Cima y sima de Ludwig Hohl
- Benjamín Carrasco Bravo

- 20 ago
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A toda cima se sube solo, ay.
Ángel Faretta
Nunca sabemos cuál es el tiempo que nos merece una obra. El suyo parece ser siempre otro, desconocido, más prolongado de lo que cualquier esfuerzo humano puede resistir o demasiado efímero como para retenerlo a voluntad. El tiempo de la obra es el del verdadero capricho que derrota al genio y a menudo lo confundimos con la insolvencia creativa o la parquedad artística, si nos desconsuela no llegar nunca a determinar si una obra está efectivamente terminada; o el derroche de esfuerzos, en fin, el desperdicio del talento individual, si nos exige más meses, años, décadas de las que podemos disponer.
Hay ciertas obras, por el contrario, que se han extendido trabajosamente por décadas, por el puro objeto de ser escritas. Los diarios de Pavese nos recuerdan a estas últimas, como una manera de aferrarse a palabras y donde el fin no es otro que aliviar el ahogo lento de los días. Los apuntes de Canetti son otra muestra de “contrato indefinido” que se dispone a cuentagotas para gusto de sus lectores. Dos ejemplos de literatura expansiva (el diario, el apunte) y ajenos a esa antigua y traicionera pretensión por lo acabado. Hacen parte, además, de lo que denominaríamos como “formas breves”, y suele ser por eso que su acumulación no conoce de límites. Hay otras obras que aun deseándolo, su punto final no les llega nunca o quizás sólo mediante mano ajena. El capítulo de libros póstumos e inacabados tiene en la historia de la literatura apartados unos cuantos miles de páginas. De la Eneida de Virgilio a los Cuentos de Chaucer; de El proceso de Kafka a El hombre sin atributos de Musil. El catálogo, también incompleto, nos demuestra, entre muchas otras cosas, que hay obras que hipotecan más tiempo del que sus autores pueden permitirse.
Hoy quisiera comentar un par de libros que, firmando un trato con el tiempo, pertenecen a un grupo aparte: el de las obras cuya disciplina exigía una obstinada dilatación, para un escritor asimismo demoroso: Die Notizen y Escalada de Ludwig Hohl.
Die Notizen [Notas] es un enjundioso volumen de citas, glosas, marginalia; también miniensayos, recuerdos, reflexiones; que forman, según se empeñó Hohl, una secuencia de proposiciones filosóficas para encadenar un intrincado sistema. Un todo hecho de fragmentos abiertos. Es decir, no el aforismo, no el pensées; más bien la observación analítica, una “masiva, feroz, robusta cantera del pensamiento”. Emprendidas como tal en 1934, mientras Hohl residía en La Haya, y acabadas años después, las Notas en sí mismas constituyen una gran resistencia al éxito. Este “maestro secreto de la prosa alemana”, como le denominó George Steiner, reescribió y corrigió gran parte de estas sumido en un sótano de Ginebra bajo una “extrema desolación espiritual”. Auxiliándose de ingentes cantidades de papel, tendió sus notas en cordeles que cubrían toda su madriguera a manera de colgajos de ropa. Al abandonar La Haya, Hohl partía con un volumen de cuatro kilos y medio al que luego le dedicaría las siguientes décadas para formar el mosaico interminable de sus notas, a las que añadiría indicaciones al pie, conexiones laberínticas y distintas capas conceptuales. “Sobre lo accesible y no inaccesible”; “Hablar, charlar, mantener silencio”; “El lector”; “Arte”; “Sobre la escritura”; “Varia” (apéndice autobiográfico); “Farmacéuticos” (burgueses y filisteos); “Literatura”; “El sueño y los sueños”; “Sobre la muerte”; “Imagen”; y el eje catalizador: “Sobre el trabajo”, lo que para Hohl era sinónimo de “vida”, es decir, una categoría superior de fuerza creativa que hace del trabajo la realización del conocimiento (I, 49).
Allí la línea entre literatura y filosofía no es más que un pretexto. Es la escritura misma la que lo subsume en la fértil soledad, en la lectura de las Máximas de Goethe y los apuntes incendiarios de Lichtenberg, en el Zibaldone de Leopardi, la Ética de Spinoza y los ensayos de Montaigne. “Escritura extremada y difícil —escribe José Ángel Valente en su homenaje a Ludwig Hohl—, apuesta a un solo número o a una sola carta o color en la fisura escueta e imprevisible donde cede el límite y el mundo puede abrirse en verdad. Apuesta a un solo acto, a ese simple acto decisivo, de naturaleza desconocida, que tenemos que cumplir antes de morir o acaso para, en definitiva, no morir”.
En el año de su muerte, 1980, Canetti lo recordaría como un “hombre pequeño, muy pálido, casi blanco [...] viejo de la única manera que yo aprecio: más del lado de la vida, con todos sus años más vivo, atento, tenaz, lleno de expectativas y listo, como si su tarea fuera decidir aún sobre muchas cosas sin pasar por alto nada. Nada de emulaciones ya sino lo esencial, las ideas, las sinuosidades, los recodos, los golpes”. El método fragmentario de Hohl responde a una decidida voluntad de diferenciación, aplicar el bisturí del rigor en la superficie del intelecto y lo espiritual para viviseccionar sus discordias. Como nos recuerda Tess Lewis, para Hohl tanto Dios como el diablo están en los detalles. Esas “sinuosidades”, como escribía Canetti, definen el subtítulo de Die Notizen: “oder Von der unvoreiligen Versöhnung” [o sobre la reconciliación no-prematura]. Lo que Hohl sugería con las Notas era mantener las fuerzas que dibujaban el campo de sus ideas en conflicto. Sin condescendencia alguna ni superficialidad que oscurezca el genuino y auténtico entendimiento, ajeno a “ofrecer soluciones armoniosas ante la discordia espiritual o intelectual” (IX, 10).
En algún lugar Musil ha definido el ensayo como “la historia del movimiento del alma”. Pocos ejercicios comprenden esa definición a cabalidad. Las Notas, como una ensayística sin concesiones, es uno de ellos. Allí cabe el arte y el arte de contar; el coraje y la decisión; el sueño y los sueños; el egoísmo; la elevación espiritual y el miedo como fuerza del espíritu, fatalidad e ignorancia; el conocimiento venido de arriba y, por supuesto, la escritura como escalada.
“Si después de toda tu escritura y montañismo no has logrado más que recordar al final de tu vida que pudiste usar mejor tu tiempo jardineando que escribiendo o subiendo montañas, de seguro no has ido demasiado lejos” (II, 90).
Para Ludwig Hohl, el escalar montañas no está muy lejos del escribir. La montaña y el arte del montañismo ocupan gran parte de su imaginería, una en la que la escritura se considera como la eterna tarea por capturar la expresión definitiva con palabras nuevas, aunque siempre provisorias —como anota Lewis. La escritura misma persigue con obstinación alcanzar esa cima, aun costándole los tramos, frases, oraciones; aún no pudiendo sostener el paso ganado. “Tan vastas —dice Hohl en uno de sus apuntes— son las extensiones que recorro mientras escribo. La escritura, lo que es visible, es sólo la cima o la cresta; pero he atravesado la cordillera, he escalado montañas y he descendido a los valles; he explorado toda la cordillera” (VII, 130). Esa provisionalidad y demora, esa parcialidad al no ver la cumbre en su totalidad sino una vez atravesados los recodos es el supuesto redactado de forma apenas esquemática en las Notas. Me atrevo a pensar que Escalada es su recurso operativo.
Para muchos, Escalada está rayano a la perfección literaria. Fue esbozado en 1926 y, trato con el tiempo mediante, le tomaría a Hohl cinco décadas dar por terminado el relato, lo que parece insólito para un libro sin aparente excentricidad que semeja una parábola o un relato filosófico. Habiendo estado in nuce en las Notas, Hohl se permite explorar con amplitud narrativa lo que gana en profundidad en sus apuntes.
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La historia no merece muchos rodeos. A comienzos del siglo XX, dos jóvenes de relativa experiencia se proponen subir las altas cumbres de los Alpes: Johann, de apenas veintitrés años, alto, aunque poco flexible, con penetrantes accesos de melancolía y Ull, pequeño y ágil, quien guía la expedición. A poco menos de mitad de camino, uno de ellos renuncia, entregando al otro a su suerte. Lo que le depara la montaña a cada uno será luego apenas previsible: la muerte.
La forma en que esta cuadrilla va hilando y deshilando la trama de su destino no tarda en exhibir los primeros roces. Johann percibe el menoscabo que le imprime el esfuerzo de la escalada, el abatimiento que lo encoge pese a su altura, y también se siente disminuido por su compañero que lo aventaja en valor. En Ull está el carácter y la determinación que le faltan a Johann. En los tiempos muertos nada hace mejorar su situación. Ull quisiera romper el hielo que los separa, aunque se advierte que “los buenos alpinistas suelen ser amantes del silencio”. Johann, por su parte, extraviado en sí mismo como “una figura de madera o de escayola”.
Al internarse en los gélidos macizos, Hohl se esmera en dibujar un paisaje con abundantes consideraciones sobre los riscos, las agitaciones al rayar el alba, las sombras crecientes en la niebla. Junto al ascenso el lenguaje se torna progresivamente más evocativo, sin perder precisión. No se cierra sobre sí mismo como si una palabra bastara para toda una idea en una decena de páginas depuradas de cualquier elemento accesorio. El narrador que construye Hohl es un agudo paisajista que no esconde la necesidad de claridad y circunstancia. Tampoco lo lleva a sublimar el lenguaje, antes bien vuelve la narración un curtido trabajo de topografía en el que a lo psicológico opone lo objetivo. La montaña y sus meándricos salientes hacen las veces de estado anímico y de conciencia de los alpinistas: la secreta maraña de caprichos glaciares que cruzan la concentración y la técnica con el antiguo sentido de supervivencia que surge de lo desconocido. Cada vez que los alpinistas atacan tal o cual peñasco, se atacan a sí mismos; cada vez que una roca sobre ellos se engrifa o el suelo se vuelve antojadizo.
Todo el sistema subterráneo que mueve lo visible a los ojos es una perniciosa trampa para la razón. La prosa exhaustiva y minuciosa que consigue Ludwig Hohl, con eventuales tecnicismos alpinistas, ¿no es un intento desesperado por demostrar que la técnica, la táctica de la vida, aun con toda su incisión, cede a lo indomable, a ese símbolo que es la montaña? Lejos de querer pasar la terminología por autenticidad, vemos cómo ese lenguaje se va agotando en el ascenso.
Llega el momento en que el más débil claudica y comienza su descenso, solitario y diríamos que hasta resuelto. Opuesta a la voluntad, la arrogancia lo domina y lo conduce a su inevitable fracaso. “Así cae a toda velocidad en el arroyo y se golpea la cabeza contra una roca [...] halló su fin deprisa”. Él, Johann, todo melancolía y lentitud, ve acabar su camino en apenas unos instantes, lo que marca un contraste con el modo en que llevó su vida, aun en el momento en que creía superados los menoscabos que le hacía sentir su compañero por su falta de disposición. El otro alpinista, por su parte, se encuentra en un punto ciego: sin retorno y sin posibilidad de ascenso. Pero la muerte le tarda en llegar en ese mundo mineral tan vasto y a la vez sin dirección.
En este punto podríamos señalar que Escalada sostiene una serie de claves autobiográficas. Hohl —también un alpinista experimentado— habría sufrido un accidente similar en 1926, misma fecha en que comenzó a esbozar el relato. A más de tres mil metros de altura habría sido su novia, Gertrud Luder, quien lo asistiera. Ella misma moriría en una de las caras de los Alpes veinte años más tarde. Así también Ull se encuentra con un espejismo femenino antes de su muerte (la aparición de Eros es el último recurso del memento mori que acompaña la caída del héroe). Si Hohl fue rescatado, el destino de su protagonista, sin embargo, es la espantosa grieta que lo engulle y lo hace desaparecer.
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A estas alturas, hay dos momentos que salen en favor de mi memoria —en desmedro de otros que pudieran ser más pertinentes—. El primero es “Excursión a la montaña” de Franz Kafka, brevísimo fragmento que gira en torno al desamparo, a la búsqueda del otro que nos auxilie en campañas sin sentido, sólo para conocer ese viento que “atraviesa los espacios que nosotros y nuestros miembros dejan abiertos” y para concluir que tornándose libres las gargantas en la montaña… “es un milagro que no cantemos”. Ese deseo de soledad o más bien la cadena de soledades que se imagina Kafka —brazos extendidos y entrelazados— es similar al desencuentro que experimentan los héroes de Hohl, ambos queriendo desasirse del otro y de sí mismos. Y a qué costo lo consiguen. Su canto milagroso se asemeja al grito en desespero durante sendas caídas.
El segundo momento que me asalta corresponde a un episodio memorable de una de las grandes novelas del siglo pasado. Cuando el héroe de Hohl se esmera por alcanzar el collado y es abatido una y otra vez por la marea blanca del viento, ¿no es la misma borrasca que pierde a Hans Castorp en La montaña mágica? Desde el Sanatorio Berghof, los Alpes nevados vistos en lontananza evocan “lo sublime y lo sagrado” y como tales despiertan el interés y la atracción en Hans Castorp. La nieve se discute entre el silencio y los torbellinos que enloquecen los copos, intensas ráfagas que cortan el aire e invaden la terraza desde la que Castorp observa. Allí se le presentan dos deseos: estar a solas con sus pensamientos, el primero y más fuerte, y unirse en lo más libre e íntimo a la montaña, el segundo. Lo consigue internándose en el paisaje insondable y amenazador de “lo absoluto y lo elemental”, empeñado en esquiar para someterse a las tempestades de la nieve, probar su valentía no sabiendo de peligros ni de prudencia: “Praeterit figura hujus mundi”. Así se extravía en el vacío blanco, abandonado al ensueño y a las más hondas reflexiones, luchando cuesta arriba, deslizándose hacia el valle, entre la mística y la alucinación. Lo que consigue Thomas Mann es darnos uno de los más bellos pasajes que han combinado los vericuetos del alma con los terrenales, el panorama de los acantilados, las límpidas laderas, las extensiones impenetrables en contraste con el individuo acorralado por sus propios tormentos y borrascas interiores.
Volvamos nuevamente a Kafka, añadiendo un tercer momento no anunciado que nos sale al paso, ¿qué es ese gran helor que inmoviliza a K. al divisar la fortificación en El castillo? Ludwig Hohl, como Kafka, como Thomas Mann, reproduce en este extravío el rito de pasaje que conduciría al héroe a su apoteosis, la cima (dígase anábasis). Sin embargo, lo que encuentran los héroes de Hohl es todo lo contrario. El uno ahogándose en las aguas de un zanjón, el otro fundiéndose en las sombras de una sima. El hombre que se dirige a lo alto, ascendiendo los escalones de un santuario o la escalera ritual, nos dice Eliade, compromete tanto su inteligencia como su alma. La escalada en sí corresponde a uno de estos ritos en el que lo bajo se conecta con lo alto, en que el centro al que se aspira se concibe como un eje del mundo. Para ellos, ese eje inaccesible es el anuncio de una estrepitosa caída.
Johann no está dispuesto a sacrificarse por el bien superior y sucumbe a su vergüenza e indecisión. Ull, en cambio, se encuentra en otra encrucijada: elevar para mal la estimación que tiene de sí mismo y de sus capacidades o bien escuchar a la razón y mesurarse. En las Notas queda prefigurado cuando Hohl se detiene en los pasajes de la Ética de Spinoza sobre la denominada “falsa humildad” y la dificultad de mantener la única “postura digna”, esto es, la valoración precisa de uno mismo:
IV, 53: La humildad no es una virtud ni surge de la razón.
IV, 55: El orgullo o el abatimiento extremos indican una ignorancia extrema de uno mismo.
IV, 56: El orgullo o el abatimiento extremos indican una debilidad extrema del espíritu.
Estas proposiciones nos dan una noción general de los conflictos que Hohl está poniendo en situación. Uno de ellos es cómo la fortaleza de espíritu se mide entre la razón y la temeridad o, lo que es igual, escuchar la voz de la razón ante la presencia del miedo o lo que nos sobrepasa: “el fuerte de espíritu busca refugio en la razón” (II, 17). La voluntad, de otra manera, se resiente. Otro conflicto es distinguir hasta qué punto las pruebas de la razón conllevan delinear los límites de lo accesible y lo inaccesible. En este caso es Johann, el cobarde, quien representa el abatimiento. Pero tanto él como Ull representan un nudo de debilidad.
No podríamos considerar a Ull y a Johann, a estas alturas, sino como dos caras de una misma moneda, dos partes de una misma persona en que se discuten dentro de sí la renuncia y la perseverantia finalis (el mantener la gracia y la virtud hasta la muerte, como un ejercicio de voluntad superior). Pero la perseverancia luego es llevada a la obstinación, como un exceso aristotélico, y el no haber conciliado la parte melancólica (Johann) con el deseo (Ull), hace que este vicio termine por allanar su final.
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Ludwig Hohl escribió sus Notas como ascendiendo por su propia montaña de ideas. Esa montaña es refugio de todas sus incógnitas y dudas, pero también de numerosos destellos. La umbría y la solana. De ambas partes queda registro. Nosotros mismos nos vemos escalando por sus desvíos, perder la ruta no pocas veces, sin distinguir el arriba del abajo. Medimos nuestros esfuerzos escalando laderas y pliegues interminables de sentencias y apuntes, bosques por los que se pierde la mirada hasta el aparecer de cumbres esplendorosas ante los ojos o asimilando su verdadero significado sólo tras torcer el curso y dejarlas atrás. Pero el trabajo se reemprende una y otra vez; no por la montaña, que siempre ha estado y quizás siempre esté allí para mirar pasar nuestros pasos, sino por nuestra propia testarudez —dígase intelectual, creativa o espiritual— por descubrir cuánto tiempo y trabajo realmente nos merece. He allí su sentido tan hondo. En uno de los últimos pasajes de Escalada, Ull halla la respuesta definitiva a la pregunta tan reiterada:
“«¿Por qué escaláis montañas?» [...] La respuesta era: Para escapar de la prisión.
…¿Y ahora?”
Hubo quien creía que se escapa de la prisión para entrar por otra parte.
















































