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La perspicacia, un músculo

Los músculos se ejercitan. La perspicacia también. La perspicacia es un músculo. Se atrofia cuando no percibimos por cuenta propia, si vivimos de la visión de los demás. 


No vemos. Nacemos sin hambre más que para la próxima papa. Inimputables. Amodorrados. Nos limpiaron las lagañas con té puro. Un algodón y té, despacio como si fuéramos gatitos. 


Otros nacieron con los ojos abiertos, “fumaban debajo del agua”, diría un amigo argentino. Otros, a nosotros mismos, nos emancipó quizás Freud. O Elías, el profeta, que interpelaba a su pueblo para que fuera no más al exilio. Lo tiraron a un pozo para acallarlo. Son jodidos los visionarios. 


Hay más ejemplos: las feministas hace ya rato, avanzando como soldados, codos en tierra, esquivando las balas, han ganado batalla tras batalla a las más duras enemigas: las mujeres. Pues, ¿qué mujer hoy pudiera deplorar la ley que en 1949 aprobó en Chile el voto femenino para las elecciones presidenciales? Tampoco un hombre quisiera volver a las cuevas. Lo que ahora ya se olvidó es que tal ley se consiguió a tirones. Las mismas activistas no supieron a donde llegarían con sus reclamos. Vieron, procedieron, hasta dinamitar la obviedad. Cuesta arriba, y piano, piano, nos convencieron de que la natura daba para más.


¿A qué voy?


Rara, supongo que debe ser rarísima la persona que nace sin músculos. ¡Qué triste! La inmensa mayoría, si no todos, tiene capacidad de mover las encías siquiera para masticar. Los niños ejercitan la musculatura. Es hermoso verlos. Se chupan el dedo gordo. Se estiran, gatean como los mismos gatos. Están siempre ensayando. Suben la escala solos. A los cinco años se montarán en una bicicleta pero no, no siempre; mejor que algunos nunca lo hayan intentado porque nacieron lerdos, robóticos, y lo seguirán siendo for everlasting life. Hoy son adultos, quién sabe cómo, porque para llegar a ser alguien se requiere reconocer ignorancias. La mayoría imitamos, nos mimetizamos, aprendemos lo aprendido por antecesores que hicieron lo mismo. Hubo quienes, en cambio, observaron y terminaron rompiendo filas. 


Momento, paréntesis: cuidado con despreciar las herencias culturales. Debemos automatizarnos. ¿Quién podría reflexionar en algo que le viene en mente mientras maneja si al mismo tiempo no aprieta los pedales de memoria? De memoria se conduce. Maneja quien olvidó manejar. Los músculos del piloto llegan a ser una sola cosa con el vehículo: si se lo trata mal corcovea.


Vuelvo atrás: es que los niños ocupan sus músculos ignorantes de que trabajan, creen jugar, juegan porque necesitan trabajar, trabajan cuando juegan. Es normal. Viene con la natura. La cultura, en cambio, comenzó con algunos. La “imaginación es una llave que abre todas las puertas”, recuerda el poeta que descansa observando el cielo en Cartagena. Cultos son quienes inventan. Los demás, copian. El diletante no tiene una idea propia en la cabeza porque los músculos que tiene en el cerebro no los ha ejercitado más que para copiar. Saca del mate una frase en latín, como suelo hacerlo yo mismo. No arriesga. El poeta crea, se atreve con la soledad, no la teme porque ha llegado a ser una misma cosa con ella como el jinete-jinete, diría un caballo-caballo. La creación, la buena poesía nos tumba porque retumba: “A Chile hay que despertarlo a cañonazos”, truena el pituco de Cartagena.


Este es el punto: es comprensible que la mayoría no tenga imaginación suficiente para hacerle un hoyito a la civilización. Sarebbe troppo! Saggio vuol dire in spagnolo due cose: ensayo y sabio. El sabio reúne el mundo con el olfato. Es temerario. Los tontos no arriesgan. “La memoria es la inteligencia del tonto”, repetía mi madre. Aprenden y registran, llegan incluso a enseñar, pero sin vértigo. La visión del sabio, su intento de reunir saberes que dispersos son datos granulados, forja uniones provisorias. El sabio renuncia incesantemente a su propia mirada. Nunca estamos contentos, y nos importa un rábano que los demás sean felices contemplando una puesta de sol. Miramos. Observamos. Si cruza el cielo a mil por hora un pilpilén, perspicaces nos damos cuenta de que era un pilpilén de patas rojas, no negras como las patas del pajarito de Algarrobo, mientras los demás esperaban babosos el rayo verde.


“Traduce, pedante”, oigo a uno de la galería.


Sigo: cambian los tiempos, mutan para quienes tienen la angustia de saberse en tránsito, hambreados antes de nacer, sus bocas secas de esperar a alguien, algo, un parto. Nacieron porque nacieron. Son dolorosos los partos, dicen. Ellos son su pasión. Son un evento tan único como el dolor más chico, individual nunca, íntimo sí. La perspicacia, los perspicaces, los envidiamos porque nos llevan la delantera.


“Explica, huevón”, grita otro de la galería.


De la Tribuna Pacífico le contestan: “Deja hablar al profesor”.


El punto es este: nuestra perspicacia puede ser leve, no importa. Ella aumenta con la gimnasia. Es un músculo, insisto. Hay que ayudarle. A los arbolitos se les pone una vara para que no se doblen hasta que se afirmen. Entramos en tiempos en que habrá que aprender a ver debajo del agua como hace mi amigo de Córdoba porque si ahora nos espían también nos engañan. Comenzaron a hacerlo. El enemigo carece de perspicacia, nos dice IA. No le creo. No les creamos. Mientras antes mejor, la educación tendrá que educar a ver, a adivinar, a interpretar. Habrá que formar sabios que, de tanto ensayar, enseñen a aprender y a inventar conceptos. La realidad, si no se la inventa se esconde. Mistagogía llama la mística a la introducción en el misterio. Una educación mistagógica ha de capacitar para adentrarse en sí mismo antes que en usar el celular. Los pequeños usan el celular antes de hablar. No puede ser. No accederán a la humanidad si no se les ayuda a salir de las cavernas. 


“Explica, viejo de mierda”, piensa para sus adentros otro pelusón de la galería.


Adivino los sentimientos del posible atacante a doscientos metros. Me entra el miedo en un riñón. Compro un sándwich de potito y me lo como despacio y callado con un café-café porque está muy helada la noche en el Nacional y el chal en las rodillas no me basta. 


Quedará para otro día seguir con el cuento de la perspicacia.



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