Cynthia Rimsky, una obra en las orillas
- Marcelo Ortiz

- hace 3 horas
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Algo más de veinticinco años lleva Cynthia Rimsky (1962) embarcada en un trabajo escritural caracterizado por el desacomodo; ya desde sus primeros textos, es posible observar un empeño por indagar en formas narrativas poco habituales en nuestra tradición novelesca. El viaje, el diario, las fotografías o las anotaciones al pasar, han marcado buena parte de su obra, siempre acompañada de una mirada penetrante que observa los objetos como si quisiera extraer de ellos su reverso y anverso, su historicidad. Un impulso (o más bien una decisión) que ha hecho de su obra un campo de batalla donde el pasado acecha lo nuevo, una tensión constante afortunadamente nunca resuelto en sus páginas. A este conjunto estético pertenecen textos como Poste restante, Ramal o La vuelta al perro, cada uno publicado con casi diez años de diferencia entre uno y otro.
Pero también es una obra que discute con la tradición criollista chilena (en particular) y con el realismo estético (en general), ya sea tanto en los temas que plantea como en la forma desplegada en los textos. En varias de sus novelas, es difícil encontrar personajes que obedezcan a las manidas formas con que se retratan a los sujetos en la literatura realista social. Los ancianos no son reducidos a la nostalgia y la impotencia; los trabajadores de oficios muestran un mundo estético desarrollado y hondo; la revolución exhibe sus lados más incómodos. Las tramas, con frecuencia, no siguen al clásico inicio, nudo y conclusión, sino que se disparan en distintas direcciones, en paralelo o sutil interposición, lo que suele producir algo de desconcierto y fascinación. El futuro es un lugar extraño, La revolución a dedo, Yomurí y Clara y confusa pertenecen a este conjunto de obras, gracias a los cuales podríamos incluir a Rimsky dentro de esa tradición maldita, lateral y escasa de la narrativa nacional que tiene entre sus correligionarios a Juan Emar, Diamela Eltit, Guadalupe Santa Cruz, Matías Celedón, Mario Verdugo y unos cuantos más.
Rimsky ha debido mirar con frecuencia otras latitudes (Aira, Saer, Sebald) para construir sus textos provinciales sin la descripción costumbrista y folclórica. Nuestra tradición narrativa poco acostumbrada a la discusión formal suele conformarse con representar a los sujetos de provincia con una mirada antropológica y turística, incluso si esa narración proviene de quienes habitan geográficamente esos lugares. De esta manera, las costumbres y los utensilios son vistos como una extensión de una consciencia rural o campesina que impide construir nuevos sentidos, una batería de conocimientos anteriores que obstaculiza observar ese mundo tal cual es, construir una historia alternativa o darles nuevos usos a los objetos. ¿Cómo habría recibido la crítica nacional una novela como Ema la cautiva?, me preguntó una vez Cynthia Rimsky en una conversación matutina. No es muy difícil de imaginar: la crítica la habría acusado de cosmopolita, hereje, delirante, desviada y hasta colonialista.
Con todo, me parece que la obra de Rimsky es una literatura profundamente nacional. La adhesión a una tradición también se determina por la cantidad de preguntas que una obra le impone a esa misma tradición. Visto desde aquí, la literatura de Rimsky plantea problemas que constituyen puntos de discusión que remueven, como placas tectónicas, las formas sedimentadas que la historia de la narrativa chilena contiene hasta nuestros días. Una literatura descentrada e incómoda; a codazos ingresa a la lista de los premios nacionales con un trabajo constante y persistente de reflexión narrativa.
Los premios poco y nada tienen que ver con la literatura. Y con frecuencia, si no fuera por la necesidad económica de los autores, podrían ser considerados hasta un obstáculo. Pero existen momentos —escasos— en que el reconocimiento institucional coincide con el valor de una obra en su conjunto. Son situaciones extrañas, excepcionalísimas, en las que una serie de condiciones confluyen para que ocurra el milagro. La literatura de Cynthia Rimsky es eso y también su Premio Nacional: una celebración, que esperamos sirva para difundir su trabajo escritural sin parangón en nuestra literatura chilena actual.
















































