Alicia Rinsche: La hora de la once
- Catalina Mena

- 9 jun
- 4 min de lectura
La hora de la once
Alicia Rinsche
Inauguración 18 Junio
Galería ANINAT
Hay obras que no se instalan en el espacio: lo transforman. No ocupan un lugar, sino que lo reescriben con una delicadeza perturbadora. En el trabajo de Alicia Rinsche, ese gesto ocurre desde lo mínimo: una taza, un plato, objetos de papel livianos que convierten la fragilidad en prodigio.
La escena reproduce una mesa servida para la hora de la once. Es una imagen doméstica, pero aquí lo doméstico está cargado de memoria y gestos heredados. La mesa —esa superficie aparentemente neutra— se vuelve un escenario donde convergen historia, afecto y tensión.
Hay, en esta instalación, algo que remite a la tradición de la naturaleza muerta. Los bodegones clásicos reproducían pictóricamente objetos cotidianos —frutas, copas, utensilios— para hablar del tiempo y de su inevitable desgaste. Aquí, sin embargo, la operación se invierte: no se trata de representar objetos, sino reproducir. No hay ilusión pictórica, sino una materialidad concreta que, sin embargo, es igualmente inasible y fantasmática. Como en aquellos cuadros, el tiempo está presente, pero no como deterioro visible, sino como evocación.
Una mesa en una vitrina, exhibiendo tazas, platos, teteras. Todo construido con papel de algodón trabajado mediante pliegues rigurosos y atravesado por el bordado en punto cruz, que emula los antiguos motivos decorativos de la loza europea decimonónica. La vitrina, por su parte, separa. Introduce una distancia. Lo que está dentro no puede tocarse, lo íntimo queda resguardado de lo externo, el pasado se deja mirar desde el presente, pero no se funde con él.
La vitrina —dispositivo propio del museo-- transforma lo cotidiano en documento. Aquello que alguna vez estuvo disponible para el uso se convierte en objeto de contemplación. La mesa deja de ser lugar de reunión para ofrecerse como escena. Lo que se observa es una forma de vida que remite a la tradición de las familias de alemanes que llegaron a colonizar el sur de Chile desde mediados del XIX. Y Alicia Rinsche es descendiente directa de esa migración. Las vajillas que reproduce y el mundo que cita es el que vio y vivió en casa de su abuela en el lago Llanquihue: un espacio donde los objetos eran portadores de un afecto seguro, una persistencia, un orden, una condición de habitabilidad. La mesa —y lo que ocurre en torno a ella— se vuelve uno de los núcleos donde esa cultura se reproduce y se transmite.
Los colones alemanes no sólo trajeron técnicas agrícolas o modelos de organización, sino también hábitos, rituales para habitar el tiempo y el espacio doméstico. La hora de la once es uno de esos rituales. Es una coreografía donde se intercambian relatos, donde el tiempo se espesa, donde la conversación —aun cuando sea mínima—se confirma. Un momento que hoy en día ha desaparecido de la mayoría de los hogares: ya no hay tiempo para eso.
Es en ese espacio-tiempo-perdido donde Alicia Rinsche sitúa su imaginario. Pero, más allá de esta apelación cultural, lo que singulariza esta obra es su traducción material. El bordado —tradicionalmente aplicado a tela— es llevado al papel. Ese traspaso inédito implica forzar la técnica hasta el límite. El papel, a diferencia de la tela, no cede de la misma forma: exige otra precisión, otra forma de perforación, otra relación con el error. Bordar sobre papel implica una tensión constante entre fragilidad y control. Cada puntada es definitiva.
El gesto de la artista porta una paradoja aún más radical: la reproducción casi perfecta de un objeto utilitario —la vajilla— que, sin embargo, queda despojado de toda función. Tazas que no contienen, platos que no sirven, superficies que no pueden sostener alimento alguno. Hechas de un material cotidiano, muchas veces transitorio, incluso desechable, estas piezas desplazan el objeto desde el circuito del uso hacia otro régimen de valor que no es utilitario. Ya no importa para qué sirven, sino qué es lo que provocan.
Alicia Rinsche, en su práctica, dialoga con otras obras del arte contemporáneo que trabajan con lo doméstico para subvertir su aparente neutralidad. Pero a diferencia de esos desplazamientos más explícitos, aquí no hay ironía ni ruptura abrupta. La inutilidad no aparece como señal provocadora, sino como consecuencia de un exceso de cuidado que lleva las cosas hacia otro rango de sentido. Y es precisamente en esa sustracción donde el trabajo adquiere espesor, al retirar el objeto del espacio del consumo para situarlo en el de la emoción y el pensamiento.
El punto cruz, técnica central en estas piezas, tiene una larga historia en distintas culturas. Desde los samplers europeos —ejercicios de aprendizaje para niñas que reproducían alfabetos y motivos decorativos— hasta su presencia en tradiciones populares de Europa del Este y América Latina, el punto cruz ha sido un lenguaje de repetición, de transmisión intergeneracional.
Pero hay, además, otra cualidad temporal que atraviesa todo el trabajo. Bordar es lento. Requiere una dedicación que va a contrapelo del tiempo productivo, de la lógica de la eficiencia y la inmediatez. En un contexto donde todo tiende a acelerarse, donde el valor se mide en términos de rendimiento, el bordado introduce una forma de desobediencia silenciosa, casi imperceptible. En ese sentido, el acto de bordar no sólo produce imagen: crea un tiempo alternativo. Y al bordar una escena que pertenece al pasado —la once, la mesa familiar, el ritual heredado— ese tiempo se pliega sobre sí mismo.
Hay en esta obra una manera de mirar que no impone, que no subraya, pero que sobrecoge en su persistencia. Sin ruido, sin énfasis innecesarios, Alicia Rinsche logra sostener una pregunta inquietante por el tiempo, la memoria, los objetos y los modos en que habitamos lo cotidiano, generando un espacio sagrado donde lo mínimo deja de ser accesorio y se vuelve esencial.

















































