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Poéticas del poder

Nunca me imaginé que volvería a ponerse de moda He-man, que acaba de regresar de la mano de una megaproducción hollywoodense a todo trapo. Vi los dibujos animados cuando niño, pero mirando ahora el tráiler de la película nueva que acaba de estrenarse, no siento ninguna nostalgia por la historia de ese hombre exageradamente musculoso que levanta su espada y grita “Yo tengo el poder” con voz grave y viril. Tal vez no es casual que nuestra época decida revivir una fantasía masculina de omnipotencia tan obvia y ridícula, un imaginario que creíamos haber dejado atrás. A mi hijo, a quien le gustan los villanos, le interesa más la figura de Skeletor, y tiene toda la razón. Es la calavera, la muerte, que termina siempre por vencer, el hueso que finalmente dura más que el músculo. 


Nadie tiene el poder, en realidad es el poder el que nos tiene en sus garras, una fuerza impersonal más grande que nosotros que nos utiliza y luego nos abandona, nos deja vacíos. Uno a lo sumo está en el poder, como quien está en una zona elevada que lo pone por sobre los demás, pero el poder no es una geografía terrestre sino un mar en movimiento, y quien se alza descenderá luego inexorablemente.  


En “1987”, un notable poema que musicalizamos con la Orquesta de poetas, Claudio Bertoni repite como un mantra “No estoy en el poder”: “no estoy en el poder / estoy en el paradero // no estoy en el poder / estoy en la micro // no estoy en el poder / estoy en una cola de chilectra // no estoy en el poder / estoy en una sala de espera // no estoy en el poder / estoy subiendo a una micro // no estoy en el poder / estoy bajando de una micro // no estoy en el poder / estoy haciendo cola // no estoy en el poder / estoy en una fuente de soda / tomándome una malta // no estoy en el poder / estoy en una fuente de soda / comiéndome un completo // no estoy en el poder / estoy en una fuente de soda / viendo el festival de la una / en un televisor motorola”. 


No estar en el poder es estar en los lugares comunes y corrientes, en los mismos lugares que todo el mundo, ser uno más. Estar en el poder, en cambio, es estar en un no-lugar superior, aparentemente inalcanzable, aunque por otra parte el poder nunca está en un solo lugar. Por definición domina otros lugares, y por lo mismo funciona en una red con ellos, siempre es poder en relación con otros sobre los que ese poder se ejerce. El poder, como Jesús según Arjona, es más verbo que sustantivo. Se conjuga así: yo puedo, tú puedes, él puede, nosotros podemos, pero ustedes no, ellas tampoco. ¿Se puede no estar en el poder de modo absoluto? Probablemente no, quienes dominan son a su vez dominados, y quienes se someten están por encima de otros.


La palabra power en inglés, más aún que en castellano, significa energía. Te quitan el poder y quedas desenchufado. “The power is out” significa “se cortó la luz, la electricidad”. Al mismo tiempo, el poder tiene que ver con una reserva de fuerza no ejercida (lo que en inglés se expresaría como might, que no por casualidad significa poder como sustantivo, pero “podría” como verbo, el modo condicional o potencial). Canetti distingue astutamente fuerza de poder, y da un ejemplo: el gato que atrapa al ratón por medio de su fuerza, pero luego lo suelta y lo deja escapar, lo libera de su fuerza pero no de su poder, de su capacidad de volverlo a atrapar y seguir jugando con él hasta cansarse. Quien tiene el poder tiene la capacidad, supuestamente, de desplegar una fuerza que lo respalde. Pero la efectividad de esa fuerza es siempre incierta, y finalmente frágil.


Fotograma de El gran dictador

Chaplin captura bien en El gran dictador ese lado temeroso, sobreactuado del poder. Su personaje alterna la gestualidad amenazante e imponente, exagerada, de un poseso, con el nerviosismo de quien sabe que en el fondo todo es una farsa, una comedia, un bluff. Trump y Milei se ajustan perfectamente al estereotipo del líder supremo como un payaso peligroso, impredecible, un bebé grande malhumorado gritando órdenes a todo pulmón y blandiendo una motosierra a diestra y siniestra, o la Reina de corazones de Alicia en el país de las maravillas exigiendo “que le corten la cabeza” a cualquiera que la contraríe. 


Nuestro presidente, en cambio, carece casi por completo de teatralidad. Su personaje se construye desde una imperturbabilidad que parece a toda prueba, en el límite de lo inexpresivo. Al hablar, sus manos casi no se mueven, su voz marca énfasis didácticos sin nunca vibrar apasionadamente, sin nunca dejarse llevar. Su rostro permanece inexpresivo como el de un muñeco de ventrílocuo, casi como si estuviera medicado. ¿Qué hay detrás de esos ojos azules, de ese rostro serio? No se sabe, tal vez nada…


Kast carece de todo carisma, y casi podría decirse que cultiva un anticarisma. No tiene la calidez dicharachera de Bachelet, ni el atarantamiento ansioso de Piñera, o el atarantamiento afable de Boric. No se podría decir que Pinochet fuera una figura carismática, pero tenía un humor soterrado y siniestro del que Kast carece. Piñera, con sus tics y sus esfuerzos torpes por caer bien, era finalmente más expresivo. Con Kast, en cambio, elegimos como presidente a un témpano. Si Chile intentó venderse en los 90 a partir de la imagen de un iceberg, pareciera que nuevamente queremos bajar la temperatura política, congelar los cambios, conservarnos fijos frente al vértigo de un mundo en el que todo se derrite, se licúa, fluye. 


Releyendo estas líneas, me doy cuenta de que ellas giran en torno a imaginarios fuertemente masculinos, de He-man a Kast. ¿Habría otros modos menos patriarcales de ejercer el poder, desde la astucia o la seducción, por ejemplo, desde el entusiasmo o lo colectivo, desde el diálogo y el respeto? ¿O es el poder finalmente lo mismo, funciona igual sin importar quien lo ejerza? ¿Está el poder realmente en las manos de quienes aparecen como figuras de poder, o en realidad está diseminado en dispositivos más sutiles, en el dinero, la tecnología, las instituciones y sus normas, el espacio que nos dicta modos de movernos, el trabajo que somete nuestro uso del tiempo? Tal vez lo inquietante de Kast es sentir que él no está realmente en el poder, sino que a través suyo se despliegan fuerzas invisibles que nos encadenan sin que lo sepamos. No la megarreforma visible, sino las mil microrreformas invisibles de las que los medios no hablan. 


¿Por qué las democracias del mundo están escogiendo líderes autoritarios, figuras paternas a veces irracionales que prometen orden y grandeza pero siembran el caos o despliegan pasiones de una pequeñez mezquina, como el nacionalismo?  ¿Estábamos equivocados quienes creíamos en líderes que prometían apertura, cambio, tolerancia, diálogo, progreso? Creo que parte de lo que nos falta a quienes nos consideramos de izquierda es dejar de asumir que automáticamente tenemos razón, que somos los buenos de la película y que quienes votan por la derecha son todos idiotas, dejar de creer que la razón es siempre nuestra y prolongar un poco la perplejidad de las preguntas. Aprender a no estar en el poder, y desde esa humildad proponer un proyecto que lo recupere y lo ejerza mejor. En vez de seguir quejándonos de lo malvado que es el gato, ponerle el cascabel o burlar su vigilancia como lo hacen siempre los roedores astutos de los dibujos animados, oponer la gracia a la fuerza bruta, recuperar el poder sabiendo que no es, no debe nunca ser, un atributo permanente sino una pelota que pasa de mano en mano en el juego democrático. Mientras tanto, no estaría de más repetir como un mantra “no estoy en el poder, no estoy en el poder”. 


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