Mike Wilson: “El lenguaje es una extensión de los sentidos”
- Valeria Sol Groisman

- hace 1 día
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Mike Wilson nació en Misuri en 1974. Su padre es estadounidense y su madre es argentina. Estudió literatura hispanoamericana en Cornell University y completó su doctorado en 2009. En la actualidad es profesor asociado en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Autor de las novelas Rockabilly, Leñador, Ciencias ocultas y Némesis y el libro Wittgenstein y el sentido tácito de las cosas, Wilson es de los pocos escritores anfibios que se mueven con soltura entre la academia y la literatura.
Sus primeros libros de ficción lo instalaron como parte del movimiento literario chileno conocido como “freak power”, que se caracterizó por dejar atrás temas asociados tradicionalmente con la literatura local, rompió con el realismo e incorporó recursos y elementos de lo pop, el pulp, la ciencia ficción y el amplio universo de lo fantástico.
Wilson recibió el Premio de la Crítica, el Premio del Consejo Nacional de la Cultura y Artes, y el Premio a la Creación Artística de la Universidad Católica. Vive en Chile y acaba de publicar Raider Tōzō (Fiordo).
Sobre su nuevo libro conversó con Barbarie.
VSG: Raider Tōzō sucede en Tokio durante un tifón, pero hay un anciano que espera la muerte en la Patagonia. ¿Cómo apareció ese doble escenario —Japón y Sudamérica— como espacio de una misma historia?
MW: Paso bastante tiempo en la Patagonia. Tengo una pequeña cabaña allá y me escapo de la ciudad siempre que puedo. Como en todo lo que escribo, el lugar es lo primero que aparece, sea real o imaginado, siempre parto por ahí. Creo que ese territorio se fue incubando en mi cabeza durante años, sin que yo me diera cuenta, hasta que terminó convertido en una narrativa. Japón llegó antes, a través del sumo, un deporte que veía cuando chico y con el que reconecté hace algunos años. Me fascina su reverencia, los rituales y el simbolismo, lo veo como el sintoísmo encarnado en cuerpos gigantes. Cuando supe que quería escribir sobre un luchador de sumo, aproveché un semestre sabático para viajar a Tokio, fui a un torneo y me sumergí en la ciudad. Los dos escenarios se fueron encontrando, Japón tenía movimiento, los cuerpos y los rituales, mientras la Patagonia era silencio y distancia. Ambos compartían climas extremos, el tifón dispuesto ante la nieve y el hielo. La historia se acomodó en algún lugar entre esos dos extremos.
VSG: ¿Qué te atrajo del universo del sumo como materia literaria?
MW: Tiene cierta épica. Es una tradición que se remonta a casi dos mil años en la que dos gigantes suben a una plataforma de arcilla, casi desnudos y a la vez engalanados. La forma en que visten, cómo llevan el pelo, los movimientos que hacen, todo tiene un significado. Se paran al borde de un círculo de paja trenzada, cumplen una serie de ritos, lanzan sal para purificar el espacio, se agachan, se observan y finalmente se enfrentan. El combate dura apenas unos segundos, mucho menos que toda la ceremonia previa. Me fascina ese contraste entre la lentitud del ritual y el estallido repentino de violencia, y esa mezcla entre lo sagrado y lo brutal. Cuando empecé a investigar descubrí todo un mundo cerrado, jerárquico y regido por normas estrictas. Me interesaron la disciplina, las creencias, la dureza de sus vidas y los extremos a los que llevan sus cuerpos. Son hombres que alcanzan una dimensión casi mítica, los campeones son tratados como dioses pero que pagan un precio enorme por lograrlo. Había una extraña mezcla entre la obediencia espiritual y el deterioro físico. Me atrajo eso.
VSG: La novela es un relato dentro de un relato dentro de un relato: una muñeca rusa. ¿Cuándo supiste que esa era la forma que necesitaba este libro? ¿La forma llega antes que la trama, o es al revés?
MW: No soy sistemático cuando escribo y no sabría decirte dónde colocar la trama en el orden de las cosas. La forma se fue dando cuando me di cuenta de que quería que la novela fuese, en gran parte, sobre la escritura y el proceso de escribir, sobre los momentos en que uno lo hace y sobre cómo intervienen los sentidos, las memorias y los lugares. Mientras escribía fui descubriendo cómo las historias de la novela se desjerarquizaban, cómo el flujo de la narración dejaba de ser unidireccional y cómo, a veces, el escritor se anticipaba a su escribidor.
VSG: Tarō escribe para resistir: ¿es eso también lo que te pasa a vos cuando escribís?
MW: Puede ser. Escribir me da sentido y cuando va, y va bien, es como tomar aire. Hablo del acto mismo y literal de escribir, no de la parafernalia que lo rodea. Eso puede provocar una que otra emoción, pero no me da sentido. A veces, como a muchos, la vida se me hace pesada y adquiere un espesor que cuesta navegar. Pero mientras escribo siento que todo eso se desvanece y el aire se rarifica. Ahí encuentro sentido, y eso me permite volver a sumergirme en esto y aguantar.
VSG: Alejandra Costamagna dice que cada libro tuyo pone a funcionar una máquina alucinante. ¿Cómo pensás el lenguaje: como herramienta, como arquitectura, como algo que tiene que romperse para funcionar?
MW: Cuando escribo siento que el lenguaje es una extensión de los sentidos, como si las palabras formaran tentáculos que tantean el mundo y se aproximan a las cosas. Pienso en el lenguaje de una manera casi animista. Cuando le doy rienda suelta adquiere cierta autonomía y se vuelve algo que ve, oye, toca, saborea, huele y también piensa.
VSG: La novela en definitiva se pregunta: "¿qué puede la literatura?" ¿Qué podés decir vos sobre esa pregunta, o es una pregunta que preferís dejar abierta?
MW: Creo que esa es una pregunta que a lo mejor los lectores sabrían responder.
VSG: Cada libro tuyo parece ir hacia un lugar distinto y al mismo tiempo esos lugares pueden reconocerse como tuyos. ¿Si mirás tu obra para atrás, como un conjunto, qué te parece que tienen en común?
MW: Creo que siempre hay una pregunta existencial detrás de lo que escribo, busco sortear las dudas y los nihilismos, encontrar certezas, saber reconocer los límites del lenguaje y no forzarlo en lugares donde no pertenece. Hay algo terapéutico en eso para mí, reconocer esas cosas y esos espacios que yacen fuera del alcance de la razón y saber aceptar ese límite.
VSG: ¿Qué leías mientras escribías Raider Tōzō?
MW: Estaba leyendo sobre una expedición rusa que viajó de Kamchatka a Alaska en 1741. El libro se centra en la experiencia del naturalista Georg Steller durante el viaje y cuenta el naufragio que sufrieron en la isla de Bering. El libro se llama Where the Sea Breaks it Back y es de Corey Ford.
VSG: ¿Qué estás leyendo ahora?
MW: Una novela de terror que se llama El cazador de cazadores de búfalos, escrita por Stephen Graham Jones.
VSG: Por último, ¿en qué aspectos tu carrera académica influye en tu escritura?
MW: No mucho, el mundo académico es otro modo de pensar, muy distinto a cómo me dispongo ante la escritura. La escritura para mí se aleja de lo racional y no depende de la sistematización de ideas.

















































