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Las semillas del infierno

Acerca de Llueve en el Tambopata, de Lila Gianelloni


Tengo entre mis dedos una semilla roja y negra. “Es una leguminosa muy brillante que procede de un árbol de 15 metros”. Es una semilla de huairuro que me ofreció Lila, a modo de souvenir, en la presentación de “Llueve en el Tambopata”. Dicen que es sagrada, que “aleja los males”.


El relato empieza en el hotel y termina en el hotel. Como si el hotel, lo único que no es selva en medio de la selva, fuese la fortaleza que contiene el relato para que no se desborde. Pero llueve al comienzo y llueve al final, la pileta del hotel está desbordada. No hay forma de contener esa lluvia. No hay forma de contener la selva. Y la lluvia hace la selva. Y la selva hace la voz.


Todo es excesivo en la selva. Los gallos no cantan solo al amanecer, cantan para sobresalir, cantan a cada rato. Los pájaros arman griterío. Los colibríes son enormes, también las lagartijas. Todo crece en exceso. Hay caimanes negros, y hasta un árbol que camina.


En un paseo encuentran huellas del Chullachaqui, un guardián de la selva que toma forma humana (“en una huella el pie va hacia adelante, y en la otra hacia atrás”).


Pero “la selva, en su aparente desborde, es precisa a su manera. La cantidad justa de polen necesaria para fecundar, la exacta ubicación de la tela que tejen las arañas o el número regular de dientes del yacaré, no son aproximaciones”.


Casi todo en la selva tiene poder alucinógeno. “Hay algo en la fuerza que me rodea que me absorbe, estoy inmersa, mi mirada modifica lo que miro, y lo que miro me cambia”. 


“Los animales no están separados de la selva, son parte de ella, por eso son discretos. Los humanos nos sentimos separados de la naturaleza. Eso es porque hablamos. Hablar nos separa”. Si no tuviéramos el habla, la selva nos tragaría. Esa voz alucinada, para no perderse en la gran unidad, busca preservarse de la naturaleza salvaje mediante la ilusión de ser un ente separado. Porque “la selva es el universo entero”. 


“Las acciones, desde que llegué a Infierno, parecen salir de algún manantial que no administro”.


La narradora, que llega a ese pueblo llamado Infierno para visitar a su hijo, es tomada por esa fuerza salvaje que poco a poco revela su propósito: se trata de la preparación de una ceremonia con plantas sagradas. Ella se rinde, hace lo que debe hacer, lo único que puede hacer allí para que le selva la acepte: con total humildad se entrega a ese ceremonial que ya ha comenzado (antes de la ceremonia en sí). Las plantas se cuecen durante varios días. Ella colabora, ayuda a cocinar la planta, a preparar todo para el día de la ceremonia. También ayuda a recoger plantas. Entre ellas, una planta llamada chapaka, cuyas hojas, “dispuestas en ramo, van a sonar durante la ceremonia”.


Porque la selva suena. Todo el relato podría leerse como un diálogo con la inmensidad de la naturaleza, como una forma de decir la selva, un modo sutil en que la selva se expresa.


Cuando la narradora busca en google: “Infierno, Tambopata, Madre de Dios, Amazonía”, comprueba que Infierno no existe en ningún mapa. Más allá de que exista o no tal pueblo, es una fundación mítica.


Es el Infierno de Dante, la Santa María de Onetti, la Comala de Rulfo. 

“Hasta antes de llegar a Infierno no había oído hablar del río Tambopata, ni tampoco imaginé que terminaría bebiendo de su agua que dicen que quien la toma, regresa”.

“No quiero viajar más lejos de lo que he viajado, llegué a destino, la selva me recibió”.


Hay un respeto por la naturaleza que se traduce en el tono íntimo, humilde, para no despertar a la selva, para no hacerla enojar. La lluvia hace la selva. La selva hace la voz, esa voz renuente a toda pretensión literaria, una voz que se coloca por debajo de los sonidos de la selva, para que la selva “suene”, para que se exprese a través de ella. Una voz blanda, generosa, que se ofrece humilde para traducir lo intraducible –la naturaleza salvaje— a la lengua escrita. 


Porque la selva es algo serio. “Cae un rayo. Algo serio está ocurriendo ahí afuera, algo que no me es dado conocer”. 


“Así me siento, sin haber conocido el sabor de la bebida, no la he probado, sin embargo, acá estoy, como si estuviese la planta dentro de mí y solo estuviéramos hablando. Le pido que nos cuide”.


La ceremonia es “un ritual milenario que exige respeto y afinidad”. No bebe la pócima porque su misión es la de cuidar. Ella se convierte en guardiana, esa es su función, su modo de participar. Pero también es guardiana del lector. Una voz que cuida la ceremonia de la escritura para que la lengua no desborde, para evitar los excesos, para que podamos degustarla despacio. Una voz que se cuida a sí misma para no decepcionar al lector. La única manera de mostrar la selva es mediante esa voz diáfana, pequeña, humilde. Porque la voz de la selva está por encima de cualquier literatura. Tal vez suene paradójico, pero esa humildad literaria, ese gesto literario de rendirse ante algo más grande que la literatura, es lo que hace a la grandeza del texto. 


En la ceremonia reconoce el sonido que hacen las chakapas. “Suenan como palos de agua, de a ratos como cuerdas o como un susurro lejano”. La selva SUENA. Se cantan ícaros. “Los ícaros son guías, son sagrados, forman un escudo de protección alrededor de nosotros”, son “cantos que dicta la naturaleza en estado puro a quien sea capaz de escuchar, cantos que guían el viaje”. Porque la ceremonia es un viaje dentro del viaje.


El relato abre y cierra con lluvia. Porque la lluvia hace la selva. La lluvia borra los bordes de la pileta, y también los bordes del relato. La selva borra los bordes de la civilización. Todo desborda en la cercanía de la selva. 


Incluso el soporte libro de papel está atravesado por la selva, los apartados están separados por semillas de huairuro. Porque la selva lo invade todo: la voz narrativa, el soporte de papel (un libro diminuto, tan sutil como la voz que lo recorre), la presentación del libro (allí se reparten las mismas semillas recogidas en Infierno).


Como si hubiera un remanente de selva, un excedente que no pudo ponerse en palabras, las semillas rebalsan, rebasan los bordes de la lengua, del libro en su materialidad, de la presentación. Las semillas que Lila reparte son la metonimia de la selva; el libro, su metáfora.


Y ahora, mientras hago rodar entre mis dedos la semilla de huairuro, me doy cuenta de que, así como procede de un árbol inmenso, contiene ese árbol en su interior.


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Llueve en el Tambopata
Lila Gianelloni


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