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¿Para qué sirve la arquitectura?

hace 18 horas
6 min de lectura

Los días 8 y 9 de octubre se realiza en el campus Lo Contador UC la primera edición de DATe —Diseños, Arquitecturas y Territorios—, un encuentro internacional y gratuito que este año aborda las “Superposiciones Territoriales”: los conflictos que hoy marcan al mundo, leídos en clave espacial. El encuentro reúne a ocho invitados internacionales provenientes de la arquitectura, la sociología, la historia y la historia del arte: Samia Henni, Nina Kolowratnik, Léopold Lambert, Elis Mendoza, Pelin Tan, Paulo Tavares, Alfredo Thiermann e Inés Weizman. En esta columna, su director y curador plantea que la arquitectura no es solo lo construido, sino también un conocimiento capaz de investigar, documentar y diagnosticar conflictos, y reivindica esas otras prácticas que la historia y la crítica han dejado fuera.


El último fin de semana largo no salí. Decidí aprovechar el tiempo para hacer algunos arreglos en la casa. Mientras atornillaba bisagras sueltas y taladraba muros para colgar cosas, me di cuenta de que hacía años que no ocupaba el martillo. Por curiosidad, revisé los manuales de los muebles armables y, en casi todos, sobre el dibujo de un martillo aparece una cruz que recomienda no usarlo. Que el uso del martillo se desaconseje hasta en los manuales de instrucciones parece ser un cambio reciente, ya que antes era el símbolo por excelencia del trabajo manual y aparecía en banderas e incluso en libros de filosofía. Pensé, por ejemplo, en que hace casi exactamente un siglo Martin Heidegger utilizaba el martillo para mostrar que el uso de las cosas no siempre es reflexivo. Explicaba que, cuando un carpintero usa el martillo para clavar, no piensa en él como objeto; así, el martillo desaparece y solo aparece el resultado de su instrumentalización: el clavo enterrado y la madera unida a otra madera. De esta forma, argumentaba el filósofo alemán, el útil se revela en su uso.


Mientras recordaba ese ejemplo heideggeriano, se me hizo imposible no pensar que algo similar podría decirse de la arquitectura: que nadie se fija en ella mientras la usa. Para Walter Benjamin, un edificio se percibe en un estado de distracción. Sin atención. Tal como el martillo en la mano de un carpintero, la arquitectura no es tema para quienes la usan. Por eso, la gran mayoría de las personas ni siquiera sabe qué arquitecta o arquitecto diseñó su casa o edificio. No les preocupa. Solo les importa que cumpla bien su función.


Pero el martillo, nuevamente siguiendo a Heidegger, aparece como objeto solo cuando falla o cuando falta. Él ocupa este ejemplo para criticar a la tradición filosófica moderna, más pendiente de establecer ‘qué es’ una cosa que de preguntarse ‘para qué sirve’. Porque, en la práctica, la pregunta por el ‘para qué’ de algo es clave. Implica la pertenencia a un mundo mayor, que relaciona el objeto con su entorno. Si llevamos esto a la arquitectura, se hace más fácil entenderlo: una casa no solo se conecta con la calle, con la red eléctrica, con el agua potable o con el alcantarillado; se vincula también con un sistema productivo en su construcción y con la tecnología disponible en los materiales con que fue realizada. Por eso, cuando nos tendemos en la cama a dormir una siesta, no nos desvelamos pensando en ‘qué es’ un dormitorio. Pero si la casa tiene goteras o si su interior es excesivamente caluroso en verano, tal vez recién nos acordemos de que tiene autores (aunque seguramente no pensemos en ellos en muy buenos términos). A fin de cuentas, el ‘para qué’ de una casa o un edificio es que en ellos se viva bien. Si eso falla, todo lo demás pasa a segundo plano.


Sin embargo, con el fin de escapar de esa camisa de fuerza llamada ‘utilidad’, la tradición de la arquitectura ha puesto un especial énfasis en el ‘qué’, en el objeto. Bajo el argumento de que el arte es por naturaleza inútil, la rama de la arquitectura que defiende su comprensión como pieza artística tiende a aislar el objeto de sus condiciones de producción y, para no afectar su aura, solo lo relaciona con una tradición de estilos, movimientos o incluso vanguardias artísticas. Esa es la arquitectura que habitualmente se fotografía, se publica, se premia y se celebra. En esos casos, poco se cuestiona el eventual servicio que esa arquitectura preste: para qué o a quiénes sirve.


Afortunadamente, esa manera de ejercer y entender la arquitectura —que protege el objeto de cualquier relación que pueda contaminar su aura, valorándolo como algo autónomo— no es la única. Dado que la arquitectura no es solo una profesión, sino más bien un campo de conocimientos en constante cambio y reconfiguración, existen muchas formas de hacer arquitectura. La mayoría de ellas tienen menos glamour y reciben menos atención mediática que la modalidad artística, pero no por eso dejan de ser importantes. Son esos otros usos los que un encuentro como DATe quiere relevar.


De hecho, si dejamos de mirar la arquitectura solo como productora de edificios y la miramos como un conocimiento aplicable, podemos entenderla como una herramienta con múltiples usos. Tal como advirtió en 1965 el filósofo francés Jacques Ellul, quien tiene un martillo terminará por golpear con él, a veces un clavo y otras un cráneo. Ninguna herramienta es inocente: sus usos, buenos y malos, vienen con ella. En este punto no podemos ser ingenuos: la arquitectura ciertamente puede prestarse a usos perversos, tal como lleva años demostrándolo Léopold Lambert. Un muro no solo protege, sino que también divide. Un recinto no solo genera un espacio, sino que también lo confina. Un edificio puede servir para que muchas personas vivan o para que unos pocos especulen.


Aquí, entonces, la pregunta pertinente quizás no sea ‘para qué’ sirve la arquitectura, sino ‘para qué más’ puede servir. Un martillo, con algo de paciencia, también puede servir para romper cadenas. Algo similar ocurre con la arquitectura. Por ejemplo, la misma dinámica de participación ciudadana que se utiliza en el diseño de muchos proyectos públicos puede convertirse en una instancia terapéutica donde las comunidades exorcicen sus miedos y enfrenten sus traumas, como hace tiempo viene haciendo Patio Lab. En esa vertiente menos artística y más instrumental se encuentra el trabajo de muchas y muchos investigadores y profesionales de la arquitectura, quienes leen, analizan, observan y diagnostican nudos críticos de la realidad. Se trata de prácticas e investigaciones dedicadas a estudiar y comprender las controversias territoriales desde una mirada espacial, que ofrecen perspectivas inéditas y anticipan preguntas que hoy resultan urgentes. Desde el preciso dibujo planimétrico realizado por Forensic Architecture para reconstruir procesos de ocupación forzada de territorios hasta la producción de evidencia material para juicios ante cortes internacionales que vemos en el trabajo de Nina Kolowratnik. Desde el levantamiento de las huellas y patrones de los asentamientos de comunidades originarias que ha explorado Paulo Tavares hasta el análisis de las trayectorias históricas de los materiales que componen un edificio en el trabajo de arquitectura documental de Inés Weizman. Desde la escucha atenta de un testimonio para reconstruir una historia hasta el estudio que hace Pelin Tan de la historia de un territorio para descubrir posibilidades socioespaciales inéditas. Desde el registro e interpretación de las huellas de la explotación del desierto que ha realizado Alfredo Thiermann hasta la detección y el mapeo de partículas tóxicas que prueban que un territorio fue convertido en zona de sacrificio sin que sus habitantes lo supieran, como muestra el trabajo de Samia Henni. En todos estos casos, la producción de documentos gráficos y escritos —el mismo tipo de trabajo que la arquitectura ha hecho siempre— sirve para fines distintos de la construcción de edificios.


El problema aquí es que la historia y la crítica especializadas han tendido a pasar por alto esos otros usos de la arquitectura, tanto los perversos como los más esperanzadores. Y quizás ahí sí hay una deuda por saldar. Porque si solo contáramos la historia del martillo como objeto, tendríamos que dejar fuera el de Heidegger (ese que solo clava clavos y nunca golpea a nadie); los que usaron los grupos paramilitares nazis para romper las vidrieras de las tiendas judías en una noche de noviembre de 1938 (sobre la que Heidegger no se pronunció públicamente); el que aparece junto al compás en el escudo de la Alemania Oriental (el mismo país que construyó el que probablemente sea el muro divisorio más infame de la historia), e incluso los martillos que miles de ciudadanos de a pie usaron en noviembre de 1989 precisamente para derribar el muro de Berlín. Todo eso quedaría fuera.


A través de DATe intentamos saldar esa deuda, con la esperanza de que nuevas audiencias conozcan el espesor que pueden llegar a tener las prácticas espaciales.


Dar espacio, atención y reconocimiento a esas otras formas de ejercer la arquitectura no es solo un problema de justicia. También nos permite mostrar a la sociedad que nuestros campos de acción van mucho más allá de esa “pequeña parte de la arquitectura que pertenece a la esfera del arte”, como decía el arquitecto austríaco Adolf Loos. Porque si nuestro único discurso público consiste en defender la importancia de objetos que quienes los usan apenas perciben en estado de distracción, mejor nos quedamos en la casa colgando cuadros. Afortunadamente, la arquitectura también tiene otros usos, otras historias, otros significados y otras potencialidades. Todavía estamos lejos de que los manuales desaconsejen su uso.

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