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Virgilio

Hay personas que llegan a una historia antes de aparecer en ella.

A Cecilia la conocí primero por boca de su madre.

Fue en el hall del edificio, de esos edificios donde las conversaciones nacen porque el ascensor tarda demasiado y porque todavía existen personas que se saludan por el nombre. Yo estaba con Ismael. Mi hijo tiene siete años y esa costumbre tan rara de mirar a los adultos como si todavía fueran dignos de confianza.

—Qué lindo nombre, Ismael —dijo ella apenas lo escuchó.

No sé por qué recuerdo tanto esa frase. Tal vez porque llevaba dentro una dulzura antigua. Después me contó que pronto se mudaría su hija al mismo piso que nosotros. Y agregó algo que entonces me pareció apenas un gesto de cortesía, pero que con el tiempo adquirió el peso de una profecía.

—Qué suerte que va a tenerte de vecina.

Hay personas que bendicen sin saberlo.

Como si algunas madres conservaran un resto de ese don con el que los personajes de los mitos reconocían el destino antes de que ocurriera.

Pasaron los días. La cruzaba a ella de vez en cuando. A su hija todavía no.

Hasta que una mañana apareció un mensaje en el grupo del edificio.

Necesitaba una escalera.

Yo tenía una apoyada contra una pared, acumulando polvo y la promesa de arreglos que nunca hacía. Sin preguntar siquiera de qué departamento era, respondí que podía usar la mía.

Resultó que vivíamos pasillo de por medio, yo en el 42, ella en el 40.

Las casualidades, pienso, siempre empiezan pareciendo asuntos administrativos.

Le llevé la escalera.

—Quedátela el tiempo que necesites.

Y durante varios días fue como si esa escalera hubiera construido un puente silencioso entre dos personas que todavía no se conocían.

Cuando finalmente me la devolvió parecía más preocupada ella por la escalera que yo.

—Ya me da vergüenza tenerla tanto tiempo.

Venía con un paquete de galletitas para Ismael.

Los gestos pequeños suelen ser las formas más discretas del afecto.

Después la vida siguió.

O eso creíamos…


Casi eran las doce de la noche cuando llegó el mensaje.

Felicia no aparecía.

Afuera caía una tormenta feroz.

De esas tormentas que hacen vibrar las ventanas, que convierten el edificio entero en un barco viejo y que logran que la oscuridad tenga sonido.

Yo estaba de vacaciones.

Ismael también.

Le escribí enseguida.

—Si no aparece, salimos a buscarla.

No hubo heroísmo.

Sólo una mujer despeinada, con un pijama de peluche que conocía tiempos mejores, el aliento espantoso de quien ya había decidido no volver a hablar con nadie esa noche, un cigarrillo entre los dedos, y un nene de siete años dispuesto a embarcarse en cualquier aventura.

Salimos descalzos.

El piso estaba helado.

Las baldosas respiraban humedad.

Las escaleras parecían sudar.

—¿No quieren ponerse algo en los pies? —preguntó Cecilia.

Le dije que no.

Que nos gustaba andar descalzos.

Que ya estábamos acostumbrados.

Supongo que todos tenemos maneras distintas de recordarle al mundo que seguimos siendo un poco salvajes.

Subimos.

Azotea.

Pasillos.

Terraza.

Cuartos de máquinas.

Volvimos a bajar.

Cada puerta parecía esconder una posibilidad.

Cada sombra podía ser un gato.

Pero Felicia no estaba.

Mientras caminábamos, Cecilia empezó a contarme su historia.

No hablaba solamente de una gata.

Hablaba de una vida.

Dijo que había atravesado una depresión muy profunda.

Que un día apareció aquella gata.

Que la llamó Felicia porque le devolvía justamente eso: la felicidad.

No una felicidad ruidosa.

No una felicidad de fuegos artificiales.

La felicidad mínima.

La que alcanza para levantarse de la cama.

La que hace soportable otro día.

Pensé en Rilke cuando escribió que la verdadera patria del hombre es su infancia. Tal vez también existan patrias de cuatro patas. Animales que llegan para enseñarnos otra forma de permanecer vivos.

La lluvia golpeaba las ventanas.

El edificio olía a cemento mojado.

Entraba agua por las ventanas.

Las luces dibujaban reflejos sobre los escalones.

Y mientras buscábamos una gata terminábamos hablando de poesía.

Como si fuera la conversación más lógica del mundo.

Me contó que hacía tiempo quería regalarme un libro porque sabía que yo era maestra.

Yo le hablé del proyecto de poesía que había trabajado con mis alumnos.

Ella sonrió por primera vez en toda la noche.

Dijo que escribía.

Que le gustaban muchísimo los chicos.

Que un día podíamos escribir juntas.

Entonces empezaron a aparecer nombres como aparecen las constelaciones cuando uno deja de mirar el suelo.

Alejandra Pizarnik.

Olga Orozco.

Un autor cuyo nombre olvidé…

María Elena Walsh, porque toda maestra sabe que la poesía también puede disfrazarse de canción.

Mary Oliver y su manera de preguntarle al mundo qué piensa hacer uno con su única vida salvaje y preciosa.

Incluso Borges, que decía que el paraíso tenía forma de biblioteca y que quizá también hubiera aceptado que tuviera forma de una gata escondida en algún rincón imposible.

La conversación iba encendiendo pequeñas luces mientras alrededor todo era oscuridad.

A veces pienso que los libros son gatos.

Nunca aparecen cuando uno los llama.

Pero siempre llegan cuando más hacen falta.

Cecilia lloraba.

Lloraba con una delicadeza extraña.

Como quien pide perdón por sentir demasiado.

Yo no sabía qué decir.

Nadie sabe realmente qué decir frente a la angustia verdadera.

Así que hice lo único que sabía hacer.

Caminar al lado.

Ismael también.

Cada tanto decía con la serenidad que sólo tienen algunos niños:

—Ya va a aparecer.

Y yo creía más en él que en cualquier argumento.

Recorrimos otra vez todo el edificio.

Me acerqué a la entrada, miré debajo de los autos.

Con semejante tormenta era difícil imaginar que una gata quisiera salir.

El viento rugía.

Las ramas golpeaban los balcones.

La lluvia parecía querer entrar a vivir con nosotros.

No encontramos a Felicia.

Entonces le dije que probablemente estuviera escondida en su departamento.

Que los gatos conocen refugios que los humanos nunca aprendemos a mirar.

Que descansara un rato.

Que volviera a buscar con otros ojos.

Hay búsquedas que sólo terminan cuando dejamos de desesperarnos.

Antes de despedirnos quedamos en tomar unos mates el fin de semana.

Como si toda aquella noche hubiera sido apenas el prólogo de una amistad.

Entonces Cecilia dijo una frase que todavía sigue caminando conmigo.

—Ustedes fueron mi Virgilio.

No hizo falta explicar nada.

Las dos sabíamos que estaba hablando de Dante.

Del poeta que necesitó un guía para atravesar el infierno.

Pensé después que nadie sale solo de sus noches.

Siempre existe alguien.

Una madre que bendice un encuentro antes de que ocurra.

Una escalera prestada.

Un paquete de galletitas.

Un niño descalzo.

Una conversación sobre poemas.

Una desconocida que sale bajo la tormenta a buscar una gata que nunca fue suya.

Quizá Virgilio no sea una persona.

Quizá sea cualquier gesto que le recuerde a otro que todavía existe un camino de regreso.

Esa noche no encontramos a Felicia.

Pero encontramos algo más difícil.

Esa forma extraña en que dos vidas dejan de ser vecinas para empezar, silenciosamente, a acompañarse.

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