La literatura chilena de hoy: un emprendimiento
- Marcelo Ortiz

- 20 ago
- 8 min de lectura
Parece cada vez más claro que la tarea de todo escritor, en nuestros días, no se limita a tan solo a escribir; hace falta otro tipo de movimientos, acciones, digamos si se quiere gestiones, sin las cuales el acto de escribir queda en la nada, confinada al fracaso seguro. Todo escritor que se precie de ser un autor no solo debe sentarse a escribir, sino además necesita preocuparse de aquello que podríamos llamar la pospublicación: conceder entrevistas, mostrarse por redes sociales, enviar sus textos a los influencer de libros, estar presente en las diferentes plataformas digitales. Es, al día de hoy, casi un acto de sobrevivencia. El autor que no se exhibe no existe.
No es un fenómeno reciente, por supuesto. En Latinoamérica, el cuidado por lo que ocurre después de la publicación aparece ya fuertemente con el tan cuestionado como defendido Boom latinoamericano. Sin embargo, la importancia de la pospublicación en nuestro tiempo ha alcanzado un protagonismo que ha hecho de la escritura un gesto insuficiente, en algunos casos accesorio. Escribir ya no basta. Escribir, como nunca antes, se ha vuelto un condimento más entre muchos otros disponibles, el que potencia el sabor del plato principal llamado autor, cada uno pertrechado con una mayor o menor cantidad de etiquetas y definiciones a gusto de los lectores. Escritores a la carta, les digo yo, para quienes el texto literario es punto de partida del reconocimiento público y no el de llegada (una llega inconclusa, siempre) de una serie de problemas estéticos, políticos, ficcionales o filosóficos.
Es el retorno —tal vez nunca se fue— de la importancia desequilibrante del autor, pero ahora potenciado por las lógicas de la visualidad rápida y el consumo veloz de producciones culturales que, si reclaman detenimiento y concentración para sí, deben hacerlo no sin antes pedir permiso (“alerta de mucho texto”) ante un público despistado y apresurado, como si requerir atención fuese un pecado inconfesable. No quisiera detenerme ni atribuirle responsabilidad a ninguna red social en particular, pues entiendo que el día de mañana vendrán otras y otras. Si de algo nos puede servir el marxismo en estos asuntos, es para entender que el análisis nunca puede agotarse en los casos específicos, sino en la estructura latente de un sistema que configura cada aspecto de lo particular.
El campo cultural, entonces, empuja a los autores a convertirse en emprendedores de sí mismos. Los autores deben preocuparse de conservar intacto su capital simbólico, otorgado por el hecho de haber publicado uno o dos o en el mejor de los casos tres libros. Deben estar atentos a las modas narrativas, ser sensibles a los gustos del público, evitar escribir con una sintaxis demasiado compleja pero también incluir en sus tramas medidas digeribles de alguna lucha social. En lo posible, tienen que lograr ser mencionados en alguna tesis de postgrado y mejor aún si es de doctorado. En fin, una serie de umbrales que constituyen el viaje del héroe del autor. ¿Su Ítaca? El reconocimiento social, los lectores que devienen fans, el público que termina cada uno de sus libros envalentonados, insuflados de poderosas consignas.
Desde luego, nada de esto sería tan importante si todo lo dicho hasta el momento no tuviese consecuencias en la calidad de las obras literarias. Y es que, como sostengo aquí, pareciera que los textos son la excusa para construir el capital simbólico del autor. Lo entienden así los escritores y también lo entienden los lectores, quienes compran fardos de libros a la carta, perfectamente pensados y confeccionados para ellos, con el objetivo de confirmar todas y cada una de sus certezas políticas y estéticas. Es, al final del día, una relación por entero recíproca: los lectores manifiestan sus necesidades y el autor les da lo que piden. Encontramos entonces, al levantar una piedra, novelas con un lenguaje transparente, de una sintaxis elemental y sostenidas por completo en la historia que cuentan. Textos simples en el tratamiento del tiempo y sencillos en los problemas que abordan. Novelas donde los malos son malos y los buenos son buenos, y cuyos materiales de elaboración son problemas tan serios y atendibles por la sociedad entera que uno se pregunta si no habrá sido mejor escribir un artículo académico que darse el tiempo de instrumentalizar la literatura. Textos bienpensantes, políticamente correctos, resumibles en dos líneas; excelentes guiones de películas o interminables series de Netflix.
El enemigo natural de este sistema recursivo es, evidentemente, la crítica literaria. Ya sea que hablemos de una crítica impresionista, virulenta, deficiente, arbitraria, partisana, incoherente, dubitativa, cobarde, egoísta, erudita, mañosa, académica, genuflexa o interesada, cualquiera puede ser vista por los autores a la carta y los editores-manager como una amenaza. La crítica literaria es el enemigo natural de la literatura del emprendimiento porque, en principio, todas llevan la impronta de la lectura personalísima, la de una experiencia subjetiva que necesita ser puesta en público. La literatura del emprendimiento, en cambio, se alimenta de uno de los excedentes de lo masivo: la opinión generalizada. No se trata ya solo de vender a cualquier costo (utilizando todas las argucias habidas y por haber), sino también de generar un consenso alrededor de ellas, un acuerdo que, de todas formas, no les cuesta demasiado construir, sobre todo en un panorama cultural habermasiano, en el que la disputa es vista como una peste y el acuerdo se considera el estado ideal de las cosas.
Así entonces, para silenciar a la crítica, es necesario acusarla de elitista, académica o intelectualizada. Para ello, echan mano a una serie de argumentos populistas que no por manoseados dejan de sumar simpatizantes cada cierto tiempo. Según este grupo de personas, la crítica desalentaría la lectura, alejaría a las personas de los libros con sus argumentos intrincados y sesudos, y establecería una diferencia entre los lectores de primera, segunda e incluso tercera categoría, clasificados según el tipo de textos que leen. Además, la crítica literaria, con sus juicios de valor y sus posiciones teóricas, ayudaría a configurar algo así como un círculo cerrado solo para entendidos, excluyendo a los lectores primerizos o poco familiarizados con las discusiones literarias.
A respecto, me parece que estas posiciones tienen un punto a considerar: la crítica académica, progresivamente, ha colonizado a la crítica pública con su lenguaje encorsetado y pedagógico; ha hecho de esta, por momentos, un sucedáneo de la escritura académica, cuya única diferencia pareciera ser el medio de publicación, pues en todo lo demás (una prosa atropellada, reiterativa, conservadora en cuanto a sus formas y sujeta a una serie de lógicas que poco y nada tiene que ver con lo público) son primas hermanas. Tal como afirmaba Beatriz Sarlo en su prólogo a Ficciones argentinas, «Es sabido que la crítica literaria le importa a muy pocos. La prosa académica le ha hecho perder vibración». Ahora bien, aunque se utilizan como sinónimos, decir académico no es lo mismo que decir intelectual. El intelectual es, al menos como yo lo entiendo, aquel que pone a disposición el conocimiento especializado para generar posiciones públicas relevantes. Su discurso no adquiere la forma jactanciosa o acumulativa propias de la academia, sino el modo imperativo: habla con determinación para generar pequeñas o grandes rupturas en las ideas que circulan en lo público. Sin concesionar la densidad teórica ni tampoco caer en el fango delicioso del populismo, el intelectual no mira en menos a nadie, no subestima a nadie, no excluye a nadie, todo lo contrario: cualquiera podría ser, en su actualidad, un interlocutor válido. Nada, ninguna discusión ni conocimiento teórico le está vedado a los lectores.
¿Por qué entonces esa insistencia de los populistas de la lectura por estupidizar a la gente? Voceros de sus propios complejos, sus palabras llevan la impronta de un juez: al decir que los demás no entienden las discusiones que se dan en estos lugares, los excluyen ipso facto de cualquier debate, sin darles la oportunidad de avanzar a tropiezos, como cualquiera que desea avanzar en las cosas que realmente le importan lo hace. En mi caso, aún hay cuestiones que no comprendo y que probablemente nunca voy a comprender, pero no quiero que alguien me excluya de esas discusiones, pues aspiro, algún día, a entender lo necesario para tomar alguna postura. Tener algo que decir o pensar llegado el momento adecuado.
Palabras más palabras menos, ninguna de estas minucias les interesa a los editores-manager y los emprendedores de la literatura, pues en principio les preocupa en lo absoluto la crítica literaria, ya sea académica, intelectual o elitista. En público pueden apoyar a la crítica, incluso firmar declaraciones que pongan en el centro la necesidad de ella (como este mismo texto, por cierto), pero todo queda en nada cuando algún texto crítico les toca a sus autores-figuras o sus autores a la carta, quienes habitualmente, según una encuesta hecha por ellos mismos, en tiempo récord se han convertido en la nueva voz imprescindible, singular, original y urgente de la literatura chilena actual, algo que incluso muchos otros escritores, con más de 20 años de trabajo escritural y bastante más merecimiento, ni siquiera se atreven a afirmar de sí mismos.
Me resisto a pensar que no hay otra salida más que entregarse por completo a las lógicas mercantiles. Un libro no es deficiente porque vende montones ni necesariamente excelente porque vende poco; esto es algo que ya está más o menos claro. Lo que hoy está en juego es otra cosa, la posibilidad de disputarle al mercado el monopolio de la valoración literaria. Lo masivo como sustituto de la discusión crítica. ¿Tenemos las herramientas teóricas para pensar en otra alternativa que no sea la adopción irreflexiva de las lógicas de mercado o la radicalidad antiventas? En principio, habría que aceptar que la tarea es compleja. Luc Boltanski y Eve Chiapello escribieron en 1999 El nuevo espíritu del capitalismo, un retrato mordaz sobre la sorprendente facilidad con que ciertas ideas de las vanguardias artísticas y el Mayo francés pasaron no sólo a formar parte del repertorio del capitalismo, sino que se volvieron impensables sin ella. Las ideas de libertad, de lo nuevo, lo espontáneo, la autonomía y la rebeldía, entre otras, ya son parte del acervo permanente del capital. ¿Puede una novela rebelde, furiosa y contraria a toda moral ser perfectamente compatible con el sistema de valores del capitalismo del siglo XXI? Por supuesto. Hay novelas disidentes que se venden a montones y se vuelven mainstream otras que si están una semana en los estantes de las librerías podemos hablar de un milagro. En definitiva, no hay forma de saber de qué estamos hablando sino es mediante la lectura y la discusión crítica. Pero a los editores-manager y los emprendedores de la literatura les causa escozor la crítica. Al campo literario, en general, le genera incomodidad la crítica literaria, ya sea que se publique en revistas culturales o que circule de boca en boca, pues ella, tan patuda y entrometida, suele cometer a veces el pecado capital de cuestionar el gusto de los intocables lectores. ¡El intocable lector! ¡Agradezcamos que al menos leen!
Nuestra decadente realidad cultural es una en la que predomina el algoritmo, los likes y los seguidores. Escapar a este indiscutible hecho suele tener un costo altísimo: soportar la invisibilidad autoral o convertirse en un proselitista de lo marginal. Por eso, considero razonable que para difundir el trabajo escritural se utilicen ciertos elementos que proporciona el mercado y las redes sociales. Sin embargo, junto a ello, deberíamos poder también reflexionar sobre algunos asuntos que sería bueno discutir: ¿qué lugar ocupa la crítica en este panorama? ¿En qué casos la exposición en redes sociales potencia el alcance de un texto literario y en cuáles el texto funciona como accesorio de la figura autoral? Aunque son fronteras difíciles de trazar, en lo personal tengo mis reservas con los textos de circulación masiva, basado estrictamente en mi experiencia lectora, aunque me he topado con grandes y luminosas excepciones. Al mismo tiempo, no han sido pocas las veces que me he decepcionado de ciertos textos “de culto”, de circulación restringida o silenciosa. En ocasiones me ha parecido desmedida la exposición de algunas novelas y en otras yo mismo habría compartido diez veces la foto de un libro en alguna red social. En simples palabras, sea cual sea la forma en que circulan las obras literarias, nada, ni siquiera la más descarada campaña de promoción autoral o el más plúmbeo blindaje de la academia, hará que un texto mejore su calidad. Saludable consuelo para los lectores curiosos e intranquilos: siempre habrá un libro para ellos, polvoriento al final de la última estantería.
















































