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“E, inclinándose, siguió escribiendo en la tierra”. Sobre el acto de escribir en los Evangelios.

Introducción 

“E, inclinándose, siguió escribiendo en la tierra”. ¿Por qué haber seleccionado este versículo del Evangelio de Juan (capítulo 8, versículo 8) para reflexionar sobre el acto de escribir? Simplemente porque este versículo es el único, en los Evangelios, que hace referencia al gesto de escribir. En efecto, en este texto, Jesús escribe, y lo hace de una manera extraña, sin papel, sin usar un lápiz o un pincel, sino escribiendo con su dedo en la tierra, inclinándose. Ahora, la pregunta es: ¿cómo esta escena nos puede ayudar a pensar hoy el acto de escribir, en particular la escritura académica de la teología? 


Un relato que produce des-coincidencias

Antes de responder a esta pregunta, me gustaría primero hacer un breve recorrido por el texto bíblico en el cual se encuentra esta cita joánica. Esta cita aparece en un relato que nos cuenta el encuentro de Jesús con una mujer, que un grupo de hombres acusan de adulterio: 


Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?». Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».


El centro de este relato es una pregunta que los acusadores hacen a Jesús: ¿qué debemos hacer con el caso que te presentamos? En efecto, Moisés, en la Ley, nos ordena apedrear las mujeres reconocidas como adúlteras, pero tú, “¿qué dices?. Frente a esta pregunta tramposa, Jesús va a responder al lado de la pregunta, va a contestar sin contestar, desplazando más bien la pregunta: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra», lo que tiene como consecuencia que uno a uno los hombres se levantan y salen de la escena del relato (“comenzando por los más ancianos”, dirá con malicia el texto). Lo interesante de esta escena es que la estrategia discursiva utilizada por Jesús no consiste en responder de manera adecuada a los escribas y los fariseos, respetando el perímetro exacto de la pregunta planteada (sí o no, condenar o no condenar), encerrándose en una elección binaria; no consiste tampoco en el hecho de movilizar un saber teológico más potente que aquel de sus interlocutores. Su estrategia de respuesta consiste más bien en remitir cada uno de los acusadores, por un juego de espejos confundentes, a su propia existencia, lo que tiene como efecto introducir en ellos “la herida de una distancia” ante la cual cada uno solo puede reconocer, en conciencia, que no coincide con la postura de pureza moral que pretende encarnar, y sobre todo imponer. Claramente, se juega aquí una operación de descoincidencia (como lo dice el filósofo francés François Jullien): Jesús hace descoincidir cada uno de sus interlocutores de sus rigideces, sus saberes, sus dogmas, sus certidumbres, o sus culpas. Y es poco decir que eso ha ido generando frustración y odio. 


Por otra parte, mi hipótesis es que, después del episodio con los escribas y fariseos, cuando Jesús se dirige hacia la mujer para decirle de continuar su vida dejando de pecar, la va a hacer descoincidir, a ella también, pero a ella, de su estatuto de acusada. “Vete, no peques más en adelante”. Manera de nombrar el pecado, pero sin nunca reducir (o hacer coincidir) esta mujer con su pecado, lo que abre para ella un espacio de vida y de nuevos posibles. 


Pensar el acto de escritura

Si consideramos ahora el acto de escritura, pienso que es en el marco de esta dinámica de descoincidencia practicada por Jesús en este relato que debemos leerlo e interpretarlo. En efecto, este acto de escritura, que aparece dos veces en el relato, está enmarcando la frase «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra», que es el corazón de la descoincidencia que opera en el texto. Antes de esta frase, Jesús escribe, y después de esta frase, Jesús vuelve a escribir. Entonces, mi pregunta sería: ¿su acto de escritura no estaría íntimamente vinculado a esta misma dinámica de descoincidencia? Intentemos fortalecer esta hipótesis, retomando toda la secuencia del acto de escribir: “Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo


  • Primer elemento 

El primero de los elementos que me interesa en esta secuencia es la asociación entre el acto de escritura y el hecho de inclinarse. En efecto, si Jesús escribe “inclinándose” (esta precisión se dice dos veces), por su parte, la dimensión de oralidad que aparece en el relato, con la frase: “Jesús les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra»”, es asociada al verbo “enderezar”. Visualmente, tenemos así, en el corazón de una escena en la cual Jesús aparece inclinado y escribiendo (al inicio y al final de la secuencia), un momento de enderezamiento en el cual una palabra viva e interpeladora está pronunciada (entre paréntesis, notémoslo: en este verbo “enderezarse” está contenido otro verbo: “rezar”). 


Lo que la estructura visual de esta secuencia propone es interesante, y nos dice que la escritura no aparece como un acto cerrado sobre sí mismo, sino como un proceso que lleva inscrito en su interior una interrupción, una apertura hacia la palabra viva. Y esta interrupción no es un accidente narrativo, sino una dimensión más bien estructural, que está en el corazón de la secuencia. A diferencia de la escritura de la Ley – grabada en piedra, fijada – parece que el sentido del acto de escritura de Jesús no reside en lo que fija o clausura, sino en lo que deja pasar y abre.  


  • Segundo elemento 

El segundo elemento que llama la atención en esta secuencia tiene que ver con el juego que existiría entre el sentido y la verdad. 


Concretamente, me parece que el dispositivo textual presente en el relato joánico permite pensar algo que no es ajeno a otro espacio de elaboración de la palabra: la cura analítica. Allí también, mientras el analizante intenta ordenar sus pensamientos, justificar sus actos, dar forma a sus emociones o narrar sus experiencias, algo puede irrumpir inesperadamente en el discurso. En medio de las explicaciones, de los murmullos, de las quejas o de las búsquedas de sentido, emerge de pronto un elemento imprevisto que interrumpe el flujo de la elaboración narrativa. 


Este elemento, que puede ser un lapso, un error, un atisbo de sueño, un olvido, representa el momento de la efracción/irrupción de la verdad en la trama del sentido. Su consecuencia es generalmente la sorpresa, manifestada por la risa, el silencio, la negación o la excusa. “En realidad, no quería decir eso”.


Y no lo quería precisamente porque eso que se ha revelado y que ha venido interrumpir la elaboración del sentido (haciéndolo descoincidir) es una palabra que tiene que ver, de una manera u otra, con la verdad. La verdad, en psicoanálisis, como lo que produce un hoyo en el tejido del sentido (de hecho, ¿no era este uno de los puntos de quiebre entre Paul Ricoeur y Jacques Lacan en su disputa sobre la naturaleza y la función del psicoanálisis?). 


Ahora bien, me pregunto si no estamos frente a algo similar en el texto de Juan que nos interesa, con un Jesús que busca elaborar una respuesta que haga sentido con respecto a la pregunta de sus interlocutores, pero que se encuentra como desbordado por la “insistencia” de estos últimos (“insistencia” es la palabra que está en el texto). Entonces, algo inesperado sale de la boca de Jesús (ya no de su dedo en la arena), y esta palabra no es un comentario más (más verdadero o más inteligente) de la ley, sino una palabra viva, un acto performativo que instala la verdad en medio de ellos, y eso justo antes de que Jesús retome el curso del discurso (“Jesús, inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo”). La consecuencia de esta palabra es que pone literalmente en movimiento a sus destinatarios: “Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos”. En esta perspectiva, la respuesta de Jesús a la pregunta de los doctores de la ley no consiste pues en un “más sentido” o en un “más de saber” que tendría como vocación convencer a sus interlocutores, sino en una palabra viva que revela la verdad de los discursos de cada uno. 


  • Tercer elemento 

Por último, un tercer punto de atención tiene que ver con el tipo de escritura que está movilizado en este relato. Es interesante constatar que esta escritura, que no está practicada con papel y lápices, y que no tiene contenidos, consiste en puras huellas dejadas en el polvo, y que son pues susceptibles de ser azotadas (barridas) por el viento. Jesús escribe de esta manera, con una escritura sin contenidos, y este dispositivo nos ofrece – pienso – algunas ideas provocativas acerca del acto de escribir en su relación con la verdad. En efecto, si seguimos esta narración, la escritura practicada por Jesús no quiere ponerse al servicio de un cuerpo de doctrinas o de leyes religiosas que permanecerán después como dogmas inmutables, sino que quiere situarse/inscribirse en el registro de lo débil, de lo efímero, de lo pasajero, de lo volátil, es decir, de aquello que no está destinado a durar en el tiempo, fosilizándose después en dogmas o doctrinas. Esta debilidad de la escritura me aparece, de manera paradójica, como la única manera, para la escritura, de articularse con el registro de la verdad. 


Concretamente, para Jesús, no se tratará de escribir la verdad, encerrándola en formulas, sino de pensar un gesto de escritura (es decir, una articulación del sentido) capaz, precisamente en razón de su debilidad (de su aptitud a no saturar el espacio), de dejar la verdad acontecer como verdad, es decir, como palabra viva y transformadora. La escritura aparece pues como una instancia válida, precisamente en cuanto será capaz de dejarse desbordar, fisurar por algo otro que la atravesará y revelará su propia verdad. Lo que, por supuesto, tiene muchas implicaciones para los creyentes que a veces tienden a asimilar la verdad con las Escrituras mismas. Eso no sería nada más que idolatría. 


Conclusión 

A la luz del texto de Juan, las preguntas dirigidas a los teólogos y las teólogas, que teóricamente se dan como misión desplegar racionalmente la revelación de Dios en la historia, no faltan. La principal pregunta me parece ser: ¿en qué medida somos capaces de traducir este dispositivo evangélico sobre el acto de escribir en nuestro propio acto de escribir? Dicho de otra manera, ¿cómo estar a la altura de lo planteado por este relato? ¿Y cómo estar a la altura de lo planteado, especialmente en un contexto de capitalismo académico en el cual está también atrapada la escritura teológica? 


Me gustaría concluir volviendo brevemente sobre este último punto, afirmando que el capitalismo académico, si lo pensamos a nivel del acto de escritura, trae consigo un tipo de escritura siempre más saturada de positividad, y siempre menos susceptible de estar atravesada por una palabra otra. En efecto, esta escritura capitalista es afirmativa, positiva, transparente, analítica, estandarizada, medible o evaluable, es decir, que se presenta como siempre más desvinculada de la fuente de una palabra verdadera porque viva, interpelante, critica, y performativa (y agregaría también: humanizadora). Esta escritura capitalista, hoy predominante, me aparece como la negación misma de nuestra capacidad a producir creativamente una escritura teológica débil, hecha con hoyos y fisuras, pero en la cual una palabra viva (y diría también: bella) puede surgir y transformarnos. 


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1) Este texto es la versión revisada de una conferencia pronunciada en el marco del Simposio Interdisciplinario "Escritura, forma y lo informe: hacia nuevas políticas de conocimiento" organizado bajo la dirección de Elisabeth Simbürger en la Escuela de Sociología de la Universidad de Valparaíso el 6 de noviembre 2023. 
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