Las cincuenta sombras de Pistolas
- Marcelo Ortiz

- 9 jun
- 5 min de lectura
Actualizado: 26 jun
A poco de terminar el último libro de Romina Pistolas, Mi año de sexo y relajación (2026), puedo entender el porqué del fenómeno que genera la autoría de Pistolas. Habría que decir, en principio, que este es un libro en extremo pertinente: llega en el momento preciso, de máxima exposición para la autora en las redes sociales y las plataformas digitales; en extremo pensado: se ajusta con exactitud a un determinado habitus de cierto sector sociocultural que suele entender la cultura como bien de consumo o inversión; y aparentemente transgresor, con saludables cuotas de sexo casual y una franqueza que desde la aparición de Sex and the city o Me llamo Anita Alvarado no sorprende a nadie.
Lo que sí sorprende, en cambio, es la pobreza argumental y narrativa del texto. Nuestra protagonista (a la vez narradora y autora del libro, según lo que ella misma declara en el prólogo) es una mujer de treinta y tantos años que trabaja de stripper. No considera necesario indagar en este asunto pues el texto asume que nosotros ya nos hemos enterado de ello en Carmen o cómo me inicié en el trabajo de bailar sin ropa (2022). Su profesión, entonces, no importa, o importa poco, salvo en un aspecto fundamental: es mediante él que conoce a Jota, un jovencito adinerado que se muestra desenvuelto por la vida. Lo conoce en un típico día de trabajo, cuando lo ve llegar acompañado de otro hombre y con una polera que ella también tiene en su clóset. Desenvuelto pero también algo inaccesible, Jota es un enigma para la protagonista; en sus encuentros cada vez más frecuentes, le es difícil indagar en los vericuetos de su interior, más allá de lo transaccional que impone el intercambio de sexo por dinero.
Pero antes de Jota está “Pololo”. Pololo es la pareja de la protagonista. Pobre Pololo, es imposible para los lectores no sentir algo de conmiseración por él: la narradora una y otra vez nos muestra cómo este sujeto se entera de sus aventuras sexuales, de sus affaires no necesariamente transaccionales, que quedan justificadas por la ausencia de sexo entre ambos, una consciencia perfectamente progresista del él o una relación que con el tiempo se abre ante las nuevas necesidades de la parejita.
Pololo y Jota sostienen argumentalmente la narración. Por una parte, el relato vuelve constantemente hacia las desapegadas y por supuesto muy civilizadas conversaciones entre la protagonista y su pareja, en las que ella le cuenta sus andanzas y él siempre la entiende. Por otra parte, Jota nos demuestra que la protagonista también puede interesarse por el mundo interior de alguien, que no todo se trata de dinero. Lo que sí queda claro es que ella tiene un problema con el goce (no es deseo, es goce: la sinonimia proviene de una versión pedestre del psicoanálisis difundida por redes sociales, que suele simplificar las cosas) y eso la hace considerar solo las exigencias del presente, casi nunca las consecuencias de sus actos a futuro.
Hay cosas que a una inteligencia como la de Pistolas simplemente no se le puede perdonar. Llamar “Pololo” a su pareja no es un error involuntario, ni tampoco un devaneo narrativo o una coquetería con el lector contemporáneo: es una decisión. Y esa decisión consiste en dejar sin identidad a lo que representa, en el texto, el compromiso, esa innecesaria mochila que para aquellos que van de un lugar a otro consumiendo objetos, cuerpos y experiencias, es más una molestia que el aguijón de la culpa. Pololo no es una persona, ni siquiera una identidad: es una función. Para una trabajadora sexual como la narradora, resulta extraño no entender la importancia de darle nombre a un personaje como aquel. Basta simplemente con inventarle uno, como ella misma lo hace consigo (Carmen), en el caso de que quisiera proteger su identidad. Pero me temo que el asunto no va por ahí. Más bien, Pololo pareciera ser una excusa, un pretexto para que la narradora nos cuente de sus andanzas sexuales y aventuras pasajeras, sin que el texto suene a diario de vida o confesionario.
Lo más llamativo de todo esto es que, sin embargo, de alguna u otra forma, le perdonamos todo. Y no solo se lo perdonamos: lo percibimos transgresor, potente, resuelto. Porque, como se suele decir, la que puede, puede. Aunque no todo el mundo pueda viajar a Inglaterra, Francia, Australia y España y “ser penetrada por Inglaterra, Francia, Australia y España”. Aunque no todo el mundo pueda estar en medio de una crisis de pareja y viajar a Japón para solucionarlo u olvidarse de ello. Aunque no todo el mundo pueda hacer siquiera la mitad de las cosas que se narran en esta dulzona historia de un año de sexo y relajación. Es difícil criticar un texto de estas características sin que un ejército de lectores, todos cuya conciencia ha sido alimentada por los valores del progresismo liberal y una libérrima educación sexual, salga a decir que lo que uno siente es envidia. Es la trampa del liberalismo, al fin y al cabo: cualquier crítica social puede ser interpretada como resentimiento.
Si cada literatura crea su público, el de Pistolas sospecharía de la productiva y apropiada categoría de Capital sexual, instalada hace ya media década por Eva Illouz. La tendrían como una exageración, una creación de las feministas aguafiestas que andan graves por la vida. ¿Para qué ponernos a pensar en los beneficios del capital sexual, si simplemente podemos sacar provecho de ello? ¿Para qué apagar la música de la vida, si podemos en cambio tomar el computador y ponernos a escribir y contar cada cosa como un gran descubrimiento? En el cotidiano, probablemente todos celebraríamos anécdotas similares a las que aparecen en Mi año de sexo y relajación. Pero en literatura, muchas de las cosas que nos ocurren se vuelven poco interesantes, frívolas, triviales, salvo que una mirada renovada o una narración impecable ilumine aspectos que antes no habían sido iluminados, oscurecidos o desplazados.
No es el caso de este libro, por supuesto: Mi año de sexo y relajación es la historia de una stripper con problemas de primer mundo, saturada de estereotipos y llena de reflexiones que generalmente desembocan en sexo, como esa escena (hay muchas de este estilo, imposible ponerlas todas) en el que la narradora nos cuenta de la vez que su pololo la cuidó a tiempo completo, en una de sus crisis de salud mental, y en el que sólo podían realizar actividades simples que no requirieran mucho esfuerzo, como ver dibujos animados y armar rompecabezas: “En fin, me cuidó como tal vez alguna vez también cuidó a su mamá en su adolescencia. Claro: terminé de recordarle a su madre. Y nadie quiere culiar con su madre”.
Quisiera confesar que llegué a Mi año de sexo y relajación guiado por una curiosidad genuina. Como docente, me interesa sobremanera saber qué es lo que están leyendo los adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes. Conocer sus intereses, sus gustos, aparte de lo que consumen en las redes sociales. Nunca me he sumado a las voces que afirman que la lectura es inocua, que en todo momento es provechosa, independiente de lo que se esté leyendo. Yo, en cambio, sostengo lo siguiente: a veces es mejor no leer que leer. Hay lecturas peligrosas, silenciosamente nocivas, que convendría revisar con máxima rigurosidad. En una época de reflujo valórico, en el que el discurso de las mujeres de alto valor y los hombres que resuelven campean en las redes sociales, una lectura como Mi año de sexo y relajación viene a confirmar ese retorno, pero ahora vestido de los ropajes del progresismo liberal y una lucha contra la mojigatería sexual que hace años ya no existe, y que aún, en nuestros días, se ocupa como excusa para publicar cuanto cochambre habidos y por haber se nos ocurra.
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Mi año de sexo y relajación
Romina Pistolas
196 páginas
Editorial Suma, 2026

















































