizo pensar en los aliens en un sentido diferente a la imagen del extraterrestre. Frente a las posiciones que por un lado se oponen a la IA y los modelos de lenguaje, y las otras que ven solo beneficios en ellas; Parisi se pregunta si existe una tercera vía donde esté surgiendo un nuevo tipo de conocimiento que ya no puede entenderse desde categorías humanas, una visión aliens sobre las tecnologías. Claro está: se trata de una idea de aliens muy diferente a la imaginería spielberiana, en la cual están estos “amigos” que no pertenecen a nuestro mundo. Estos son seres bienpensantes frente a los cuales la humanidad (o el poder) es incapaz de comprender y aceptar; entonces, no solo oculta su existencia, también los somete a los más terribles vejámenes. Aún no me convence del todo la posición de Parisi. Estoy cada día más convencida de que las tecnologías forman parte de lo que significa ser humano: desde el pulgar que los bebés usan para calmarse, pasando por la agricultura y el transporte público, hasta los computadores portátiles y la inteligencia artificial de hoy. Los seres humanos creamos tecnologías para modificar la forma en que habitamos el mundo, pero esas tecnologías son también una parte profunda de quienes somos.


Tal vez seguimos en el imaginario spielberiano porque no contamos con imágenes y un vocabulario para hacernos las preguntas que hoy nos apremian: el desplazamiento de lo otro (exterior) hacia el interior, hacia lo propiamente humano. En este sentido, El día de la revelación cumple su cometido. No obstante, si se me permite una digresión aludiré a la controvertida Sinners, de 2025. En ella se presentan diferentes planos de la realidad. Por una parte, la comunidad afroamericana, vampiros y miembros del Ku Klux Klan. En cada plano hay profundas preguntas sobre lo que es vivir en el planeta.


En el caso de los afroamericanos la música, el blues, funciona como un lugar de comunión transversal pero que se opone a otra clase de espiritualidad, en este caso religiosa. En el caso de los vampiros, que podrían ser leídos como esos otros, como los aliens, la pregunta es clara: ¿es mejor pertenecer a una comunidad protegida aunque aquello implique renunciar a lo que somos? Por último, los miembros del Ku Klux Klan que como efecto mariposa dan comienzo a todos los hechos cuando -aún sin saberlo explícitamente como espectadores- su plan es matar a todos los negros que ocupan un granero que les arrendaron para armar ahí una suerte de cantina. Cuando este macabro plan es revelado al público resulta imposible preguntarse quiénes son los verdaderos monstruos. Lo interesante, para mí, es que si aceptamos a estos hombres blancos como los reales aliens (no los amistosos de Spielberg) volveremos a la idea que eso que nos empeñamos en distanciar de nosotros solo es una extensión de la humanidad misma.


Los aliens de Spielberg creo que siempre me parecerán naif, no porque se niegue a mostrar lo que la humanidad puede hacer sobre ellos, sino porque los imagina como entes externos y con ello obvia la pregunta si los verdaderos aliens están en nosotros. 





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